El Escándalo de Electra Garrigó

A 70 años del estreno de la obra que puso al teatro cubano en la modernida, un 23 de octubre de 1948

“¡Yo soy la indivinidad, abridme paso!”

Electra Garrigó

Por Roberto Pérez León

En una ocasión participé en una discusión apasionada sobre si Virgilio Piñera, además, era posmoderno. Yo, como soy tan devoto de su obra, casi que me rasgué las vestiduras tratando de dar argumentos para apoyar aquello de la posmodernidad piñeriana.

Todo giraba sobre Electra Garrigó y su intertextualidad. Ya sabemos que ese término está muy asociado al trastorno de la posmodernidad. La posmodernidad como agotamiento o crisis del proyecto de la modernidad implica un fenómeno cultural muy amplio, en tanto abarca toda una serie de valores y prácticas que van más allá del fenómeno de la intertextualidad.

El caso fue que armamos un tejemaneje muy fuerte. La verdad que llamar a Piñera posmoderno es un exabrupto. Seguramente él hubiera despreciado profundamente nuestra valoración al respecto.

¡Qué posmoderno ni que ocho cuartos! Con Electra Garrigó el teatro cubano se posesiona de una curiosa modernidad, a través de la parodia y la caricaturización.

Rine Leal, el maestro, el mejor veedor del teatro entre nosotros hasta ahora, dejó establecido que en nuestro teatro han existido dos vertientes: aquella que va a centrarse en la propia literatura dramática y la que va por los carriles de lo vernáculo, lo popular.

El caso de Electra Garrigó significa la fusión de ambas vertientes. Las esencias dramáticas del modelo griego están en situaciones deliciosamente vernáculas: una pelea de gallos para dar la muerte de Agamenón a manos de Egisto; la barriotera sensualidad de Clitemnestra y su arrebato por la fruta bomba, donde el macho cubano ve una vulva suculenta que puede rajarse de un tajazo y enseñar su rojez excitante, que en la tragedia casera de Virgilio es la causa de la muerte de una Clitemnestra persistente en su intemperancia: “¿no soy yo Clitemnestra Pla, la de sibilinos senos?”.

Tiene lugar el escándalo. Electra Garrigó permitía cualquier cosa, hasta pensar en la autodenigración. La crítica y el público quedaron estupefactos.

Antes de Electra Garrigó nuestro teatro se limitaba a representaciones más o menos de salón.  José Antonio Ramos, el dramaturgo más significativo de aquel momento, aparecía en escena de manera espasmódica. No existía un hábito teatral que se aproximara a la excelencia. La eficacia escénica de Electra…, desde entonces y hasta el momento, ha estado en la plena conciencia que tuvo su autor de lo teatral para alcanzar lo cubano.

Virgilio Piñera fue severamente criticado por haber hecho una “insustancial humorada criolla”, por provocar una risa fácil en el espectador, por ser paródico, satírico y no poseer el ingenio para la profundidad que requerían determinados temas.

Según la crítica de entonces Electra Garrigó, como cubanización del drama de Sófocles, tenía que tener un tratamiento de mayor rigor formal y conceptual, donde no sólo se destacara lo populachero. No estaba acostumbrada aquella crítica a enfrentarse con una obra que lo que más aportaba al teatro eran rupturas. Precisamente en la ruptura es donde está la cubanía de la pieza, cubanía y cubanización.

Electra Garrigó. Teatro de la Luna. Foto Ismael Gómez

Hasta Electra Garrigó, el teatro cubano no sabía de la teatralización de lo cotidiano: la fruta bomba y su carga sexual, los negros, lo emblemático de los nombres y apellidos de los personajes, la utilización de palabras íntimas y de una localidad casi sacramental, la forma de vestir de los personajes, los gestos y hasta la misma escenografía sugerida por el propio Piñera.

Electra Garrigó tuvo la certeza de elevar La Guantanamera a la solemnidad de un coro griego. Electra Garrigó personificó al coro griego en el punto guajiro. Ubicó un drama del siglo V a.c en La Habana. Desechó la versión. No se conformó con poner lo griego y sus conflictos en la actualidad. Agarró la casi siempre angustiante y tiránica relación entre padres e hijos y la zampó en una familia cubana, tan propicia a las dictaduras sentimentales. Pero todo metido en el choteo cubano que degrada lo “tragedioso” en cascadas de imágenes de una esencialidad cotidiana.

