Vedettísima De Causalidad Incandescente

Por Roberto Pérez León

Tengo un amigo que vive hace mucho en París y cuando aún no éramos del todo adolescentes o si lo éramos todavía disfrutábamos coquetear con la niñez, mi amigo logró que sus padres le regalaran una cámara fotográfica para poder retratar a Rosita Fornés en su programa de televisión de entonces.

Queríamos tener a Rosita todos los días, no solo cuando fuera el programa de la televisión. En nuestro pueblo las mujeres no eran un caleidoscopio de imágenes como lo era Rosita, ella desbordaba una originalidad distinta, era distinta, tenía un acarreo de sortilegios arransantes, era un rayo que imantaba, siempre una sorpresa, un asombro, un hielo en el estómago. En mi cuadra había una chica bien exuberante, le decían el carro de la carne, pero no, eran solo carnes bien puesta y ya, porque lo que se dice galanura de mujer como la que tenía Rosita, de eso nada.

Logramos armar el tinglado delante del televisor y en una cámara rusa que no era de las mejores porque no contábamos con una zenic de aquellas que podían retratar hasta las sombras, nos dimos a la tarea de tirarle fotos a Rosita en la pantalla del televisor y llevamos el rollito a revelar como si fuera una porcelana de una remota dinastía china. Los días que demoraron para darnos las fotos fueron de mucha angustia: ¿Saldrán? ¿Habríamos conseguido la luz suficiente? ¿Las revelarán bien? El papelito para recoger las fotos lo mirábamos todos los días para saber que estaba ahí.

Y las fotos salieron muy bien. Fuimos felices. Teníamos fotos de Rosita Fornés, además  algunas salieron tan bien que parecían tomadas en vivo y en directo, solo faltaban los colores pero entonces no había colores, ni en la pantalla ni en las fotos; claro, mostrábamos las que mejor habían quedado y nos preguntaban si habíamos ido a La Habana al programa. Sonreíamos y cargábamos con nuestro tesoro.

Resulta que ahora esas fotos mi amigo Gustavo desde París me las ha mandado. ¿Cuántos años hace de eso? Más de medio siglo, eran los sesenta prodigiosos, entonces se ponía en la televisión primero “Desfile de la Alegría” y luego fue “Cita con Rosita”, programas que proyectaban una estrella absoluta que energizaba a la familia entera; todo el pueblo cuando empezaba Rosita se paralizaba porque el programa era la intermediación entre el tedio de lo cotidiano y la contundencia de la participación en una aventura de encantamientos.

En el imaginario popular Rosita Fornés es la celebridad por excelencia: su elegancia, distinción, buen gusto, sus comportamientos sociales nunca tuvieron errancias; para toda circunstancia sabía qué era lo adecuado, nunca descuidó el valor simbólico y metafórico que tenía su presencia para el pueblo cubano.

La especial distinción de Rosita Fornés jamás fue eclipsada, ni siquiera cuando hubo un tiempo en que su compostura pudo haber desentonado en medio del frenesí de la Revolución triunfante, cuando fue moda el andar desairado porque era lo más apropiado para el pueblo revolucionario. No eran tiempos de mostraciones que se tildaban de burguesas.

Pero Rosita Fornés jamás dejó de ser la Vedettísima;  no claudicó, su estampa no pudo ser perturbada, siempre estuvo trenzada por la gravitación de la gracia de una excelencia sin par. Dicen que en aquellos tiempos no dejó de llevar al cuello su cruz de piedras preciosas, pese a ser señalada por los dogmáticos como la representación de una clase que había que desestimar, además por expresar la más calificada elegancia considerada entonces de negativa y amenazante para el proceso social que vivíamos. No obstante, el pueblo siempre la vio en la televisión, el medio por el que llegaba a todos, como la Miss absoluta desde 1953, cuando fue bautizada así.

Para el pueblo siempre fue fascinante porque el pueblo tiene las reglas insondables para percibir sin distorsión las representaciones culturales. Por el pueblo Rosita Fornés está en la memoria cultural de este país.

Su desatada femineidad era plenamente natural, a los artificios propios de la construcción del género ella supo desentrañarles los secretos, los misterios, los mitos de la fortaleza de una mujer sin discusión, sin cacharreos exhibicionistas.

Las dimensiones discursivas y simbólicas de su femineidad como estructura identitaria de su proyección artística eran relacionales, sus códigos de conducta social y los códigos estéticos fueron paradigmáticos, constituyentes de una performativa zona cultural en el imaginario del cubano.

Existen estudios entre la orientación sexual y las manifestaciones culturales; se plantean distintas sensibilidades o comportamientos específicos por la identificación con determinados signos culturales  ya sean íconos, símbolos, señales.

Las teorías que así lo expresan legitiman una sensibilidad homoerótica en tanto un homosexual interacciona, conecta su concepción del mundo con un producto cultural determinado que es capaz de reforzar su subjetividad al generar significados con los cuales siente complacencia particular. Por otra parte, la sensibilidad heterosexual no está ajena a este tipo de comportamientos ante el acontecimiento del sistema simbólico de la cultura. Pero como quiera que sea no deja este enfoque de ser esencialista, modelador de la imaginería del espectador según el género, la preferencia sexual, las relaciones de género, las identidades de género, las prácticas sexuales, es decir todo el complicado y arborescente paisaje del sexo normativo y sus transgresiones.

Esos elementos podrían condicionar, mediar en la forma de identificarse con determinados discursos culturales al ser descodificados desde conductas individuales y colectivas con márgenes en lo camp, lo queer, lo kitsch. Pero podría no ser así y el entrecruzamiento de identidades verlo como un espacio cultural sin tendencias exclusionistas, dado que la construcción social del sexo, el género y la sexualidad, es muy fluida.

Aludo a este gatuperio porque es común que determinadas figuras que se constituyen como verdaderas metanarrativas culturales, arrastren públicos particulares compuestos por sujetos que establecen significados suplementarios.

Rosita Fornés aunque siempre fue para todos, algunos y algunas manifiestan de manera más espectacular sus preferencias hacia ella.

Lo cierto es que por encima de cualquier sistema discursivo normativo, arbitrario, exclusivo en estrecha y esencialista connivencia, valoración e interpretación sobre el género, el sexo, la sexualidad, Rosita Fornés fue de todas nuestras figuras las más artizada por hombres, mujeres, niños, ancianos, ancianas, y que se enreden los que enfaticen en buscarle las cuatro patas al gato.

Más de ochenta años sin parar desde aquella aparición suya en la memorable Corte Suprema del Arte, cuando subió a interpretar nada menos que una canción española; debió haberlo hecho atizando el contrapunteo entre lo cubano y lo español que amulata la expresión y declara la médula de la categoría histórico-social que somos.

Rosita Fornés: Premio Nacional de Televisión, Música y Teatro. Todos los signos y los significados de estas manifestaciones le pertenecieron con sus consecuentes efectos ideológicos y artísticos. Tuvo todos los públicos porque de nuestras artistas ha sido la de mayor capital creativo popular.

Una mujer inusual, sin tiempo en el único espacio esplendente de esta Isla. Artista de fluencia indetenible, sobrenaturaleza, alegría.

 

 

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