“La muerte y la doncella” en La Habana: drama débil, ¿thriller sicológico?

Teatro sin invención ni riesgo ¿Quién debe poner freno a actuaciones aficionadas e incompetentes donde el rigor profesional no se hace patente?

Por Roberto Pérez León

A una semana de su estreno en la sala El Sótano he asistido a ver La muerte y la doncella, una puesta en escena de Teatro La Bernarda con dirección general de Antonio Arroyo.

La muerte y la doncella es una obra de Daniel Dorfman, chileno, académico de prestigio, excelente ensayista. Esta obra es la ficción más  reconocida del intelectual. Es su primer texto para la escena, escrito en inglés, oficialmente estrenado en Londres, aunque antes de su estreno europeo subió a escena en el Teatro de la Esquina, en Santiago de Chile el 1º de marzo de 1991.

Aún se sigue diciendo que La muerte y la doncella es la obra chilena más puesta en el mundo y una de las obras latinoamericanas más vistas. Apenas a un año de su debut, en  marzo de 1992 llegó a tener temporada en el Brooks Atkinson Theatre de Broadway, con Glenn Close y Gene Hackman en el elenco. En 1994, Roman Polanski la filmó y fue nominada a Mejor director. Es decir, La muerte y la doncella ha deslumbrado desde su primera lectura en Londres a inicios de los noventa.

Su trama se desarrolla después de la restauración de la democracia en Chile. Pero durante la dictadura de Pinochet, una mujer (Paulina) es torturada y violada. Ella nunca delata a su novio (Gerardo), un activo opositor al régimen. Al final sale viva de sus captores y se casa con Gerardo. El es un abogado que forma parte de la Comisión de la Verdad y Reconciliación creada el Gobierno.  Un día a Gerardo se le  poncha una goma y es recogido por un desconocido (Dr. Miranda). El desconocido visita a Gerardo y su voz es identificada por Paulina como la de aquél que la violó. Ella solo confía en la memoria auditiva pues en las torturas le vendaban los ojos. Segura de que el torturador es ese que ha llegado a su casa decide hacer justicia por sus propios medios. Amarra a Miranda y lo obliga a confesar sus crímenes. A su vez trata de convencer a Gerardo de que ella está en lo cierto. El título de la obra sale de cuarteto de cuerda de Franz Schubert, pieza que el torturador ponía mientras hacía sus atrocidades.

 La muerte y la doncella ha tenido muchos énfasis según los directores que la han trabajado: drama, secuestros, desapariciones, venganzas, justicia, thriller sicológico, tortura, dictaduras.

No es posible pasar por alto que esta obra parió la película homónima de  Roman Polanski, una cinta escalofriantemente genial.

El hecho de que una obra de teatro haya tenido una puesta en pantalla tan perfecta sin desmantelar el texto dramático original, sino conservando intacta las intensiones del dramaturgo, ya es un serio reto para quien decida subirla a un escenario. Hay que decir que Polanski en la cinematografía de La muerte y la doncella ha considerado la teatralidad como solo es posible hacerlo desde el cine. Los encuadres, los movimientos de cámara, los planos individuales son de una precisión espacial magistral.

No podemos olvidar que, hoy por hoy, el cine tiene una enorme carga de influencia para la literatura en general y en particular para el teatro. Es por ello que  saco a colación la puesta en pantalla de la obra de Dorfman. Las técnicas narrativas cinematográficas siguen siendo paradigmáticas para otros tipos de narrativas contemporáneas. El cine es contenedor de todas las formas de arte en la actualidad, y un poco más.

Antes de referirme particularmente a la puesta en escena que ha hecho Teatro La Bernarda, quisiera anotar algo sobre la obra de Dorfman. Y es que dramatúrgicamente La muerte y la doncella es lineal, convencional, muy naturalista, tiene ciertos eslabones dramáticos débiles y esto hace que se dejen al descubierto situaciones poco justificadas. Es un teatro muy literario. Creo que el éxito de esta pieza estará siempre en la intensión y fortaleza con que se cargue la puesta en escena que se haga de ella.

La trama de La muerte y la doncella es propicia para convertirla en un suspense “hollywoodense” o “broadwayano”. Cae como anillo al dedo para agudizar la común sensibilidad y la curiosa e insistente morbosidad humana hacia la violencia, el miedo, la venganza, el sexo, el odio.

