¡La Reina! Donde La Realidad Física Y Simbólica Debaten

Por Roberto Pérez León / Fotos Yuris Nórido

En privado con la reina es un monólogo que nos pone en compañía de Celeste Mendoza, la cantante que supo subir el guaguancó a los más prestigiados escenarios del mundo. Se trata de una puesta en escena con texto de Jorge Fernández Mallea, la actuación de Mayra Mazorra y la dirección de Jorge Mederos.

Ciertamente hemos tenido a la reina del guaguancó desplegada en todos sus facetas en el escenario del teatro Trianon: mujer, amante, religiosa, melancólica, amiga, pachangera, santiaguera, cubana. Y todo esto gracias al hermoso texto de Jorge Fernández Mallea; texto dramático movilizador y evocador; texto necesario para preservar el pasado y tener más consistencia en el ver, celebrar y criticar el presente.

La función a la que asistí estuvo dedicada a los estudiantes de teatro. La mayor parte del público estaba conformada por jóvenes que no sabían realmente que tuvimos una reina del guaguancó. Fue hermoso cómo al final todos se pusieron de pié a aplaudir a Mayra Mazorra.En esta puesta de En privado con la reina hay tres caudales muy claros: un eficaz texto dramático, la profesionalidad de la actriz y una dirección limitada. El calibre del texto y la actuación sobrepasan en mucho la dirección de la puesta; podrá parecer una paradoja, pero así es.

Desde la dirección es que se establecen las relaciones suficientes y necesarias para que una puesta tenga el debido encadenamiento de todos los signos que la componen. Se ha dicho que el teatro es una “polifonía informativa”; polifonía que sucede a través de la riqueza semántica y semiótica de la representación, donde lo connotativo y lo denotativo se tejen en el espacio escénico.

En privado con la reina no disfruta de una dirección en consonancia ni con la vehemencia del texto dramático ni con el temple de la actuación; como sistemas significantes pudieron haberse exprimido más. Tanto el texto como la actuación fueron dejados en su propio cauce.En un espectáculo todos los mensajes se despliegan a la vez y en su “polifonía sígnica” está la teatralidad. El metatexto como plataforma creacional del director resulta en esta puesta insuficiente. No se alcanza a conformar una realidad artística global; las acciones y las palabras son enunciadas en un espacio muy referencial a lo frecuente, a lo común.

Mayra Mazorra desde su actuación, hace que brote la imagen de Celeste; nos proyecta una Celeste desde una propuesta estética; como debe ser,  emite un signo y a la vez ella es signo; esa doble posibilidad transforma la imitación en una revelación dialógica entre la actriz, el personaje y el público.

La cualidad de imitar en el teatro conlleva la emisión de una fuerza genitora que debe saberse modular con precisión e imaginación para no enmarañarse en significados que, por habituales, trivializan la representación. Quiero decir que Mayra Mozorra no tiene interés en ser Celeste; como creadora de una imagen, en este caso la imagen de la reina del guaguancó, hace que ella se convierta a sí misma en imagen y por eso es un signo a la vez y agente emisor además. Con este rejuego de connotaciones y denotaciones participamos como espectadores en el desarrollo de un rito del que formamos parte a través de los valores estéticos que se despliegan en escena.

En cuanto a la escenografía no late en ella un tratamiento y composición plástica. El marcado interés en reproducir conlleva a una iconicidad innecesaria: mesita, silla, tumbadora, retratos, botellas, elementos religiosos sobredimensionados, etc. La escenográfica no tiene precisamente que ser un facsímil de la realidad; es cierto que muchos de sus elementos parten de ella, pero esos elementos se conforman dentro del espacio teatral no como un calco o eco de la realidad, sino solo como elementos para significar esa realidad.

Ya sabemos que en escena el ícono medular es el actor; en este caso la actriz está sobrada en su trabajo de lo bien que lo hace.  No es necesario que los signos naturales sigan siéndolo en el escenario; se puede huir del realismo ramplón para que los signos disfruten de la artificialildad que le pertenece a la escena. En esta puesta vemos demasiada iconicidad, demasiado naturalismo.

El uso de videos no necesariamente hace efectiva la representación o plasmación del texto dramático; puede resultar este recurso un arma de doble filo al tratar de materializar las referencias del texto. Y es que el espacio escénico no tiene ni debe pretender ser un doble de la realidad. Seamos más arriesgados en el aspecto visual de una puesta. Ya va siendo hora de que empecemos en el teatro a dejarnos llevar por las posibilidades de las distintas “realidades” que los byte y los bits nos pueden ofrecer en la concepción de un montaje.La ciencia no muerde al arte; puede el teatro enriquecerse estéticamente si empleara métodos, técnicas y procesos que nos permitan aprovechar el formato digital para el funcionamiento visual de una puesta.  En el terreno de la creatividad artística caben los procedimientos científicos; la propia ciencia, y especialmente el mundo de la informática, se abre a la intuición y hasta al distanciamiento del control racional. Epistemológicamente el teatro y la informática están emparentados, ambos formulan visiones de igual seriedad sobre la manera de ampliar el conocimiento de la realidad. La interacción arte/ciencia espera para que seamos más reformadores, iniciadores desde nuestras posibilidades, para hacer de una puesta una figuración intrépida formal y conceptualmente. Podemos concebir el acoplamiento de vertientes creativas entre la UCI y el ISA. Atrevámonos a combinar afanes para realizar montajes con conjeturas más audaces.

En privado con la reina me resultó de mucha circularidad semántica, no hubo espacio para lo más arriesgado. Lo tópico en los materiales escenográficos, en el diseño sonoro, en el uso del  componente tecnológico audiovisual, en la concepción y realización de la indumentaria de la actriz, hizo de esta puesta un suceso teatral muy convencional; no obstante, en su convencionalidad, la enunciación global es dramatúrgicamente aceptable, pero no deslumbrante como pudo haber correspondido al personaje que evoca.

Sospecho que este monólogo tiene mucho por explorar en su realidad física y simbólica.

 

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