Por Noel Bonilla-Chongo
Creería que nuestros deseos de seguir siendo buenos públicos para la danza se dejan seducir por la emanación de ese aliento vital que envuelve al cuerpo y sus modos de transformarse en partitura narrante de tantas aspiraciones, anhelos, encuentros, desencuentros, celebraciones y resonancias. Así lo vivimos frente a los cuerpos danzantes de una pléyade de virtuosos jóvenes en franco proceso de formación en escuelas de Danza, grupos artísticos docentes anexos a principales agrupaciones profesionales, y dentro de compañías cubanas que a lo largo y ancho del país apuestan por ser dador puerto franco.
Hoy, cuando las programaciones danzarias en este cálido verano, parecería que se mofan de las altas temperaturas en esos múltiples modos de habitar los escenarios de toda la isla, vuelve la pregunta sobre el desafío que implica “poner el cuerpo” hoy aquí y ahora. Programas conciertos de nuestras escuelas y academias de danzas como cierre de una etapa de valoraciones y también de tejido hacia el pronto futuro. Estrenos, reposiciones, apertura de trabajos en procesos, programaciones especiales desde los salones y sedes de compañías en todo el país, amparan esa voluntad acompañante de formas diversas de tramar la danza hoy.
A quinientos kilómetros de la capital cubana, el Ballet de Camagüey (BC), en sus “Viernes de la Danza” (alternativa creada por su directora Regina Balaguer, su equipo artístico y personal técnico), desde los añejos salones de la compañía, muestran piezas y selecciones del repertorio. Mantener las presentaciones sistemáticas y el diálogo con los públicos es fundamental en estos difíciles tiempos. Suerte de declaración de principios, nos dice el BC en sus publicaciones en redes, de resiliencia desde el interior del país, para continuar existiendo en preservación y desarrollo de un legado cultural de soberana hidalguía de todos sus integrantes, es acto de defensa y garantía de la escuela y compañía de ballet camagüeyana.

Mientras tanto, acá en La Habana, la Compañía Flamenca Ecos, dirigida por Ana Rosa Meneses, en alianza con el Centro Loyola Reina, realizaban la gala y premiación del “Primer Concurso Juvenil de Coreografía el Flamenco en mí”. Iniciativa que busca impulsar acciones que promuevan el desarrollo de jóvenes talentos del baile flamenco en el terreno de la creación coreográfica. Con una sorprendente respuesta y calidad de concursantes y la apreciación de los públicos, el concurso constituyó un feliz y productivo punto de encuentro entre artistas profesionales, amateurs y personalidades de la danza cubana.
Estudiantes recién graduados de la Facultad Arte Danzario de la Universidad de las Artes, ISA, conformaban un emergente programa donde socializarían a modo de conferencia danzada y performances los resultados de sus trabajos de investigación/creación. Liderados por el joven bailarín, profesor y coreógrafo Miguel Corella, distinguido como “Mejor Graduado en Creación Artística” de su cohorte ISA, confesaban la responsabilidad y compromiso que entabla la disciplina hermosa y exigente de la danza para los jóvenes de su generación que siguen insertados dentro de la gestión educativa y creativa en nuestra danza. “Encontrar modos artísticos de transformar el sudor en arte y de volver al movimiento una forma única de contar historias”, sería lema del equipo, al tiempo que citan a Nietzsche y asegurar la poética conversión del esfuerzo en poesía corporal. «Se debe tener todavía caos dentro de sí para poder dar a luz una estrella danzante».

