Solo Un Teólogo Y Una Cocinera En La Semana De Teatro Polaco

Por Roberto Pérez León

Se trata, de producir en la obra un movimiento capaz de conmover al espíritu fuera de toda representación; se trata de hacer del movimiento mismo una obra, sin interposición; de sustituir representaciones mediatas por signos directos; de inventar vibraciones, rotaciones,  giros, gravitaciones, danzas o saltos que lleguen directamente al espíritu. Esta es una idea de hombre de teatro, de director de escena…

Guilles Deleuze

Y sí, fue suficiente solo un teólogo de la vieja Europa y una cocinera cubana que anda por Cayo Cruz para que hayamos tenido la octava Semana de Teatro Polaco en La Habana.

Me parece prodigiosa la componenda entre lo teológico y lo culinario, dos naturalezas tan disparejas; además que se consigan en el basurero más grande de la capital cubana tiene mucho de encantamiento.

El Teólogo y la Cocinera de la Compañía del Cuartel, bajo la dirección de Sahily Moreda, salvó el vacío teatral que pudo haber tenido la jornada si solo hubiera contado con las reposiciones de las puestas de la séptima Semana de Teatro Polaco: Entre nosotr@s todo va bien, por Teatro El Público; El vacío  de las palabras, de Ludi Teatro; y Ocurre en domingo, por Teatro de la Luna.

Digo vacío teatral porque evidentemente el plato fuerte en una semana de teatro tiene que ser el teatro y de cuatro presentaciones que solo una sea estreno es algo preocupante.

Con tantos grupos de teatro que existen en La Habana por qué no hay variación en la participación. ¿De un año a otro no hay tiempo para montar, planificar, decidir los participantes entre colectivos que a veces demoran más de la cuenta en estar en escena o se aparecen con puestas de fin de curso?

Está demás decir que siempre es propicia la oportunidad para celebrar, homenajear y agradecer al heroico pueblo polaco. Parte de la sensibilidad con que cuenta mi generación tiene nutrientes polacas: Kantor, Grotowski y Wajda contribuyeron a desarrollar una especial percepción para las artes escénicas.

Como hubo esta vez  tan poco teatro nuevo hubiera sido muy bien recibido un ciclo de las películas de Andrzej Wajda, que muchos jóvenes no conocen y los más viejos habríamos disfrutado extraordinariamente en la pantalla grande.

Ahora bien, aunque sabemos que una golondrina no hace verano, en este caso fue suficiente el único estreno a cargo de la Compañía del Cuartel y la muy esmerada puesta en escena de El Teólogo y la Cocinera, obra de Reinaldo Montero que parte de La Pasión de Cristo en una botella de la escritora polaca Lidia Amejko.

Qué bien que una obra de una narradora polaca haya inspirado a Reinaldo Montero para concebir la curiosa juntera de un teólogo y una cocinera: personajes de una entrañable condición humana puestos a dialogar La Habana por medio en  una acronía que hace delicias al no dar coordenadas temporales precisas, sin tiempo histórico ni tiempo cumplido.

Esta Ciudad Maravilla no es reacia a las antípodas, propicia el afloramiento de escondidas semejanzas entre seres, hace posible la complementariedad y cotidianiza: un ser en un limbo previo a su entrada a la capital cubana y una cocinera en plena efervescencia habanera.

¡Qué lujo de imaginación e invención para reformular realidades!

Así es, en El Teólogo y la Cocinera se conjugan, contrastan y conviven un teólogo de mundos lejanos y la cocinera cubana de picadillo de soya; cada cual con sus razones va desde el absoluto trascendente y la dramática de lo sublime a la contundencia de al pan pan y al vino vino.

Yo espero que siga en cartelera este montaje e incluso no sería descabellado pensar que formara parte del próximo Festival de Teatro de La Habana; tiempo para incluir lo bueno siempre hay.

La Compañía del Cuartel en este montaje consigue la manifestación de una tensión entre las fuerzas de lo cotidiano y lo celeste a través del equilibrio del trabajo actoral donde el cuerpo y su manifestación semiológica es la yema de la organización escénica.