El propio Virgilio en el prólogo a su Teatro Completo, abunda sobre este aspecto:

A mi entender un cubano se define por la sistemática ruptura con la seriedad entre comillas. Como cualquier mortal, el cubano tiene sentido de lo trágico. Lo ha demostrado precisamente con la Insurrección que acaba de cumplir, con esta Revolución que no es juego de niños. Pero al mismo tiempo, este cubano no admite, rechaza, vomita, cualquier imposición de la solemnidad. Aquello que no se diferencia del resto de los pueblos de América es precisamente el saber que nada es verdaderamente doloroso o absolutamente placentero. Se dice que el cubano bromea, hace chistes de lo más sagrado. A primera vista tal contingencia acusaría superficialidad en el carácter de nuestro pueblo. Mañana podrá cambiar ese carácter, pero creo firmemente que dicha condición es, en el momento presente, eso que el griego Sócrates definía en el “conócete a ti mismo”, es decir saber cómo eres. Nosotros somos trágicos y cómicos a la vez.

Desde lo formal, también Electra… produjo rupturas que enfurecieron a la crítica. La obra sale de los marcos naturalistas en los cuales venía desarrollándose el teatro cubano. En el primer acto, Clitemnestra y Agamenón representan sus posibles muertes a través de dobles, lo que produce, dado el nivel de invención, una notoria sorpresa. Otra sorpresa formal es el momento en que los diálogos se encogen y llegan a la letanía de una oración, preparando el estallido de La Guantanamera.

Electra Garrigó. Teatro de la Luna. Foto Pepe Murrieta

Al estar Piñera embebido del pensamiento existencialista -que aún no había sido amonedado del todo por Sartre, lo que puede hacer pensar en un aporte precursor en el ámbito teatral de esta pieza, como la primera del teatro existencialista. La obra desarrolla toda una serie de imágenes y obsesiones al revaluar el mito clásico.

En Sófocles son los dioses los que castigan a los hermanos Orestes y Electra. En Eurípides el orden en la tierra es restablecido por el descenso de los Dióscuros. En lo de los Garrigó los dioses brillan por su ausencia; los personajes están abandonados únicamente a sus legítimas fuerzas humanas que los obligan, desde el hogar y en el hogar, a resolver el caciquismo paternal y restablecer la familia. Electra convierte lo que la rodea en un “fluido Electra”. Ella convierte todo en Electra. Fragua su venganza. Agamenón es estrangulado por el amante de Clitemnestra Pla, quien va a ser arrinconada. Electra espera que sea Orestes quien la elimine; y, para lograr su meta, empieza a minar el ánimo del hermano, hasta que en el acto III se produce la tremenda “anagnórisis” y se consuma la venganza. Electra queda en casa. Se restablece el orden familiar. Se diluye la tragedia.

La crítica que entonces arremetió violentamente contra la obra, se varó en una miopía absoluta. No fue capaz de asumir una postura rectificadora. Ninguno de los críticos, luego de las reposiciones de la puesta, asomó una nueva valoración. Sin embargo, el propio Virgilio se encargó de ponerle el cascabel al gato. Para colmo de su poderío creador redactó, con punzantes argumentos, “Ojo con el crítico”, un artículo aparecido en Prometeo. Debieron haber quedado sus detractores sin plumas y sin poder cacarear más.(1)

¿Qué es Electra Garrigó, una versión, una adaptación, una pieza inspirada en Sófocles? Electra Garrigó es una obra maestra que tiene como partida al clásico griego, pero sin afanes sociológicos ni investigaciones pretensiosas.

Desde una sólida cultura, un absoluto buen gusto y un saber componer para la escena, Virgilio Piñera nos dejó un verdadero tratado sobre lo cubano y de cómo lo cubano se artiza para una recepción no solo local sino universal.

Electra Garrigó puede ser una lección para los jóvenes dramaturgos y directores nuestros. Desde un texto dramático tan contundente sin acudir a vulgaridades ni imposturas, se percibe y se muestra lo cubano raigal.

 

  1. (“¡Ojo con el crítico!”, Prometeo, año II, n 11 noviembre, 1948, p. 2-3).

 

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