En el caso de La muerte y la doncella, la práctica escénica es fundamental y tiene que sobrepasar al dramaturgo que descuidó el equilibrio de las líneas de fuerza en el desarrollo de la trama: por momentos se acentúa demasiado la pareja, se cae en sentimentalismos y aclaraciones de infidelidades, todo lo cual hace que el tema de la tortura, que es paradigmático, eventualmente se mueva en otro eje cuando debe de atravesar todo el funcionamiento interno; demasiadas coincidencias para que el verdugo y la victima se encuentren. Por supuesto, es una obra que alerta con relación al tema de las atrocidades cometidas por las dictaduras latinoamericanas y en especial la chilena.

La puesta en escena de Teatro de La Bernarda no interroga al texto, no lo sonsaca, no lo fuerza. Más bien confía demasiado en él. La debida interacción de los distintos sistemas escénicos se debilita al estar todos supeditados a lo textual. Se compone un discurso global ralentizado, de progresión agónica y  no precisamente para dar la agonía que subyace en la fabula.

Tiene que saberse que los signos textuales y los signos escénicos poseen independencia, pero sus inmanencias tienen que ser detectadas, la puesta debe hacerlas sentir en la conjunción de sus diversidades. Esto es labor del “puestista” o “dramatugista”. Los signos escénicos no son la reproducción o traducción de los signos textuales. La puesta que ilustra al texto es siempre una puesta insuficiente. Las leyes de la representación no son tan elementales, como para que se reduzcan a buscar formas para redecir un texto con pelos y señales de todos y cada uno de sus signos.

En La muerte y la doncella, el espacio escénico como significante debe propiciar la multiplicidad de los sentidos y movilizar al espectador desde el punto de vista reflexivo, no solo desde el punto de vista perceptivo. Una puesta en escena no es un producto acabado. La práctica significante, los actos performativos serán efectivos en la medida en que el espacio escénico consolide la heterotopía de lo teatral.

Esta puesta de Teatro de La Bernalda hay tres actores que verbal y gestualmente se desarrollan parejamente, sin ser capaces de crear atmósferas adecuadas. Al enunciar un texto realista, declamatorio, unidimensional, los actores no muestran contrastes. Son actuaciones sumamente esquemáticas. El verdugo es un miedoso empedernido y caricaturesco; el esposo está todo el tiempo nervioso y no sabe componer un discurso gestual convincente; la víctima, excitada sin descanso. Los tres personajes se hacen sal y agua entre clamores frenéticos. El desasosiego los consume. Solo son esbozos sin ímpetus.

En esta puesta en escena es omnipresente un revólver que como objeto escénico se convierte en un significante cardinal. El revólver debe ser un elemento clave en la cadena actancial de la obra. El revólver como fuerza actuante y desencadenante de las demás fuerzas dramáticas en la dinámica de las acciones de la puesta en escena. Sin embargo, la poseedora del arma de fuego, la actriz, la víctima establece una relación con ella que no es ni mínimamente aceptable. Solo este accionar tan indeterminado hace que su actuación sea poco confiable. Por otra parte, el proceder hasta aniñado del verdugo cuando está amarrado y pide cordura es inadmisible actoralmente. En cuanto al marido de la víctima, no se puede simplificar tanto una actuación cuando hay que dar un personaje que está entre la espada y la pared

Y yo me pregunto, ¿quién debe poner freno a actuaciones aficionadas e incompetentes donde el rigor profesional no se hace patente? Digo esto porque últimamente me ha tocado ver puestas que por pudor no me he atrevido ni a comentar siquiera.

Teatro de La Bernarda  ha hecho una puesta en escena demasiado básica, sin riesgos, sin ir más allá del texto de Dorfman. Y es que se trata de un tema que precisa estar siempre al borde del abismo, de un abismo insondable para poder dar lo ilimitado de las conductas humanas que se afrontan y confrontan.

No hay dialéctica en las acciones que esta puesta en escena exhibe. Las expectativas que deberían crear la involución y la evolución de la venganza y del odio quedan sin la debida maniobra enunciativa. Insisto en la pésima manipulación actoral de una pistola, por señalar solo una deficiente y sostenida conducta actoral.

La dramaturgia intrínseca de la obra se desvanece en actuaciones comunes y elementales que coagulan el encadenamiento de las escenas; el diseño de luces y la banda sonora resultan literales y decorativos como componentes escénicos para concebir espacios y situaciones.

La estructura dramática y escénica de La muerte y la doncella, de Teatro La Bernarda, no crea en absoluto la tensión correspondiente. La modelización de la puesta en escena no llega ni a memoria histórica ni a thriller sicológico.

Casi dos horas es un desperdicio para la exposición de un accionar global poco expresivo teatralmente. Demasiados lugares comunes en un teatro dramático ortodoxo a estas alturas del siglo XXI.

Foto tomada de Habana Radio Digital

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