“Toc Toc”: Risa Si Acaso Para Una Hora. Pero No Más

Por Roberto Pérez León

Con la risa, que lo disuelve y reabsorbe todo, el individuo asegura la victoria de su subjetividad.

Hegel

Hacía muchísimo tiempo que no veía la Sala El Sótano abarrotada, con colas desde temprano para comprar las entradas. Y es que el colectivo A Teatro Limpio, con dirección general y puesta en escena de Hugo Alberto Vargas, ha montado Toc Toc, una comedia del dramaturgo francés Lauren Baffie, con miles de representaciones en Europa y América desde su estreno en 2005 en el Théâtre du Palais-Royal de París.

Toc Toc es un éxito de teatro comercial donde quiera que se ponga. Acá podría superar algunas de las comedias -o variantes de comedias- que se han puesto últimamente con factura enteramente nacional. Sin embargo, las puestas criollas, pese al record de taquilla que tuvieron, no pueden ser comparadas con Toc Toc en cuanto a espesores teatrales, cosa que por supuesto requiere de una audaz e inventiva dirección.

Toc Toc es una comedia ingeniosa, ocurrente, que nos convida de alguna manera a enfrentarnos con un humor que, si bien no es esplendente en su pleno desarrollo, supera el de algunas comedias del patio.

Toc Toc como título juega con la abreviatura de Trastorno Obsesivo Compulsivo: un trastorno psiquiátrico perteneciente a los trastornos de ansiedad donde el paciente presenta pensamientos obsesivos que le generan gran malestar general,  realiza actos inoportunos o tiene conductas impropias, con insistentes compulsiones sin posibilidad de detenerlas.

Pareciera que la puesta en escena que hace el colectivo A Teatro Limpio sufre de TOC. Es una puesta obsesionada en quedarse pegada a un ritmo que no por acelerado llega a ser adecuado para una acción escénica ascendente, equilibrada y sostenida, como debe ser el de la comedia que es Toc Toc, donde seis personajes van a la consulta de un psiquiatra a tratarse sus fobias, y entre desesperos y arrebatos aguardan sin paciencia la llegada del médico.

Cada personaje con su maletín de encaprichamientos y antojos obsesivos; la angustia, la desazón los traicionan y no pueden controlarse: uno tiene la necesidad irresistible de contar, porque padece de aritmomanía; el otro nos divierte con sus prontos característicos del síndrome de Tourette, la coprolalia, la simpática manía de soltar sin son ni ton barbaridades, malas palabras, hacer comentarios despectivos y obscenos donde sea y en cualquier circunstancia.

Por otro lado, no deja de hacernos reír la cantaleta de la que sufre de ecolalia y  le es imposible dejar de repetir lo que dice dos veces, cada vez es el eco de ella misma. Está también la que tiene fijación con la limpieza, se desespera porque tiene horror, un miedo extremo a enfermar, desinfecta todo, busca el baño incesantemente para lavarse las manos.

asimismo otro personaje se atormenta porque no sabe si dejó cerrada o abiertas las pilas, las puertas, apagó las luces y busca y busca en su bolso para asegurarse de no haber dejado las llaves y no para de persignarse porque la señal de la cruz es el signo de confianza en el todopoderoso para que la ayude.

A su aire está el joven incapacitado para andar sobre líneas rectas, se niega a caminar si no es sobre papeles para no tener contacto con las rayas divisorias en el piso, a la vez lo magnetiza el orden y la simetría en todo.

Son seis personajes obstinados de ellos mismos, ofuscados en sus padecimientos y a la vez queriendo salir de sus manías y dejar de ser unos trastornados. Esperan y aguardan; aguardan y esperan a un médico que demora, que no llega porque es peor que Godot, pues Godot no tenía la obligación de llegar, solo era necesario esperarlo, pero el médico tiene que llegar porque hay seis desesperados esperándolo.

De vez en cuando aparece otro personaje: la secretaria del doctor que no da información alguna, solo sabe decir que hay que hacer tiempo mientras llega el doctor. La secretaria los paraliza cada vez que irrumpe, con efecto teatral magistral, como una aparición de paradójica seriedad, formalidad y sensatez excéntrica.

Son entonces siete personajes. Y yo me quedo con la secretaria: auténtica manifestación de certeza actoral por su ludicidad y articificialidad; su ridiculizante actitud la hace mirar por encima del hombro a los demás, sin abandonar su fingimiento en un rol que le importa un pito porque a ella sí que no le van a rajar el cerebro esa “partía” de locos.

