Teatro Del Viento, Contra Toda Posible Soledad

Por Erian Peña Pupo / Foto Buby

Freddys Núñez Estenoz insiste en no repetir fórmulas. Teatro del viento, colectivo camagüeyano que este año celebra su 20 aniversario, articula sus propuestas precisamente sobre esto: explorar, no agotarse conceptualmente, indagar…

Toda experiencia teatral es un descubrimiento, un hallazgo a partir de una búsqueda. O varios hallazgos, búsquedas… Tanto para el espectador como para el dramaturgo, el director, los actores… el hecho teatral se convierte así en una epifanía de sentidos, en una tabla de salvación a la deriva, en el medio del océano; una tabla cosida al horizonte.

Desde Camagüey se han convertido en una de las compañías más interesantes y sólidas del país, capaces de realizar temporadas de tres meses con las capacidades agotadas. No importan los vendavales que suelen agitar la creación teatral fuera de los circuitos capitalinos, Teatro del viento ha sabido mantener su colectivo fundador, el “piquete” con que se lanzaron al ruedo en agosto de 1999, pero se renueva con jóvenes egresados de varias escuelas del país que encuentran en el grupo una academia para hacer buen teatro.

Trabajar, asegura Freddys, ha sido siempre su fórmula para el éxito. Y trabajan tanto que llegan a estrenar cinco obras al año, una completa osadía. Todas ellas explorando conceptualmente diferentes zonas; “es una manera de hacer crecer a los actores”, añade.

Acercarnos a tres de sus obras actuales –Hombre en el horizonte, No tengo saldo y Otoño–, presentadas en Holguín, nos demuestran la amplitud del diapasón de Teatro del viento. Además, la calidad de los textos, el nivel de orfebrería, el meritorio trabajo actoral, la capacidad y necesidad movilizadora y concientizadora del teatro hoy en día…

Hombre (cosido) en el horizonte

Todo eso lo reafirma Hombre en el horizonte, su más reciente estreno. Freddys estrenó la obra en el Teatro Eddy Suñol de Holguín, pero nos advierte que, además de estreno mundial, es un work in progress. O sea, que es una obra en proceso que puede –y lo irá haciendo– sufrir variaciones, cambios en pos de un crecimiento lógico. En dependencia de estas primeras puestas, Hombre en el horizonte irá limando sus detalles, perfeccionando el trabajo actoral, la puesta en escena, aprehendiendo en el acto.

Aun así la obra respira bocanadas de aire fresco ¿de mar? Tiende a robustecerse en el camino, en cuanto exploración constante de la psicología humana. Esa fuerza parte de la propia escritura dramática y la puesta en escena: Freddys nos ha dicho que le interesa buscar, desde la teatralidad, dentro de las causas y problemas sociales. A ellos se acerca, bisturí en mano, para representarlos en escena, como se representa a un país.

Creo que lo que sobrevuela –como los pájaros en la bahía– Hombre en el horizonte es la soledad. El miedo constante a quedarse solo, sin oportunidades, esperanzas, sueños. El miedo a que no haya otras oportunidades, a quedarnos como varados en la nada.

La escenografía es precisa, pero portentosamente visualizadora: un recuadro de arena que viene siendo un fragmento de playa; un pequeño muelle de tablas de madera; el mar, frente a los espectadores y también detrás, proyectado sobre una pantalla… En este espacio se desarrollan las tres historias que vienen a estar moldeadas por la soledad.

La primera de ellas: el encuentro de un pescador que prepara su carnada con una joven de ¿19 años? llamada Roberto-Marta-Carlos que quiere morir. Esta le pide que la lleve en el bote a la bahía para suicidarse poéticamente, como Alfonsina Storni, arrojándose al mar. “Una marimacho que quería una muerte poética”, diría después el pescador.

La segunda: dos jóvenes que se encuentran en el mismo pedazo de playa y que han venido a pescar en la costa. A pescar sin instrumentos, en el sentido marcadamente sexual que el término “pescar” pudiera tener hoy día. “Solo veo un hombre que viene a pescar”, le dice uno a otro. Y ahí, en una tirantez que, desde el principio muestra una marcada tensión sexual, terminan partiendo juntos detrás de las uvas caletas de la costa.

La tercera: una señora ¿poetisa? se explayará en un interesante monólogo rozando la locura y el desvarío, mientras espera la llegada de la Pinta, la Niña y la Santa María, capitaneadas por el mismísimo Cristóbal Colón. Además del miedo a la soledad, casi palpamos el tiempo perdido, la frustración, la necesidad de perseguir los sueños, las vidas truncadas por las situaciones políticas; somos como un papagayo, que repite consignas, nos dice. La llegada de ¿su hija? incrementa ese desvarío en una especia de juego de roles valido, consensuado, pero que termina roto, rozando varias veces los lindes del absurdo. Ella es una mujer que espera una tabla de salvación, una opción que la libere.

