Un portazo de otra Nora

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Por Frank Padrón

Shirley Valentine, que presta su nombre a la pieza homónima del dramaturgo británico Willy Rusell, es una mujer que como aquella célebre Nora del noruego Henrik Ibsen (1828-1906), dio un famoso portazo con el cual se despidió de un férreo matrimonio y de una vida familiar que la asfixiaba y le restaba posibilidades de realización.

Como ella, pero en pleno siglo XX, Shirley abandona su Casa de muñecas para enfocarse en un viaje a Grecia acompañada de una amiga, dejando atrás un marido desconsiderado y unos hijos consentidos que la consideraban más una esclava que un ser humano.

La pieza de Rusell se estrenó con éxito en el Liverpool de 1986, conquistó otros escenarios dentro y fuera del país, obtuvo en Londres el prestigioso Laurence Olivier, un Tony para su actriz protagónica, Pauline Collins, y fue llevada al cine por el propio autor.

El director catalán Josep María Coll  (Smiley) se enamoró del texto y tras una puesta hace varios años entre nosotros, con la actriz Loreta Estévez, retoma el montaje con su colega Yessie Guridi, muy seguida y admirada por un amplio público gracias a su participación en telenovelas y series nacionales.

A pesar de que la obra tiene sobre sus hombros casi cuarenta años, se mantiene fresca y vigente,  en momentos cuando las luchas por la igualdad de géneros y le equidad ha conferido al feminismo nuevas aristas.

El monólogo está escrito con gracia y fluidez, combinando humor y dramatismo en dosis equilibradas que consiguen un tono justo.

Es cierto que la protagonista aterriza en ciertas expresiones homofóbicas (tiene una hija lesbiana a la cual se refiere con sorna y grita a cierto taxista que la provoca una ofensa en tal sentido), pero no olvidemos que su contexto es machista y heteronormativo, por lo cual la han «educado» (mejor sería escribir  «amaestrado»), en prejuicios y estereotipos que aprehende y reproduce inconscientemente.

Mas lo importante es la manera en que logra transformar la soledad, la dependencia y el sometimiento que la encadenan, en un arma que la conducen a la ruptura y la liberación,  el encuentro consigo misma y el hallazgo de la perdida auto estima, algo que el texto focaliza y trasmite muy bien.

Esto lo ha entendido cabalmente José María en su nueva puesta, titulada ahora Mi querida Shirley, quizá susceptible de limar algunas expresiones de la norma española, puestos a contextualizar lo más posible la escritura sin traicionar su referencia cronotópica y universal.

Valga encomiar también la escenografía de Israel Rodríguez, capaz de traducir la esencia irónica del texto mediante elementos expresivos y una economía de recursos que lo enmarcan en una pertinente representación minimalista.

También las luces de Marvin Yaquis (asistiendo además la dirección), las cuales diseñan atmósferas que reproducen con imaginación los claroscuros ideostéticos de la pieza.

La banda sonora del propio Coll ambienta desde ese importante rubro la abundante carga verbal de una obra donde todo recae en la protagonista.

Sin dudas, el gran peso de la puesta lo lleva el desempeño de Yessie, quien logra trasmitir toda la evolución de esa nueva Nora con  la fuerza y convicción que va adquiriendo esa mujer decidida a romper definitivamente con los esquemas y las cadenas que la limitan.

Sus transiciones, el dominio eufónico y gestual, la simpatía y ternura con que borda su Shirley, hacen perfectamente entendible los cerrados aplausos y ovaciones con que el público premia su actuación,  y la puesta toda, al final de cada función.

Fotos tomadas del perfil de Facebook de Harold Naranjo