No cortarle las uñas al perro

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El más reciente estreno de Luis Enrique Álvarez y Perro Callejero cubrió más allá de las expectativas del propio grupo. Es un espectáculo con mixturas que atraen al espectador. Aquí te comentamos…

Por Víctor Ricardo Cabrera Soriano

El Colectivo Creativo Perro Callejero ha estrenado recientemente El arañazo del Yarey, bajo la firma coreográfica de su líder Luis Enrique Álvarez y la asistencia de Osnel Delgado, figura sustancial de la danza cubana actual.

El espectáculo, cuyos lenguajes corporales producen conexiones misceláneas, encontró terreno en el escenario del Ludi Teatro, espacio íntimo, pero de los pocos con equipamiento técnico en condiciones para recibir propuestas escénicas en la capital cubana.

En la composición de la obra se utilizó una narrativa visual marcada, estructura clara cuyo desenlace difumina la diferencia entre  la representación escénica y la vida real.

El arañazo del Yarey marcó abril como una muestra de «rebeldía», según su creador, quien hace evidente su potencia para concebir danza en un contexto económico nada frondoso para el país.

El performance lleva poco más de un año en construcción y ha sido una barrera para sus creadores, no solo por la dificultad de poder existir en el lugar que responda a sus necesidades técnicas, que aunque mínimas, son las justas para su éxito como proyecto.

Numerosos son los frenos que ha tenido El Perro (Luis Enrique Álvarez). Declaraciones del coreógrafo nos dejan frases como: “esto es lo más difícil que he creado”, refiriéndose al ejercicio intelectual que supone la composición coreográfica hoy día.

Es por eso que cobra especial relevancia hablar de su Arañazo, como testimonio del “sí se logra” que nos avisa el propio creador.

Réquiem al work in progress

Como es habitual en los ciclos creativos de Enrique Álvarez, hubo un primer contacto de El arañazo… con el público que sigue a Perro Callejero. En noviembre de 2025, el “Team Perro” puso la propuesta como work in progress, en el Pabellón Cuba, para “evaluar” el impacto/aceptación de la audiencia y recoger las opiniones del sector más especializado que hasta allí acudió.

En aquel momento el coreógrafo compartió sus ideas motivadoras que lo llevaban a dar forma a la puesta. Anunció que era una manera de abordar los bailes tradicionales campesinos desde una reinterpretación corporal del movimiento, pero también un homenaje a sus raíces pueblerinas.

Además, el joven creador enmarcó la importancia de resaltar la cultura campesina cubana desde la plaza de alto impacto social que supone la danza contemporánea en la actualidad.

Sin una hechura fija, El arañazo…, resultó interesante para quienes pudimos apreciarlo a medias, pero a nivel comunicacional todavía era un concepto poco conseguido. Entre los ruidos que se producían durante la trama estaban las ambigüedades de la gestualidad: códigos que solo significaban para los involucrados en el proceso creativo.

Por otro lado, había una razón muy noble en Luis Enrique para abordar su génesis rural, pero solo lo podíamos ver como un trabajo autobiográfico en conjunto, intereses propios de creadores e intérpretes. Faltaba en sí la maya dramatúrgica que apresara la esencia de Perro Callejero.

En efecto, cuando presentó el work in progress dejó abierta la cercanía a lo tradicional campesino desde nuevas decodificaciones corporales, pero no bastó aproximarse sólo desde lo “neo-movido” o lo musicalmente reconstruido. El universo sonoro, de tan diverso y cambiante, también desconectaba a la obra de su sentido.

Sin embargo, descubrir esas costras en su Arañazo… era la intención de Luis Enrique cuando nos propuso ver el trabajo parcialmente sobre la escena. Hablamos de un creador que se reta a sí mismo, que no reconstruye sobre el método de otros, sino que los deshilacha y se queda con poco de lo ajeno. Creo que Enrique Álvarez, no es de los que define porque su concepto nunca es claro, está siempre mutante.

Arañazo curado

En el presente, el creador y sus cinco bailarinas nos ponen sobre la mesa un producto más maduro que no se aleja de lo inicialmente planteado para su concepción, pero aborda más allá del baile tradicional. Hace unos días mientras sucedía el estreno de El arañazo del Yarey era inevitable establecer comparaciones entre pasado y presente de la propia pieza.

Sin darse cuenta, Luis Enrique hizo de su creación un tanto dramática. Mientras se ejecutaba la obra en la escena del Ludi Teatro parecía que transcurría una película. Si hablamos de género, este espectáculo se adapta al Cabaret, no porque lo diga su creador, sino por el ordenamiento y la fragmentación escénica que la conforma. Cuadros que al ser juntados nos completan una historia lineal, en cualquier orden.

