«Esto no es un drama»: entre rupturas y puentes

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Por Kenny Ortigas Guerrero

Los actores comienzan aclarando que eso que van a representar, no es un drama. La afirmación condensa esa mezcla soluble a la que Teatro del Viento nos tiene acostumbrados, donde ficción y realidad difuminan sin previo acuerdo sus fronteras desandando juntas de la mano entre las borrascas de lo absurdo, desnarrativizando cualquier intento forzado de contar una historia coherente en un contexto que cada día se aleja, precisamente, de la coherencia y refuerza la sensación de fugacidad.

Aunque Freddys me ha dicho que este espectáculo es igual a los anteriores, que fungen dentro de una estética asentada en el parateatro, donde se discursa en un espacio construido a partir de la precariedad como silogismo de las circunstancias reales, no concuerdo con él. En su nueva (a)puesta Esto no es un drama, se aprecia un tratamiento del texto superior, lo que evidencia una madurez conceptual que se interna en profundas y vívidas imágenes que elevan a la categoría de poesía una retórica en crisis, que pareciese arcaica u obsoleta y que, a través de la metáfora, la parábola y la ironía, diseccionan el cuerpo de un país, transversalizado por una policrisis que no le es ajena, por ende, al resto del mundo.

Como singularidad me interesa resaltar -a nivel de percepción individual- que en esta obra me pude concentrar más en lo particular de la individuación, que en la totalidad del melodrama colectivo. Y es que las voces de los espectáculos anteriores se han pronunciado en gran medida amplificando una generalidad del contexto, como seres enalienados por el peso de situaciones urgentes que no les permite asirse a nada en específico, como en un estado sempiterno de incertidumbre.

Pudiera interpretarse como una falta de anclaje seguro, cuestión que, aunque se manifiesta también en esta oportunidad, no ocupa el lugar preponderante. Ahora habla más el ser desde el yo interior visiblemente afectado por las inclemencias de una cotidianidad saturada por sinsabores y una extenuante lucha por la supervivencia en la que nada parece duradero, y ante ese estado de inconstancia, surgen el nerviosismo y  la intranquilidad. Cada personaje es el resultante de problemáticas específicas que le provocan, a su vez, susurros interrogantes y descolocan paradigmas establecidos.

Las puestas en escena de Teatro del Viento son un manjar dispuesto a mesa bufete, teniendo la libertad absoluta como espectador de explorar los sabores más exóticos y delirantes, los más delicados, agrios y dulces. Cada cuadro o escena es una micro representación que en apariencia no tiene que ver con la que le sigue o con la que le antecedió, solo apreciadas en su conjunto completan un circuito de interacciones eléctricas que energizan la emocionalidad y destapan amplias resonancias reflexivas en torno al(los) tema(s).

Un carácter espasmódico, abraza la urdimbre de la dramaturgia a saltos en esta pieza. Los estados de desenfreno y agitación en cada acontecimiento no se emplean como gancho manido ni abusan de lo grotesco para atrapar la atención. Más bien, son un recurso para poner en tela de juicio crítico al ser hipernurótico de la sociedad contemporánea.

Anhelos, frustraciones, el “me quedo y lucho” o el “me voy y deserto” son planteamientos que nos hacen repensar fenómenos axiológicos como cubanos ante el llevado y traído tema de la emigración, como solución o herida abierta que motiva un gran conglomerado de dilucidaciones. ¿Hasta dónde llega la Patria? ¿Es algo más que la tierra? ¿La puedo llevar conmigo a donde quiera que vaya? ¿El hombre nuevo existe o está aún gestándose en el imaginario popular?

Son preguntas que gravitan en derredor de la puesta y que legitiman una herencia devenida en actitud amorosa y nostálgica hacia la tierra que nos vio nacer. Núñez como director, fija su punto de vista en la voz de un médico que se reinventa en su profesión día a día y a pesar de los pesares, en la melancolía de unos jóvenes que miran con añoranza un pasado más humano y menos tecnologizado a través del filtro del recuerdo de sus padres analógicos, en la farsa y la falacia que conquista pasajes de ida fabricando una realidad virtual sobre la libertad.

 

La palabra, el decir, siguen teniendo el mayor peso dentro de los últimos espectáculos de Teatro del Viento, y en una actualidad donde se pierde el sentido de la “escucha” y la “comunidad que escucha” se evapora, la obra insiste en desarrollar la capacidad de una profunda y contemplativa atención sobre el enunciado.

Así camina la obra en terrenos agrestes y por momentos insondables, como la vida misma, pero llega con las botas puestas al final del trayecto de dos horas, y el ensordecedor sonido de los aplausos no es a la obra en sí misma es a la fe infinita que se profesa en el hombre y su capacidad de levantarse, limpiarse las lágrimas y emprender otra vez la marcha. Son aplausos a los actores, esos que hacen del teatro uno de los pocos actos más puros y de inconmensurable certidumbre.

Fotos © José Antonio Cortiñas Friman