Por Noel Bonilla-Chongo
Con la puesta en circulación del número 106 de La Bohème, publicación seriada de la Alianza Francesa de Cuba, retorna el teatro y la danza a las páginas de la elegante revista de más de ciento veinte páginas. Preside su portada un collage resultante del cartel que identificara el pasado Mes de la Cultura Francesa en Cuba, realizado por el artista visual Alfredo Rodríguez Diago, diseñador que se ocupa de la maquetación y arte final del número.
Para la Alianza Francesa de Cuba, donde la enseñanza y promoción de la lengua, la cultura franco-cubana y la difusión del universo francófono son misión y voluntad, las páginas que integran las diferentes jornadas de esta edición de La Bohème, contienen el deseo de multiplicar los esfuerzos, conocimientos y acciones que se conciben en la institución alrededor de la promoción artística y gestión sociocultural, desde su enclave en las barriadas del Vedado y el entrecruce de caminos Habana Vieja – Centro Habana; sitios donde la AFC tiene sus sedes en la capital cubana.
En este número, la presencia santiaguera del teatro y de la danza, ocupan planos estelares dentro del dossier “Con Santiago de Cuba en la mira”. La voz de teatrera rellolla de Fátima Patterson reafirma que el arte no es solo espectáculo, es también conciencia y compañía. Su trabajo con el Estudio Teatral Macubá presume que el teatro puede nos ser un vector solucionador de las problemáticas que nos envuelven, pero sí hace a las personas pensar en su entorno, cómo viven y cómo podrían vivir mejor. Para Fátima, el teatro es un anunciador, alerta de las cosas por venir, de lo que podemos tener y eso sirve a las personas para un algo previsor siempre atento.

Ir a Santiago implica explorar sus calles, subir y bajar en moto o a zancadas, los intríngulis de una ciudad de acontecimientos, de antojos y azares urbanísticos. Y en esa tierra de teatralidades insospechadas, permanecen reductos de amoríos por lo que esconde y revelan las máscaras, cual personajes de permanentes asombros. Volver al Cabildo Teatral, al encuentro con Tenchy en el Centro de Investigaciones de las Artes Escénicas, es requisito. Ya, Macubá no está en Enramadas, aunque su albur late y es memoria viva de tantas traslaciones; aun así, es vocación de La Bohéme, entre Moliere y otros fantasmas, ir detrás de los pasos de Fátima a Santo Tomás.
En la memoria teatral santiaguera hay mucho de nuestras significaciones escénicas más asentadas. Parecería que ellas, prosiguen siendo el pulso que moviliza a su gente del medio. Los públicos repletando las salas, es el mejor de los triunfos en estos tiempos. Ver cómo el arte teatral y sus más diversos modos logran insuflar disfrute, gozo, abstracción y hasta fascinación, es restituirle al Teatro su esencia popular, comunal y participativa que le viene por heredad repetida, quizás ahora atemperada a los tiempos que corren. Como suerte de teatro-espíritu que se propone, tal vez no desenrollar una historia, sino levantar una imagen, la poderosa imagen del persistir y la existencia misma.
Fátima nos ofrecía ahora De Molière y otros demonios, especie de resumen del camino labrado por la maestra y sus discípulos en los más de treinta años del colectivo. En esta puesta, suerte de teatro total, Fátima y su troupe, logran en abstracción y sustrato, realizar una elipsis derivada de lo que Deleuze llamaría “un manifiesto menos”. Sí, como si el entramado global de la puesta fuera un ensayo crítico que en sí mismo se torna pieza de teatro. Creería que Fátima y su equipo concibieron esta relación entre el teatro y su crítica, entre la “obra originaria” y la “obra derivada”, como estrategia similar a la enhebrada para tantas obras que han inquietado nuestra percepción en el pasado.

En De Molière y otros demonios pudiéramos anclar una referencialidad muy próxima al carnaval, acto que en Santiago de Cuba goza de un valor intrínsecamente popular/social/cultural como en ninguna otra zona de la geografía cubana, pero eso sería también quedarnos cortos. Y es que el universo poético (imaginería, sabor y saber popular, artesanía teatral y ancestralidad cultural, etc.) de Fátima, rebasa los modos que hasta ahora hemos recurrido para analizar su producción simbólica y la problematización de la teatralidad desplegada a partir del análisis de su poética.
El número 106 de La Bohème, también va tras los pasos del creador Yanosky Suárez, allí en los salones de la casona de Vista Alegre, sede santiaguera de la Alianza Francesa en el oriente cubano. Suárez, quizás más cercano a la danza, aunque sus derivas espectaculares hacen de lo teatral, lo visual, el performance, centro medular expresivo. Anótese que para Yanosky, Santiago como Martinica y el Caribe francés, son zonas bien conocidas y transitadas.
Frente a Yanoski Suárez y sus prácticas escénicas, intervenciones y maneras concretas de concebir la acción, incluso, en propuestas donde trabaja con otras corporalidades, consideraría que el performance es su mejor artificación para concertar en práctica la utopía de “autopresentación de visibilidad y sensibilidad pura”, como aquella propuesta por Derrida en Writing and Difference, imbuido por las intuiciones de Antonin Artaud al refutar la representación como estrategia programática del logocentrismo occidental. Aunque, la clausura de la representación artaudiana no se deja atrapar en su totalidad en los performances de Yanoski, en aquellos donde no necesariamente pretende representar un personaje específico, en el ser performático que lo pondera, sí tiene la intención de transformarse en signo ante la mirada del público, ahí está Geysha, de 2018.

La Bohéme, se detienen en el ser santiaguero que habita al artista y también, en ese contexto citadino por él habitado. Frente a Geysha, representada en distintos escenarios nuestros y fuera de Cuba, el lector-espectador ve un cuerpo desnudo, de apariencia indivisa, aunque dual, trial, multiesférica. Se ha dicho que aquí se renuncia a la identidad visual tradicional de la geisha, cuanto hace es asumir el paisaje cultural que este término implica para manipularlo a favor del discurso elaborado por el coreógrafo-intérprete. Desde el momento en punto que el creador se enuncia como geisha, estamos condicionados a buscar ciertos paralelismos entre lo que vemos y lo que el término implica.
Adviértase cuán variopintas pueden ser esas imágenes teatrales y danzadas que Santiago de Cuba nos deja atrapar en las páginas de este exquisito número y dentro del dossier temático donde la oriental ciudad se plaza. Enmarcado ventajoso para que el poeta, narrador, periodista e indómito morador que acuerpa a Reinaldo Cedeño Pineda, en el conjunto “de fundaciones y canto”, nos vaya llevando de la mano mientras desandamos como son montunero en tiempo de conga santiaguera, los vericuetos teatreros y bailantes de Santiago de Cuba en La Bohème.





