Por Freddys Núñez Estenoz (Especial para Cubaescena)
Hay obras que se miran. Obras que se escuchan. Instante es de esas que se respiran. En un montaje minimalista donde la escenografía apenas sugiere el Malecón y de fondo una línea que deja ver el boceto de una Habana que languidece contra el horizonte, el director y autor Jazz Vilá logra lo paradójico: hacer del vacío un acierto notable. Porque ese minimalismo no es pobreza, sino decisión estética.
Con Instante, Jazz Vilá concentra toda la atención en el conflicto de los personajes, desnuda las emociones y construye un espacio otro de teatralidad donde la intimidad entre espectáculo y público se vuelve casi física. Aquí no hay tramoya que distraiga: solo cuerpos, palabras y silencios.
El texto, escrito por Jazz Vilá, es un tejido de instantes —de ahí el título— que se suceden como olas: encuentros furtivos, despedidas sin beso, promesas rotas, amores que se fugan o se quedan anclados a la rutina de la supervivencia. Pero la verdadera crisis que atraviesa la obra está más allá de lo económico: es la del ser humano cuando siente que está al límite de todo. El amor se vuelve un lujo cuando el alma está en vilo. Y los personajes aman, sí, pero desde la precariedad de quienes ya no saben cuánto les queda para seguir siendo ellos mismos.
La fuerza dramática reside en el subtexto: lo no dicho pesa más que los diálogos. Y los actores lo saben. Sus cuerpos habitan el vacío escénico con una tensión que roza lo físico. Cada gesto —un hombro que se encoge, una mano que busca otra y no la encuentra— es un poema mínimo sobre la fragilidad humana. La obra evita los espacios comunes del teatro convencional para crear otro régimen de teatralidad, más despojado, más honesto. Y en ese despojamiento está su grandeza.

Instante no es una obra con protagonistas. Es una obra donde todos lo son. Su estructura se teje como una especie de sinfonía cotidiana de la vida en Cuba: No hay un héroe. No hay un centro. Hay un entramado de vidas que respiran juntas, eso es lo más difícil de sostener sobre un escenario.
El elenco —actores en su mayoría jóvenes, en franco crecimiento y expansión— asume ese reto con una honestidad que desarma. Se nota que aún están aprendiendo a domar sus herramientas, que algunos gestos todavía son prestados y algunas emociones no terminan de anclarse del todo. Pero cumplen con las exigencias de la obra. Y en una pieza coral como esta, donde no hay una sola persona cargando el peso, que un grupo de jóvenes logre mantener la coherencia escénica es un mérito enorme. Hay frescura, hay entrega, y sobre todo hay una energía que contagia: la de quienes están construyéndose mientras caminan.
Dentro de ese mapa colectivo, dos actores experimentados marcan la diferencia. Raquel Rey y Jorge Molina tienen el oficio de los que ya saben dónde duele y cómo mostrarlo sin desgastarse.
Raquel Rey regresa al teatro después de quince años de ausencia, su voz potente no es solo volumen: es un instrumento que sabe usar para llenar la sala de fiesta y, un segundo después, vaciarla de todo ruido. Domina las transiciones: pasa del estereotipo de la cubana exuberante —esa mujer de risa ancha y cadencia folclórica— a un silencio helado donde deja entrever las grietas. Porque debajo del personaje hay soledad. Hay sueños truncos. Hay esa angustia silenciosa de no saber qué va a ser del futuro. La experiencia de Rey le permite no mostrar la herida, sino filtrarla: una mirada que se va, un instante de pausa donde el personaje se queda sin máscara.

Jorge Molina, actor de larga trayectoria, trabaja desde la contención absoluta. Cada gesto está medido, cada pausa es una decisión. Molina sabe que el dolor no siempre grita; a veces se queda mirando el vacío. Su personaje habita el desamor y la incapacidad de opciones de futuro: se le ve procesando, calculando, luchando consigo mismo en cada diálogo interno que apenas se dibuja en su rostro. El actor evita cualquier representación manida del sufrimiento. No hay lágrima fácil ni puño en la mesa. Hay observación contenida. Hay un tránsito emocional que nace del dolor, pero no se queda en él: se transforma en una quietud que pesa más que cualquier grito.
En conjunto, Rey y Molina son los dos polos de una misma imposibilidad: la de imaginar un mañana. Y alrededor de ellos, un elenco joven, entre todos, construyen un retrato generacional donde el futuro no es una promesa, sino un lujo que a veces no sabemos cómo permitirnos.

El título de esta reseña habla de jazz no porque la música de la obra lo sea —no lo es—, sino porque Instante se mueve en la variedad de tonos que caracteriza al jazz y porque su autor y director, Jazz Vilá, utiliza la escena para pasar del susurro al grito contenido, del humor ácido a la ternura avergonzada, del silencio tenso a la confesión inesperada. Esa diversidad rítmica y emocional es lo que sostiene la obra y la aparta del melodrama fácil. Si hay un logro indudable en esta propuesta de Jazz Vilá, es haber entendido que el teatro cubano de hoy necesita menos vitrinas y más heridas abiertas.
Pero Instante es, ante todo, un fenómeno de público. La sala Adolfo Llauradó se llena permanentemente. El público se identifica con los temas tratados hasta el punto de reír y enmudecer en los mismos lugares, como si hubiera un pacto secreto entre escenario y butacas. Instante no concesiona: coloca al espectador como premisa fundamental. No lo adula, lo confronta. No lo entretiene para evadirlo, lo conmueve para devolverle algo de sí mismo. Por eso el público la abraza. Por eso, a sala llena, nadie está solo en esa Habana donde la vida pasa con Jazz de fondo.
Fotos cortesía del autor





