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Conversación con Julio Cesar Iglesias Ungo: Su evolución de bailarín a armador

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Por Amanda Vázquez

Julio César Iglesias Ungo no se identifica como coreógrafo, sino como un detonador de información. Reconoce que las medias verdades y los mensajes difusos tienen un poder único para despertar inquietudes y captar la atención del público de manera efectiva. Por eso prefiere comunicarse a través de preguntas y que sean los espectadores los que encuentren las respuestas. Es como si los guiara por un bosque, dejando pistas en los árboles sin revelar el destino final. Nada en él es convencional, ni su dramaturgia, ni su vida.

Nació en Lawton, un popular barrio de La Habana y cuando terminó sus estudios en la Escuela Nacional de Arte, donde se especializó en danza moderna, se unió a Danza Contemporánea de Cuba (DCC). En la compañía que dirige su padre, Miguel Iglesias, de quien heredó el amor por la danza, tuvo la oportunidad de desarrollarse y alcanzar el nivel de Primer Bailarín. En 2005, comenzó a probarse como coreógrafo en la misma compañía y, desde entonces, ha establecido una sólida trayectoria a pesar de residir la mayor parte del tiempo en Europa, porque Julio siempre vuelve a Cuba, cada vez con nuevas propuestas.

En su visita más reciente a La Habana, Julio llegó con un “ejército de artistas” para organizar en la capital cubana el CubeArt Festival, iniciativa que presentó músicos, muralistas, bailarines, coreógrafos, grupos de performance independientes y compañías de danza nacionales e internacionales, en una apretada agenda que ocupó varios espacios de la capital cubana[1].

Entre ensayos y montones de coordinaciones para sacar adelante el CubeArt Festival, Julio César Iglesias aceptó conceder una entrevista para el Portal Cubaescena.

Cuéntame sobre tus inicios como coreógrafo.

Tengo dos etapas de “armador”, como yo me defino, la primera estando en DCC, antes de irme a Europa, y la segunda cuando regreso a la compañía. Creo que la primera fue una búsqueda personal, quería alejarme de unas cuantas cosas que no me tocaban, por el tipo de danza que hacía en ese momento, cómo la veía o cómo la quería hacer. Lo primero que hice fue Quiero ser tu perro, con Mario Guerra, Pepito Hevia (el chino de DanzAbierta), Nayara Núñez y yo. Esta obra estaba basada en la temática de Quentin Tarantino, en sus guiones.

Fue una época de creación bastante bonita, porque no me interesaba en cómo vender mi trabajo, realmente hacía lo que me daba la gana. En ese momento podía cruzar todos los límites porque me gustaba hacerlo. Y no estaba siguiendo ningún patrón, seguía la dramaturgia que yo sentía…

Eso me dio libertad y me enseñó a encontrar cómo armar mis obras, a entender qué quiero contar y cómo lo cuento, y así encontrar mi propio lenguaje o dramaturgia. Me llevó a darme cuenta de que esa forma de trabajar era la que me funcionaba, no seguir ningún patrón o método establecido. No me gusta explicar mi trabajo, lo que me gusta es que te vayas del teatro con más preguntas que respuestas. No soy educador, no soy nadie para decirte cómo tienes que pensar, solo soy un detonador de información, mi intención es poner una dinamita en los cerebros y que de pronto estallen las preguntas. Dirigiendo de esa manera es como más me identifico.

Después de eso me fui a trabajar con Samir Akika a Europa, iba y venía…, hasta que me mudé a Bélgica. Ahí entré en la obra Última vez, con Wim Vandekeybus. Es una compañía bastante física, el director es un tipo que todo lo que ve le parece malo, y entonces es difícil para uno darle algo que le guste, te pone el listón elevadísimo, te crea una consciencia de no darle cualquier cosa.

¿Qué impacto tuvo en tu carrera trabajar con Samir Akika?

Trabajar con Samir Akika fue un antes y un después. Me ayudó a encontrarme y comprender la forma de materializar mis inquietudes. De esa etapa salió Quiero ser tu perro, Restaurante el paso, que para mí fue una pieza que marcó lo que empecé a hacer después. Se trataba de algo rebelde y con contenido, mucho mejor armado y con causa. Después hice La Lluvia cae por el viento y Espejos, una obra en la que ensayamos muchísimo pero nunca estrenamos, llevaba una piedra de hielo gigante en el medio del escenario, pero presentamos problemas con el teatro y sin la piedra no tenía mucho sentido, así que la dejé ir. Luego hice un solo llamado Breath fragment, estrenado en el festival de Pina Bauch en Alemania.