Bastarían estos trazos para significar cómo detrás de cada éxito gravitan muchas horas de ensayo, de prueba y error, de recomenzar una y otra vez. Tiempo para poner el cuerpo en el ruedo de lo escénico, desafiar lo propio y lo ajeno de la pasión y de la entrega. Detrás de cada paso, muchas demandas de superación personal y del convivio colectivo. Así lo sentimos en sendas horas de expectación de un exquisito Programa Concierto curado con esmero, atención y fina urdimbre por artistas y docentes vinculados al claustro del Grupo Artístico Docente (GAD) de la compañía Acosta Danza.
Bajo la dirección general de Carlos Acosta, el GAD tiene la misión de formar bailarinas y bailarines en técnica mixta, desarrollando sus habilidades técnicas, expresivas y sensibilidad artística para el trabajo individual y grupal como intérpretes. Es de imaginar que, gracias a la trayectoria y excelencia artística de Carlos Acosta como ejemplar bailarín de ballet, de su alcance e impacto en el mundo internacional de la danza; su figura marca el paradigma de quienes se forman en la academia y de quienes se desarrollan como profesionales de la danza en la compañía principal y en la junior; ambas hoy con una presencia en circuitos transcendentales de la danza mundial.
Entonces, asistir al mejor de los desempeños de los jóvenes en formación dentro del GAD de la Compañía Acosta Danza, es afirmación de sus altos dotes interpretativos en todos los registros: el ballet académico, la danza contemporánea y la danza tradicional folklórica. Así se concibe una malla curricular que entiende a egresados como “Bailarines de Técnica Mixta”, nomenclatura que ya viene ofreciendo frutos ciertos dentro de la poética soñada, ideada y argumentada por Carlos Acosta desde los debates iniciales de lo que sería su propuesta formativa fundante.
En la función sabatina del GAD desde el salón principal sede de la compañía, vimos una pluralidad de modos expresivos y gramáticas comportamentales de la danza que, sin dudas, nos hablan de cuánto la escena dancística ha experimentado cambios distintivos en los paradigmas de creación, como reacción a las propuestas transdisciplinares de un número muy creciente de obras ya inscriptas en la cultura coreográfica cubana e internacional; cuestión relevante a tener en cuenta si repasamos el repertorio de Acosta Danza, la compañía madre, sitio donde deberán ser empleados quienes egresan del GAD. Presentadas durante el último decenio por coreógrafas, coreógrafos, bailarines y artistas vinculados a la poética de Acosta Danza, el programa visto, nos conecta directa e indirectamente con esa visión artística escénica, configurada además por una serie de dispositivos portadores de significación discursiva y que caracterizan el paradigma de creación y del significado de las obras en la escena actual.

También para estos estudiantes, siguen siendo las expresiones más cercanas a la danza contemporánea, objeto de esos modos de ser preocupación temática y formal de la impronta, para poner al cuerpo en juego como centro motor a debate y en cuestionamiento; en ese sentido me entusiasmaron, emergidas de los jóvenes artistas, varias propuestas de corte “contemporáneo” (Puedo, Somnium, Reflejo, Hilos cortantes, 2010 o el solo Substancia, con coreografía e interpretación de la estudiante de Segundo Año Vanessa de los Ángeles Ortega León, que despertara marcadamente mi interés. En otro orden, me encantó que la maestra y coreógrafa Yohana Duzats, nombrara su propuesta Alegoría Bantú, denotaba cierto garbo y presencia en una manifestación que podría ser signo de recurrencia baladí y común en otro contexto de creación, pero que acá, fue tejida de manera puntual sin perder su fuerza e identidad.
Pero igual, la amplia variedad de modos “más clásicos” de presentar fragmentos, variaciones y detalles de obras pertenecientes al legado de la gran tradición romántico-clásica del ballet universal y cubano (del “Vals de las flores”, de Cascanueces, en versión coreográfica de Carlos Acosta, a mi preferido Majísimo, pasando por los obligados Diana y Acteón, Tchaikovski Pas de deux, Don Quijote o La fille mal gardée), mostraron las competencias alcanzadas por los estudiantes de primero a tercer años de estudios en la academia.
Mención oportuna merecieron los aplausos a dos piezas, ya parte del repertorio identitario de Acosta Danza, el dueto Nosotros, de la autoría coreográfica de Beatriz García y Raúl Reinoso; significativamente interpretados por los estudiantes de tercer año Nery Isabel Cárdenas García y Rolando Manuel Diéguez Escobar Y un fragmento de la fusionada De punta a cabo, coreografía de Alexis Fernández (Maca), hoy muy bien ajustada en su disfrute como pieza colectiva que apela al baile en su explayado sentido rítmico y lúdico.
En este presente de inquietudes donde el arte, la cultura y la vida cubana se insertan, pensar cómo el panorama de las “artes del cuerpo”, del teatro y la danza como prácticas preferentes de lo escénico, deben cada día reinventan su noción estética y ética de ser, implica no reducir el teatro ni la danza al terreno del artificio, mucho menos, reducir el poder del cuerpo en tanto signo, territorio de rebeldía, campo de acción y sensaciones multiplicadas. Sí, de esos motivos que articulan el entramado temático de muchas de las piezas vistas y contempladas, debe estar hecho el presente de la danza y sus gentes.
Sin desestimar la idea del cuerpo como medio natural y expedito de expresión, de su ser corporeidad dancística, a modo de espacio sobre blanco, los cuerpos vistos y seguidos por las redes encarnan una multiplicidad de códigos culturales acumulados y proponen sobre la superficie de sus escenarios, la estructura visual necesariamente efímera y performativa que, en el decir de Patricia Cardona, acaricia la progresión de sus metamorfosis permanentes, como si manoseara el ritmo escénico orgánicamente desde la voluntad de avanzar hacia un objetivo. Esta progresión crecería en intensidad y alcanzaría un clímax: el cuerpo pide desenlace. Y sí, pues la danza debe volverse hoy inmensa, ilimitada, infinita, mejor.