El ensamblaje en El arañazo, también revela a Luis Enrique con una nueva arquitectura más legible para hacer su texto/danza. El joven villaclareño en obras anteriores prestaba más atención a patentar su estilo rebuscadamente subjetivo; como en El baile de las máquinas, o en traducciones de alta complejidad física, como en Yellow Cabaret, ambas piezas de 2024 que lo ascendieron en la escena habanera.

Para 2026 vemos un espectáculo más sobrio, de una dramaturgia sencilla y cohesiva. Por eso y otras razones se puede entender que El arañazo del Yarey es más de lo que su creador declara.

Veamos…

Antes del comienzo de la entrega escénica danzada (podríamos decir perfectamente actuada), Álvarez nos ratifica una fórmula a la que acude para cortejar a sus invitados mediante prólogos densos y tediosos, pero es parte de su forma de existir, en el que deja al descubierto su filosofía personal y discurso sobre su visión de la vida.

Para esta función específica diseñó una entrada que aparentaba casualidad, una intervención romántica acoplada a la música de fondo que lo interrumpió, llevándolo a bailar un bolero en solitario antes de dar paso al elenco. Todo este aparataje, Luis lo hace como parte del performance.

La trama escénica de El arañazo… comienza en silencio. Tal respeto a la insonoridad en el ambiente se mantiene por varios segundos, donde la quietud es quebrantada por una de las bailarinas que lanza un gesto de grito en susurro.

Son cinco los cuerpos que intervienen como protagonistas en esta pieza, cinco mujeres de diversa procedencia que manejan sus interpretaciones para dar vida a personajes construidos desde sus propios hogares, con los referentes del lugar donde nacieron o se criaron.

El concepto que Luis Enrique maneja del campo es evidente en el vestuario del primer cuarto de obra. Son guayaberas, prenda identitaria del campesino cubano. El hecho de que  las bailarinas la porten mientras gritan (con susurros) y cantan con melancolía es una genuina protesta del cuerpo femenino, de su voz alzada para nunca más callar.

Otro elemento que nos lleva hacia el campo de la infancia de Álvarez y sus chicas es la banda sonora que en las primeras escenas deja incidentales amplificadas, distorsionadas y mezcladas que te remiten a la vida rural.

Pero este “mix” a los que nos acostumbra Luis Enrique, no va solo de eso. Durante la obra hay referencias claras, de corte universal y nacional impuestas por el coreógrafo para que compitan unas con otras, como si quisiera hacernos elegir una como favorita.

Insisto, podemos construir una película en distinto orden. Su fábula es simple: el viaje de transmutación de la mujer rural hacia el espacio urbano del espectáculo, donde la coraza del Cabaret oculta —y a la vez protege— una identidad campesina que se resiste a desaparecer.

En ese sentido juega un papel fundamental que cada una de estas bailarinas presentan diferentes orígenes, casi ninguno ligado a la urbanidad. Y es que El arañazo del Yarey establece una oposición entre lo rural y la ciudad. He ahí uno de los primeros intereses para este análisis.

El ambiente cambia drásticamente cuando el vestuario muta hacia lo «cabaretero» y majestuoso: se vuelve litigio entre nuestras realidades paralelas, pero muy distintas entre el campo y la ciudad. Entre conservadores y libertinos. Pone a la mujer en un papel de heroína, reivindica la postura de las féminas que trabajan en locales nocturnos, sin mostrarla impuras, lo normaliza y la convierte en madre que merece serlo aunque trabaje en un cabaret.

Un momento de alta potencia visual muestra a una bailarina vestida de show, dobla una canción con un tono dramático, mientras lleva  un machete en la mano. Es la representación de la coraza mental: la mujer de la vida nocturna que no olvida que debe defenderse por estar allí, ya sea por elección o por sus circunstancias de vida.

Ese acto denuncia el juicio social: la lucha entre la mujer del cabaret y el hombre que la condena, arrebatándole incluso el derecho a la maternidad compartida.

Además, con esta producción, Luis Enrique da al público una panorámica de los golpes de ego y las dinámicas interpersonales que sufren las estrellas de la noche y del espectáculo con sus compañeros, parejas, conocidos. Todo esto lo muestra para envolvernos en aceptación, en derecho a la libertad y a la vida sin prejuicios.

La visión de Luis Enrique para El arañazo del Yarey se instala desde la negación de lo existente y un libertinaje creativo que se impone ante lo que él cree aburrido y convencional. Esta metodología responde a un sistema donde todo está hecho a la medida para mantener la “informalidad” en sus actos de “perreo”, pero ese es otro análisis que en el futuro abordaremos.

Fotos © Argel Ernesto González