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Katherine Perzant y la belleza discordante de las diferencias

La joven holguinera persigue la conmoción, el estremecimiento desde sus textos. No importa si se trata de periodismo o ficción.
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Entrevista con la joven holguinera que persigue la conmoción, el estremecimiento desde sus textos. No importa si se trata de periodismo o ficción

Por Liset Prego

Katherine Perzant es una poeta que escribe teatro o una dramaturga que se sostiene en la poesía. Aún es pronto para definirla. Quizás no necesitemos definirla nunca. Porque Katherine persigue la conmoción, el estremecimiento desde sus textos. No importa si se trata de periodismo o ficción, a fin de cuentas, ambos se sustentan en el lenguaje, toman el cuerpo de la palabra para existir.

La joven holguinera ha apostado siempre por lo bello, aunque esto sea de una punzante naturaleza o de una áspera forma. Tal vez por eso su obra Cabo de hornos ganó el primer lugar en la IX Edición del Festival Internacional de Teatro Femenino La escritura de la/s diferencia/s.

El premio fue otorgado por un jurado cubano que la calificó como:

una historia de amor y desamor entre dos mujeres que transita entre el lirismo y las contingencias de la vida cotidiana. Inspirada en la narrativa de Virginia Woolf, la dramaturga traslada la poesía al lenguaje teatral para concebir diálogos fluidos, capaces de revelar la naturaleza de los personajes. Sueños recurrentes, necesidades domésticas, amistades entrañables y una pasión amorosa que sostiene el conflicto de principio a fin, son los hilos que bordean un texto dramático con múltiples sugerencias para la futura puesta en escena.[1]

Igualmente, el jurado internacional del Festival le concedió a la pieza una mención especial, alegando que «posee un excelente manejo del lenguaje, un buen equilibrio entre los momentos líricos y una sólida estructura dramática».

Así se abre paso la novel voz femenina, desde las diferencias. Perzant revela que

«Cabo de hornos es la metáfora de un estado sentimental. De un vacío, y a la vez es muy voluptuosa. Toma del posdrama. Juega con referentes como Virginia Woolf y Eugenio Montale. La protagonista, Dina, quien vive en una renta con su mejor amigo y una amante, tiene pesadillas recurrentes sobre las que se estructuran los diálogos».[2]

Leer algunos fragmentos del texto ganador remite a la soledad propia y a la ajena, hay algo de abandono, algo que tiene que ver con estar desasido pese a la compañía de los otros. Se refiere a la soledad interior que ataca en sueños y se revela despierta en una angustia perenne, como deja claro el personaje principal:

Nadie me tiene y yo no tengo a nadie.

Solo existe el faro y dentro de él, yo

Y dentro de mí, el sueño.

Y como cada autor es lo que lee, la urdimbre de las vivencias auténticas o imaginarias, atestiguadas o perseguidas, hay en la obra poemas suyos y reminiscencias de Tarkovski y Bergman.

Cabo de hornos se encuentra en proceso editorial. Aguarda por ella el público, lector o espectador, que son a la vez uno. Mientras, la autora sigue despuntando por su destreza al construir textos para la escena. Lo atestiguan los miembros del jurado, integrado por la Dra. C Raquel Carrió, los dramaturgos Nara Mansur y Yerandy Fleites, quienes le concedieron el Premio de Dramaturgia Abelardo Estorino, para autores menores de 35 años, convocado por la Casa Editorial Tablas-Alarcos en 2020 por obra El pájaro motosierra.

Consta en el acta que la pieza posee

una estructura que se moviliza desde lo paródico y lo metateatral, en una suerte de ensayo sobre la dramatización, los lugares comunes (vitales) y los presupuestos más inmediatos del teatro cubano contemporáneo. El texto interpela “lo cubano” como teatralidad, desde un centro intertextual/multireferencial que destaca el perfil del sujeto poético/dramático/narrativo, de ascendencia feminista.[3]

Vuelve la mujer, lo que corroe. Las ansias. Pero ¿cómo se construyen estos cuerpos? ¿Con fragmentos propios?

«Lo primero para mí es encontrar las voces, quién habla», confiesa Katherine.

Cuando tengo esa voz la dejo hablarme primero a mí, es una intimidad que establezco y ordeno, la escucho ese tiempo, y tamizo qué, de lo que me ha dicho, puede servir en la escena. Digamos que tu voz es una cuchara, y una vez que acumules esa masa, haces el alma de tu cuchara que es única porque es tuya, ha salido de ti.

Para mí el teatro no es ir a lo clásico, eso ya fue escrito magistralmente y es insuperable, todo lo que nos queda es intentar. Yo no escribo. Yo intento. Lo hermoso del teatro es que las voces, (yo hago hablar cosas, no me interesan los personajes) pueden ser cualquier forma. Una alfombra. Una luz. Una sombra. Un espejo. Una voz y sus relaciones.[4]

Por el momento Katherine escribe, escribe, escribe como un modo de vida. Estas no son sus primeras piezas teatrales. La primera fue Cempasúchil que se estrenó en México en 2019, en espera del 2 de noviembre, día de los muertos, cuando literalmente ocurre la obra.

Ya se ha puesto varias veces en ese país, en sitios como Casa Refugio, y en la sede de Tinglados que es un grupo importantísimo de Ciudad de México, y fue muy aplaudida por el público. Me cuentan los actores y la directora que las personas la fueron a ver dos y tres veces.[5]

También en Cempasúchil una mujer fue el centro: Chavela Vargas. Porque el teatro necesita que una mujer dé voz a todas las mujeres. Y ella no es la primera, pero se suma a un coro urgente.

[1] Fragmento del Acta del Jurado.

[2] Ídem.

[3] Fragmento del Acta del Jurado.

[4] En conversación con la autora.

[5] Ídem.