Una Cópula Infinita En El Tiempo

El teatro, desde tiempos remotos, es espacio donde se encuentran actores y espectadores para examinar vidas y circunstancias de cualquier momento de la historia, y proyectar luces y sombras de lo humano sobre la platea. Por eso es incómodo, arenoso, crítico

Por Omar Valiño / Fotos Buby

El teatro, desde tiempos remotos, es espacio donde se encuentran actores y espectadores para examinar vidas y circunstancias de cualquier momento de la historia, y proyectar luces y sombras de lo humano sobre la platea. Por eso es incómodo, arenoso, crítico. Y celebra, de muchas maneras, su permanencia como un arte necesario al individuo, a la comunidad y al mundo.

Dicha coordenada guía hace años a Teatro El Portazo con el añadido de que promueven esos encuentros con el público como una fiesta. El legado vivo de un país es la carne y la sangre con que la agrupación liderada por Pedro Franco trabaja en Matanzas su conocida saga de Cuban Coffeeby Portazo Cooperative (CCPC). La larga segunda parte de CCPC, ahora apellidada La República Light, fue concebida para cuatro temporadas de 25 funciones cada una en espectáculos similares, pero no idénticos y mediante capas superpuestas de reconstrucción crítica sobre el respectivo precedente hasta totalizar cien. El cuarto no llegó a realizarse, pero la tercera parte está a punto de completar 50 funciones realizadas por todo el país y cumplir, por tanto, el centenar propuesto.

Siempre en progresiva construcción y abierto, ha ido encontrando precisión en el lenguaje del espectáculo y sus objetivos. Su despliegue de energía, trabajo, belleza, vitalidad, buen humor e interacción lo hacen muy atractivo y, justamente, respuesta intrínseca a esa fricción entre discurso y realidad en la que hurga.

Para esta tercera parte se asume la tautología de referirse a ellos mismos en concomitancia con una estrategia documental y a la propia saga, gracias a un guion, basado en innumerables textos, de los codirectores Franco y María Laura Germán. El teatro como tribuna, la pasarela como circunscripción, las razones para hacer y proclamar un teatro político en clave de cabaret como un derecho que junta jolgorio y pensamiento.

Ante lecturas torcidas y malentendidos es un ejercicio de autodefensa, a la manera de Jorge Dimitrov ante el proceso de Leipzig o de Fidel ante el juicio del Moncada.

La estructura sigue oscilando entre monólogos y escenas colectivas, pero su fisiología es el reciclaje para edificar el sentido último de reconstruirlo todo a partir de lo hecho por la tradición y la historia de generaciones. De asumirlo todo.

Pedro Franco, director de El Portazo, ha creado un espacio diferente en Matanzas.

Los múltiples enlaces, hilos, nudos, deseos, anhelos de una sociedad apretados en la expresión del teatro. Honor al pasado, a la memoria, a los héroes para quitar la herrumbre de la historia, limpiar y hacer. Se transponen los tiempos históricos, sus documentos, como si la vieja historia fuera ahora y al revés. Hablan con los versos y las palabras que ya fueron dichas y le suman nuevas. La canción eje de esta parte electriza el espinazo: “Cambia. Todo cambia. Pero no cambia mi amor”.

Celebración de cuerpos de actrices y actores incombustibles, memoria actual de la realidad, testimonio político mayor desde los jóvenes, abordado sin complejos, con humor, sorna y choteo. Un homenaje a nosotros mismos, a lo que somos, a nuestra arquitectura espiritual, a la anatomía y la constitución de la que estamos hechos y en que somos. Una cópula infinita en el tiempo.

Texto tomado del periódico Granma

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