Tengo Miedo Torero

Por Edgar Ariel

Le comento a F que uno de los momentos más desgarrado-desgarrante de Un apartamento en Urano es cuando Paul Beatriz cuenta que, junto a Pedro Lemebel, miran el Pacífico y le dice, citando a Deleuze, que el mar es como el cine, una imagen en movimiento. Mira machito, Lemebel responde, no te hagas el intelectual, la única imagen en movimiento es el amor.

F va hacia su librero como una imagen en movimiento, “mira, si está escuchando la conversación”, dice mientras saca un libro que en la carátula tiene, sobre una tela can-can, fi-fí, que pudiera ser tierra mojá, una mariposa amarilla, o un mariposón, con una bala en el centro que apunta.

El libro está dedicado por Pedro Lemebel. A F, por ser tierno. La letra es imprecisa pero firme. La letra es telúrica pero contenida. La letra es azul pero tiene fondo blanco. La letra está quieta pero ondula. La letra tiene la boca cerrada pero muerde. La letra es letra pero canta. La letra está en calma, es tenue, pero es una bala que apunta.

Llevo días posponiendo esta escritura que comenzó en La Habana y continúa en Holguín. F, desde La Habana, pregunta cómo va este texto torero. Le respondo que, la verdad, no tengo fuerzas para ponerme a torear. Lo que no le digo es lo nervioso que me pongo de solo leer el título: Tengo miedo torero. Que es el título de la novela de Lemebel, su única novela. Donde dice: ¡Tengo miedo torero, tengo miedo que en la tarde tu risa flote!

No sé cuándo mi vida comenzó a parecerse a una feria taurina. O sí sé, lo que pasa es que ponemos toldos sobre algunas realidades. Lo cierto es que últimamente lo relaciono todo con la tauromaquia, específicamente con el toro que se desangra.

Un ejemplo. Hace un año creé, junto a R, una obra para la Compañía de Danza Contemporánea Codanza: Ofrenda de Toro.

Hoy me cuesta llamarle ‘obra’ a ese tipo de sucesos escénicos. Cuando digo ‘obra’ me da la impresión de que estoy hablando de algo sagrado (Opus Dei), terminado, concluido. Con Chul Han, relaciono la palabra ‘obra’ con lo higiénico y pulido. Hoy prefiero llamarle proceso, investigación, exploración, ejercicio, experiencia… y no ‘obra’, que me parece una palabra que carga con un peso muy grande de la tradición, es decir, que carga con mordazas dictatoriales. La palabra ‘obra’ es un encierro taurino.

Busco en mi archivo digital y encuentro la sinopsis que escribí en aquella ocasión para Ofrenda de Toro. La comparto aquí porque descubro en ella ideas premonitorias:

“Gana la bestia, no propongo sorpresas. La sorpresa no radica en lo desconocido–descubierto. La sorpresa radica, sobre todo, cuando vemos correr, llegar al mar, y enrojecerlo, la sangre del toro que hemos visto pelear y morir; cuando en ese manantial de sangre nos descubrimos. Es nuestra sangre la ofrendada bajo la piel de otra bestia. Bestia menor que vive a la saga de bestias mayores.

Soy un toro de lidia, un toro débil. Débil como todos los toros. Mi sangre, torera, corre. A veces creo que tengo, sobre mí, la debilidad de todos los hombres, todos los toros de mi heredad.”

Qué pena que no tengas fuerzas, toro, me escribe F. Mientras leo un titular de El País: La otra mirada de la tauromaquia. Miro una a una las fotos de El País: el toro se desangra progresivamente a consecuencia de las lesiones causadas por las banderillas y la espada. De fondo, el torero. El toro se desangra sobre el ruedo. El matador Pepín Liria atraviesa con la espada el costado del astado. La sangre del toro tiñe la arena del ruedo. La mirada de un astado, entre la vida y la muerte. Los caballos arrastran al toro –ya fallecido– por la arena del ruedo. El toro es arrastrado por las mulas hasta el patio de caballos tras ser asesinado en la plaza de toros. Los toros muertos son volcados al camión. Una lona roja cubre al toro.

El traje del torero me deslumbra. Me deslumbra el rojo capote de brega. Me deslumbra ese traje de luces. Me deslumbran las lentejuelas, la seda, la montera, el corbatín, los bordados y los alamares. Por un momento quiero ser el torero, el dueño del ritual taurino, y alzar el capote como quien alza una plancha de hierro que al caer decapita. Pero miro al lado, y de reojo veo en mi espalda banderillas.

No soy el torero, soy el toro que se desangra. No soy el Mediterráneo, soy los 33 293 negros que han muerto en él. No soy el tecnopatriarcado, soy la Loca del Frente, la Lupe, la Fabiola, la Rana. No soy el leñador, soy el tronco que se quiebra. No soy el poeta, soy el verso que se resiste. No soy Ricardo Roselló, soy los 500 000 puertorriqueños que lo obligaron a dimitir. ¡Ricky renuncia! No soy el centro, soy la periferia. No soy el dictador, soy el desamparado que disiente.

Al llegar a la casa materna, mi hermanita me entrega una carta de recibimiento que dice: “Tati, cuando estabas en La Habana te eché mucho de menos, porque yo te quiero, te adoro, y te compro un toro”.

 

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