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Temporada Verdi en el neoyorquino MET

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Por Frank Padrón (Especial para Cubaescena)

Los amantes que en todo el mundo tiene el bellcantismo están de plácemes por estos días y seguirán el próximo año, y si generalizo es porque literalmente los melómanos de muchos países -no solo quienes viven en la Gran Manzana sino quienes vacacionan o vienen por trabajo- podrán aplaudir en el Metropolitan Opera House, dos nuevas versiones de sendas óperas muy gustadas de Giuseppe Verdi (1813-1901), como se sabe uno de los grandes del romanticismo, puente entre el bel canto de Rossini, Donizetti y Bellini, y la corriente del verismo (sobre todo Puccini).

La Traviatta y Rigoletto andan de temporada en la Gran Manzana, lo cual equivale a llenos absolutos durante todas las funciones, aun cuando la mayoría de las entradas no son baratas. El libreto que Piave concibió sobre la novela de Dumas hijo, La dama de las camelias, con música del gran músico italiano, continúa humedeciendo lagrimales, y nos hace olvidar el trasfondo patriarcal, el regusto melodramático y la heroína victimizada para entregarnos, sin prejuicios, a las incomparables arias y dúos dentro de ese melodismo que no tienen rival.

La versión que se presenta en el MET cuenta con la dirección artística de Sarah Ina Meyers y la musical de Daniele Callegari. La puesta, siendo totalmente honesto, resulta bastante convencional, y muestra una escenografía (Christine Jones) que privilegia los colores chillones y agresivos. Se abusa, por ejemplo, de la cama como elemento escénico prácticamente omnipresente, cuando otros espacios resultan no menos decisivos en el relato.

Sin embargo, sigue el trabajo vocal, y en general de la música (Callegari saca desde su conducción verdadero brillo a cuerdas y vientos) encantando al bordar esa partitura exquisita, ante todo de la soprano Nadine Sierra, una de las grandes voces líricas del momento a nivel internacional. Su Violeta clasifica ya entre las míticas interpretaciones de la atormentada y frágil dama que se crece cada vez que canta. Los colegas Patrick Miller (Giuseppe) y Luca Salci (Germont) no exhiben a lo largo de los tres actos, una trayectoria regular aun contando con momentos brillantes.

El otro Verdi es harina de diferente costal. Un Rigoletto ambientado en los europeos años 20, dentro de una estética art decó y ganador del premio Tony, que incluye al director Bartlett Sher, al escenógrafo Michael Yeargan, a la diseñadora de vestuario Catherine Zuber y al diseñador de iluminación Donald Holder.

Ellos nos entregan una posmoderna versión, con un áurea absolutamente cinematográfica, gracias sobre todo a la escenografía giratoria que recibe no pocas acciones paralelas y exhibe gran creatividad esencialmente en el tratamiento del espacio y la ambientación, al insertar la decimonónica novela de Víctor Hugo que le sirvió de referente (Le Roi s’Amuse) en el mundo hamponesco y marginal de los inicios del siglo XX.

A la excelencia y reciedumbre que muestra la batuta de Speranza Scapucci, frente a una orquesta de primeros músicos, se suman los centrados y brillantes desempeños de Quinn Kelsey (Rigoletto), Rosa Feola (Gilda), Benjamin Berheim (Duque de Mantua) y Scott Scully (Borsa, esta vez sí en absoluto despliegue expresivo y vocal), junto al resto de un elenco que llena los requerimientos tanto musicales como histriónicos de sus roles.

Verdi, en fin, «canta cada vez mejor» en su nueva confrontación con el exigente público de Manhattan y otros lugares que vienen a aplaudir los clásicos siempre de moda.