Jaime Jiménez hace la secretaria con travestismo inspirado en una  Édith Piaf imaginativa y paródica que sabe jugar en escena como no lo hacen los demás actores y actrices. La secretaria anda por la consulta como si estuviera a punto de entrar al escenario del Olympia. Qué pena no se deje más tiempo este personaje qué bien podría tejer imponderables momentos de frivolidad, antojos e incongruencias para la comedia.

La secretaria establece una modulación en su performance actoral que no se logra en el resto de los actores y actrices que manejan una misma pragmática, por lo que el registro actoral es igual en todos los personajes.

Desde el punto de vista de la composición escénica todo el tiempo estamos en una sala de espera de un psiquiatra, no hay utilización de recursos técnicos: luz plana, banda sonora convencional, escenografía elemental. Nada destaca en el escenario ni a favor ni en contra del montaje global, por lo que el espacio gestual debe ser notable y configurarse como una construcción susceptible de evolucionar. Pero las actuaciones se agotan en la emisión de una misma progresión verbal y gestual.

Toc Toc es una comedia donde hablar es el eje de actuar, esta preponderancia lingüística precisa de una dialéctica en la ludicidad actoral.

La actuación tiene que considerar la productividad del espacio gestual, ese que el actor llena y crea en el escenario, el espacio que conforma los territorios colectivos e individuales en la representación. El espacio gestual, que sucede en el espacio escénico, debe tener una sintaxis sugerente, permitir una evolución en tanto puede expandirse o replegarse.

En Toc Toc toda la representación sucede en un mismo espacio físico, sin cambio alguno; no obstante, el espacio escénico unifica de manera convincente pese a que no es polimorfo y en su homogeneidad no sugiere más de lo que es, una sala de espera. Pero esto precisa de un espacio lúdico o gestual provechoso e ingenioso.

Lo performativo en Toc Toc es el talón de Aquiles de la puesta en escena. Lo performativo no está en el gesto sino en la gestualidad, no en el espacio sino en la espacialidad, la maleabilidad en la percepción de la tridimensionalidad del escenario.

Dado que la puesta transcurre en un mismo espacio escénico, la espacialidad tiene que ser tributaria del espacio dramático como espacio donde ocurren las acciones de los personajes.

La espacialidad es uno de los componentes performativos fundamentales en toda puesta en escena. No es significativa la relevancia en la percepción de la iluminación o  en los cambios escenográficos. Lo relevante debe estar en la percepción consciente, profunda, reflexiva de la espacialidad.

Siendo así, las manifestaciones proxémicas y kinésicas son poco creadoras si tenemos en cuenta que la representación de Toc Toc dura dos horas.

Transcurrida la primera hora de la representación los personajes quedan presentados, identificados, sabemos todo de ellos. A partir de ahí todo se estanca  desde el punto de vista dramático. Queda la esperanza que el doctor llegue y pueda surgir un punto de giro que mueva el potaje de las fobias de los personajes que nos han resultado simpáticos durante unos sesenta minutos, pero es que se alarga tanto la llegada del siquiatra que como espectadores nos cansamos de esperarlo.

En la primera hora de la representación la risa es legítima. Ahora bien, ya entrada la segunda hora los diálogos pierden expectativas por la cantinela en que caen, por otro lado los personajes y sus tics resultan poco ocurrentes y muy reiterativos con tic sin tac.

Entonces el compás decae porque en la comedia la renovación constante del juego escénico, la reformulación de las realidades escénicas y los cambios de ritmo son vertebrales. El hecho de que en toda la representación haya un tempo acelerado no garantiza un ritmo adecuado para nuevas posibilidades de sentido. Hay morosidad dramatúrgica.

Burdamente nos reímos de los personajes, aunque hubiera sido mejor reírse con ellos si ellos supieran reírse de ellos mismos. Claro que me reí, pero llegó un momento en que ya sabía cuándo tocaba volver a  reírme de lo mismo con algunas cosas iguales a las otras que habían pasado quince minutos antes.

En el teatro, y más en una comedia, el conflicto y las contradicciones tienen que tener una dinámica de acción capaz de fusionar todos los sistemas significantes en escena; para que lo repentino surta efecto, como motor de la comedia, son necesarios procedimientos performativos que garanticen una maniobra incesante, ascendente, movilizadora  en su fluir y en las posibles sinuosidades de las acciones y los sucesos inmanentes en los componentes performativos (temporalidad, espacialidad, corporalidad, sonoridad).

Toc Toc se arraiga en el actor y en el intérprete, y no enfatiza en el ejercicio del performer que es quien mejor llena, con ocurrencia dramática y escénica, el “espacio vacío”.

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