El Teólogo y la Cocinera es una puesta de imagen y acción con  un texto lingüístico en la centralidad de la concepción dramática. Se actúa y muy bien. Además se producen aconteceres donde se configuran acciones que consolidan el trabajo escénico desde la conformación de imágenes que hacen evidente la presencia de performers, aunque no se trata de una puesta de teatro performativo. Por otro lado, hay componentes que hacen que la percepción de la misma no sea del todo dramática sino que haya vislumbres posdramáticos.

No conozco la obra que inspiró a Montero para escribir El Teólogo y la Cocinera, pero lo que nos llega a través de la Compañía del Cuartel está perfectamente concebido desde el contrapunteo vivencial que existe entre los dos personajes andantes de mundos que comúnmente se dan por paralelos.

Dramatúrgicamente el texto lingüístico de El Teólogo y la Cocinera se estructura desde polos logocéntricos, avecinados por la festividad de lo dialógico. Nos enfrentamos a diálogos sin especulaciones ético-morales, sin ambages ni vagabundeos conceptuales ni pujadas críticas socio políticas.

El Teólogo y la Cocinera es un texto de escritura en presente. Texto antinostálgico. Diría yo que epifánico. Texto que no se achanta en una referencialidad mediocre como suele suceder en algunas dramaturgias que quieren problematizar desde una mirada miope a los trastornos sociales que padecemos.

En los últimos tiempos es común que suban a escena propuestas con supuestos éticos, sociales y cognitivos que pretenden deshilvanar la madeja de nuestros trances socioculturales con presentaciones de un mimetismo burdo, primario, hasta irrespetuoso con nosotros mismos; la resultante son montajes mediocres con imágenes especulares llegadas desde un espejo con el azogue descascarado. Y tenemos que soportar puestas en escena que parecen un déjà vu viciado, con poca imaginación, con alarmante falta de creatividad.

Nada de esto sucede en El Teólogo y la Cocinera donde  hay solo dos personajes y entre ellos discurre una representación que durante una hora no cesa de profundizar, desde lo teatral, en lo existencial entre un remoto teólogo y una cocinera que trastea entre la basura del Cayo Cruz habanero.

El texto de Montero desde su ontología dramatúrgica proporciona sin alardes la debida progresión dramática que dosifica la poiesis escénica.

El estado gradual de poiesis de la puesta pone en polifonía la ficción y la realidad mediante maneras corporales de relación-no relación sin paradojas ni evanescencias por parte del teólogo mientras que la cocinera subvierte la gestualidad con un discurso callejero sin designios: monólogos gestuales y verbales que se amasijan con independencia que trastorna.

La puesta es una hermosa imagen sincrética de dos personajes que dan vida a sus muertes, tan disfrutables para nosotros como espectadores y para ellos como performers, de un suceso óntico decidido por la acción teatral.

Las actuaciones tienen un toque minimalista que no atasca al discurso actoral sino que le agrega una fluidez particular tal como sucede en la música de Philipp Glass donde la frase en su menudencia y repetición alcanza desplazamientos fecundantes. No estoy diciendo que se trata de actuaciones minimalistas, quiero decir que hay en las actuaciones una acumulación de pequeñas acciones que progresan en la configuración de la sostenida performance actoral.

Como tenemos el mal hábito de no decir al inicio de cada función los intérpretes en el caso de que haya varios elencos, me las vi negras para conocer el elenco de la noche en que fui a la sala El Sótano. Al final de la función tuve que ponerme a averiguar quiénes habían actuado. Nadie sabía. Se me dirá que por qué no conozco a los actores y las actrices si mi trabajo es la crítica teatral. Pues no los conozco. Para algo existen los programas de mano que no son para hacer literatura ni exponer imágenes.

Asistí a la función correspondiente al sábado 28 de octubre. Logré saber que el teólogo estuvo a cargo de Ignacio Reyes y que la Cocinera fue Yeney Bejerano. Pero me asaltó la duda cuando me di cuenta que había triple elenco en el caso de la Cocinera. Tuve que llamar al teatro y después de una larga pesquisa telefónica me confirmaron que ese día Yeney Bejerano había trabajado.

