Por Alexis Peña Hernández
Por estos días la ciudad de Camagüey volvió a colocarse en el mapa del quehacer danzario nacional con la celebración de la cuarta edición del Concurso de Coreografía e Interpretación Fernando Alonso in Memoriam, certamen que, como indica su nombre, rinde homenaje a una de las figuras cardinales en la historia de la danza cubana y en la consolidación de la Escuela Cubana de Ballet.
El evento, surgido en 2019 por iniciativa de la maître Regina Balaguer, directora del Ballet de Camagüey, junto al maestro y Premio Nacional de Danza 2023, José Antonio Chávez Guetton, y el Consejo Provincial de las Artes Escénicas en la provincia; se ha consolidado como un espacio necesario dentro del panorama coreográfico del país. Más allá de la competencia en sí misma, el concurso funciona como una plataforma para estimular la creación joven y promover el encuentro entre estudiantes, maestros y profesionales de la danza.
La cuarta edición se desarrolló, sin embargo, en un escenario marcado por múltiples carencias. Las actuales circunstancias que atraviesa el país imposibilitaron la presencia de participantes de otras provincias, y obligaron a reorganizar las dinámicas del evento. En esta ocasión, las presentaciones se trasladaron a la sede del Ballet de Camagüey, donde los amplios salones de la institución ofrecieron condiciones “relativamente” favorables para la muestra coreográfica.

Aun así, el concurso logró reunir alrededor de veinte coreografías, en su mayoría creadas e interpretadas por estudiantes de diferentes niveles formativos, tanto de la Academia de las Artes Vicentina de la Torre como de la Escuela Vocacional de Arte Luis Casas Romero. Un dato particularmente revelador de esta edición es que muchas de las piezas fueron concebidas por los propios alumnos, quienes asumieron no solo el reto interpretativo, sino también el desafío de la creación coreográfica.
En medio de las dificultades, mantener el certamen fue, ante todo, un gesto de reconocimiento. Reconocimiento al esfuerzo de los participantes, en su mayoría niños y adolescentes, que entendieron el escenario como espacio de aprendizaje y expresión; pero también al acompañamiento de padres y maestros, cuyo apoyo continúa siendo decisivo para sostener la formación artística en contextos adversos. Precisamente la constancia por mantener el desarrollo del evento surgió a partir de la motivación de los estudiantes, entonces suspender no era una opción, ni siquiera las lluvias ni las complejas condiciones logísticas lograron disminuir el entusiasmo de quienes, día tras día, acudieron puntualmente a los ensayos.
En un momento en que el sistema de enseñanza artística en Cuba se ve atravesado por múltiples tensiones derivadas de la situación económica del país, espacios como este adquieren una importancia particular. La escena se convierte entonces en un laboratorio donde los estudiantes pueden poner en práctica lo aprendido en los salones de clase, pero también en un ejercicio de entrenamiento profesional y personal que los acerca a las dinámicas reales del hecho escénico.
No obstante, el propio concurso en esta ocasión, dejó al descubierto algunas de las carencias que hoy atraviesan la formación danzaria. Las deficiencias técnicas observadas en varias de las presentaciones evidencian la necesidad de reforzar los procesos pedagógicos, tanto en lo que respecta al dominio del lenguaje clásico como a la preparación integral del intérprete. La enseñanza de la danza no puede limitarse únicamente al rigor de la barra ni al perfeccionamiento de la técnica; debe abrirse también a la exploración, la proyección escénica y la libertad del movimiento.
La clase, en este sentido, debe trascender el espacio estrictamente técnico para incorporar herramientas que permitan al bailarín comprender su presencia en escena; la musicalidad, la cadencia del gesto, la construcción de una intención dramática. Son elementos que, aunque a veces relegados por la urgencia del entrenamiento físico, resultan esenciales para la formación de un artista completo.

Resulta alentador observar la iniciativa creativa de los jóvenes que, desde edades tempranas, se aventuran a concebir sus propias coreografías. Ese impulso debe celebrarse y estimularse. Pero también es responsabilidad de las academias acompañar ese proceso con una guía pedagógica rigurosa que contribuya a pulir las inquietudes creativas y a fortalecer la preparación técnica. La labor formativa no se reduce al momento de impartir una clase, implica también conocer al bailarín, comprender sus potencialidades y evitar limitarlo en términos de estilo, movimiento o expresión.
En este sentido, el Concurso de Coreografía e Interpretación Fernando Alonso in Memoriam termina funcionando como un espejo revelador, si bien por un lado, confirma la vitalidad de una nueva generación que insiste en crear, bailar y ocupar el escenario incluso en circunstancias adversas; por otro, expone los desafíos que enfrenta hoy la enseñanza artística en el país.
Persistir, entonces, se vuelve un acto de resistencia cultural. Quizás ahí radique el mayor mérito de esta cuarta edición, haber demostrado que, aun en medio de las dificultades, la danza continúa encontrando caminos para sostenerse, renovarse y seguir formando a quienes mañana asumirán la responsabilidad de mantener viva la tradición de la escena cubana.
Fotos © José Antonio Cortiñas Friman