¿Cómo cambió tu mentalidad y tu forma de trabajar durante estos años?

Me cambió mucho la mentalidad, aprendí cómo pedirle a la gente lo que yo quiero, porque eso sí lo tienen todos los coreógrafos grandes con los que he trabajado, la exigencia. Fueron cinco años de estar al servicio de una persona por completo. Empecé a desdoblarme, hacer trabajos diferentes. Me gustaba mucho porque no me aburría, se abrió mi abanico, por lo tanto, pude entrenarme de forma distinta como coreógrafo. Aprendí a dirigir cualquier tipo de persona, independientemente de si fuera bailarín, actor, músico, etc. Esa posibilidad me la dio el poder trabajar con personas que tienen formas de ver el arte muy particular.

Luego vine a hacer otra pieza con DCC y tenía otra manera de ver las cosas, no sé si mejor o peor, pero sí más organizada, con otras estructuras más claras y sin la locura que tenía antes. O, mejor dicho, con más experiencia para mezclarlo todo, y pensando más en que pudiera ser comercializable y vista. A partir de ahí se abrió un camino diferente porque empecé a hacer coreografías para otras compañías, monté mi grupo en Alemania con una estética diferente a lo que hago aquí en Cuba. Tiene que ver más con hacer cine en vivo, que es lo que más me llama la atención.

Coil, una de las obras referentes de Danza Contemporánea de Cuba. Foto Buby Bode.

¿Cómo has logrado mantener la identidad de DCC mientras exploras nuevas estéticas y proyectos?

DCC tiene una estética, tiene una identidad, algo por lo que es reconocida y creo que cambiarle eso no funcionaría. Creo que le aporto más o le sumo más, si no trato de llevar la compañía a mi zona de confort. Ahora cumplo un ciclo de 10 años desde que estoy haciendo ese tipo de cosas. De ahí salieron El Cristal, Las paredes se van, Coil, La segunda piel. Estuve metido con el Festival que traje a Cuba (CubeArt), que básicamente es una transición para lo que voy a hacer después.

¿Cómo influyó tu formación como bailarín en tu desarrollo artístico?

Desde que estaba en la ENA fui un bailarín técnico, pero no me gustaba mucho. Tampoco me gustaba irme para el otro extremo totalmente relajado, yo quería hacer una mezcla de ambos. Me unía mucho con gente que estaba por esa cuerda, Alexis Fernández (Macarela), la gente de Retazos de principios de los 2000. En ese tiempo había muchas personas en Cuba con otros intereses y estaban muy conectados. Eso me dio el valor de contar lo mío, de buscar la manera de seducir a otras personas, de enamorarlas de lo que uno quiere decir. Eso para mí es la base, yo puedo construir el barco, pero quien lo maneja eres tú.

¿Cuál es el enfoque actual de tu trabajo coreográfico?

Cada vez me veo menos como coreógrafo y más como armador. Siento que la palabra coreógrafo es algo cerrada, cuadrada, no es como yo me siento. Para mí la mejor manera de buscar seguir evolucionando es este trabajo, Exposure, donde el enfoque es que todos los componentes de esa pieza fueran nuevos para cada uno de los involucrados. Trabajar con una compañía de hip hop y con bailarines de danza contemporánea para mí es algo nuevo. En vez de pensar qué tengo, voy a pensar en una idea nueva que funcione como terreno para construir algo entre todos.

Silence, solo presentado en Tanz Labor. Foto Facebook JCI.

Julio César Iglesias Ungo es un artista que desafía las convenciones y se aventura constantemente en la búsqueda de otras formas de expresión. Su rechazo a las etiquetas ha sido fundamental para el desarrollo de un estilo auténtico en el mundo de la danza contemporánea. Inspirado por sus maestros, ha aprendido a extraer de sus bailarines lo que verdaderamente le interesa y a implantar ideas explosivas en la mente del espectador. Su irreverencia le ha otorgado la confianza necesaria para crear obras sin temor al juicio ajeno, liberándose así de los patrones establecidos. En el acto creativo, Julio imagina un universo nuevo que evoluciona gradualmente, dotándolo de sus propias leyes físicas y determinando su funcionamiento y propósito intrínsecos.

[1] CubeArt Festival, un puente cultural hasta La Habana – Cubaescena