Entonces, con nombres y apellidos, aplaudo a Ignacio Reyes como Uriel, el teólogo, y a Yeney Bejerano como Leirú –hermoso anagrama de Uriel-, la cocinera. La consonancia del trabajo actoral entre ellos tuvo un eficaz corte performativo, se consiguió una definida ritualización escénica y una espacialización que brotaba de una coréutica capaz de tramar la atmósfera escénica: palabra-acción-gesto que va desde lo incognoscible hasta la más elemental cualidad significante entre los monólogos y diálogos que conforman un texto lingüístico que ha permitido que El Teólogo y la Cocinera sea una puesta en escena inteligente, de buen gusto, bien realizada.

Dos personajes en un espacio escénico solo ocupado con un diseño de luces que no es eficiente sobre todo por las limitaciones técnicas de la sala El Sótano, las mismas que existen en gran parte de nuestros teatros. ¿Dejadez, desidia, limitaciones económicas,  abandono?

Lo descubierto y lacónico del montaje, donde radica gran parte de la fortaleza escénica se hubiera potencializado con el empleo de recursos tecnológicos que apoyaran la propuesta estética de Sahily Moreda.

No podemos seguir posponiendo el empleo de la correspondiente tecnología para hacer de los significantes escénicos dispositivos artísticos transformadores de la percepción espectatorial desde producciones que indaguen en una mixtura tecnológica que ya es insoslayable.

En puestas como estas es donde siento la falta de riesgo y emprendimiento a partir de lo tecnológico. Me preocupa la carencia de una conciencia de lo tecnológico como recurso estético en nuestras artes escénicas.

Ya no sólo es suficiente el talento para posicionar una puesta en escena para que tenga una producción de sentido en consonancia con el desarrollo de los “medias”.

En El Teólogo y la Cocinera las luces pudieran producir emanaciones fecundantes en la relación entre los dos personajes. La teatralidad global que se consigue solo desde unas luces escuetas y unas buenas actuaciones se pudiera dimensionar desde la perspectiva tecnológica que agregaría una plasticidad más significante.

Insto seriamente desde mi espacio de análisis y crítica a una Cruzada hacia nuestras universidades e institutos tecnológicos para involucrar la capacidad que existe en esos centros para insertar en nuestras artes escénicas la virtualidad y el mundo digital. ¡Por favor!

Cuando los recursos tecnológicos son básicos el paisaje escénico se empobrece.

La dramaturgia debe enriquecerse con lo artístico contemporáneo inmerso en el contexto de las nuevas tecnologías de realidades virtuales, aumentadas, etc.

Urge empezar a ensayar alternativas para que en los montajes haya más participación del arte y no solo nos valgamos de los convencionales componentes de los sistemas significantes. Hay que generar nuevos sentidos en consonancia con las nuevas tecnologías que tenemos a mano.

Sin afán de decir lo que hay que hacer porque no es la intención de un análisis crítico, en la puesta de El Teólogo y la Cocinera, de la que salí muy contento y satisfecho porque me trataron como un espectador pensante, la figura-actor que nos recibe desde el escenario al entrar a la sala, su enunciación no verbal podría ser grandiosa si las luces hicieran que lo figural quede suspendido entre lo poético, la materialidad y la inmaterialidad; esa imagen que nos recibe bajo un certero efecto de luces definiría la metamorfosis dramatúrgica que late en ella, a su vez tallaría el espacio gestual del performer-actor.

No obstante la carencia del empleo de recursos tecnológicos El Teólogo y la Cocinera es una puesta en escena que se sostiene desde una sólida postura crítico-estética. Aunque es textocentrista se adentra en operaciones rizomáticas propias de las artes escénicas contemporáneas y sale airosa con la dirección de Sahily Moreda que sabe posesionarse de un texto que permite la interconexión entre la heterogeneidad de lenguajes escénicos productores de sentido.

 

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