Estas tres historias ocurren en un mismo lugar: el coto de playa, cerca de la bahía. Incluso los personajes más de una vez tienen cierta relación entre ellos. Aunque un elemento unifica la puesta: el anciano pescando sobre una goma en la bahía, con 500 metros debajo de sí, medio kilómetro. Pescando obstinadamente, pero sin llevar nada a casa, nos dice uno de los jóvenes de la segunda historia, su nieto; o llevando cuando más pomos vacíos que recoge en la orilla, para alimentar a su familia, como antaño lo hizo. El mismo viejo que la muchacha de la primera historia ve lejos, sin llevarla en su goma, y que es amigo del pescador. El viejo ¿existe o no existe? que la mujer de la última parte, en uno de sus poemas, lo describió como “cosido al horizonte”. El mismo que siempre ha estado allí, presente como personaje, pero no en escena. Esa quizá sea una de las metáforas más hermosas –por lo dura, por lo utópica– de esta obra de Freddys Núñez: la silueta de un pescador, anciano, persistiendo en medio de una había contaminada, aun con esperanzas de alimentar a los suyos, casi siempre sin lograrlo, pero sirviendo al mismo tiempo ¿lo sabrá acaso? como símbolo de anhelo, de utopía… Saberse allí, completamente solo en el medio del mar profundo, cosido al horizonte, siendo útil.

Los personajes de Freddys –bien es un recurso poético suyo, y por demás permisible en la obra– parecen seres marginales (la otredad) a primera vista: un pescador; una joven lesbiana con un lenguaje un poco grosero, que refuerza más esta marginalidad; dos jóvenes de cualquier ciudad costera, buscando el placer de la carne pescada en la costa… Pero estos personajes –y ahí lo ambiguo en primer momento– poseen una fuerte carga cultural que los aleja al mismo tiempo de esa marginalidad pensada al inicio: escriben poemas, buscan muertes líricas, usan un suéters con la imagen de una representación de ¿Buda?, ven películas tan poco perseguidas por el espectador joven como Hombre mirando al sudeste, el clásico de 1986 del argentino Eliseo Subiela, conocen a Alfonsina Storni y su trágica muerte… entre otras intertextualidades que remiten más al dramaturgo que a la propia concepción de los personajes, pero como vimos, en el teatro, terreno de amplias posibilidades, estas licencias son más que bienvenidas. Y, claro, no podemos subestimar a ningún personaje de esta obra ni de otra.

Estos seres desasidos son reflejo de una época, de una sociedad. Hombre en el horizonte nos insiste en ello y nos da varias posibilidades para creerlo. Estreno en sí, es un work in progress –así lo definió el director al presentarla–, por lo que, vimos, muchos elementos pueden cambiar: en lo personal me desorientó un poco la concepción del espacio, pero no todo –agradecible, dinámico–, sino el mar: muchas veces los personajes lo mismo rozaban el agua con sus manos que caminaban sobre esa zona; la interpretación, sobre todo la dicción, de algunos actores, aunque el director nos ha dicho que solo llevan 9 días de preparación y las subsiguientes puestas limarán esto; algunos detalles que pueden pasar desapercibidos por el público, pero que refuerzan la veracidad de los diálogos y la historia: Alfonsina, por ejemplo, no se suicidó adentrándose en el mar lentamente como dicen las versiones románticas de la historia –como sí lo hizo, pero en un río y con los bolsillos llenos de piedra, la inglesa Virginia Wolf–, sino arrojándose de la escollera del Club Argentino de Mujeres, en Mar del Plata. Aunque, versión romántica harto explayada, se justifica en el diálogo de la primera historia. Los personajes no tienen que decirnos la verdad, sino su concepción de la verdad. Eso es teatralmente lo que importa en una puesta como esta de Teatro del viento.

Por lo demás, Hombre en el horizonte es una obra sugestiva, arriesgada, desde el texto, la concepción y puesta en escena, que se regodea en una elementalidad plástica, atractivamente visual, y que, aún más por eso, explora –como ha venido haciéndolo Freddys y Teatro del viento desde hace 20 años, aniversario que celebran en este 2019– los vericuetos humanos, tratando de reflejar y también exorcizar toda soledad posible.

No tengo saldo, ¿y tú?

No tengo saldo se emparenta temáticamente con Hombre en el horizonte por una razón: ambas, aunque No tengo saldo mucho más, exploran desde la teatralidad el país: Cuba y sus habitantes, la desesperación, el miedo, la soledad, la crisis de las utopías… Parece sencillo, pues el teatro, dice Freddys, tiene un compromiso social con su época. Nos mira de frente y nos invita a reconocernos en sus personajes, en los contextos.

No tengo saldo es una obra que llama a la Patria, la busca, la necesita, le exige.

No es el saldo del teléfono celular el que le preocupa a Freddys, sino el del alma. Ese que es más difícil de renovar. El texto (pequeños monólogos contundentes, historias de vida que dan cuerpo a la obra), las actuaciones (destacables, solidas) y la escenografía (elemental pero cuidada al detalle, obsesiva) dan una fuerza poco común a la obra.

Vuelve a escenario temas que preocupan a Freddys y muchos de los dramaturgos de su generación y de otras más jóvenes: Cuba, siempre el país, la Patria, escudada por la emigración, los cambios sociopolíticos que ha atravesado la isla en las últimas décadas, la necesidad de creer a toda costa, de realizar los sueños, la propia dialéctica social y de la vida, esa que obliga a decir a un personaje: “Nada es eterno. No funciona”, en una suerte de símil con un viejo radio VEF soviético que acompañó los sueños y anhelos de sus padres, pero que para él, hoy, ahora mismo, es un radio viejo que dejó de funcionar (a propósito, este me parece el personaje menos convincente o más que el personaje en sí, la actuación, pues no sabemos si estamos frente a un joven campesino, esa debe ser la idea, pues una guayabera y el viejo VEF la refuerza, o frente a un cowboy, por la entonación, del norte de México y algunos regiones de Estados Unidos).

Cada una de estas historias sostiene el concepto de la obra y nos hacen salir de allí –Freddys lo sabe, está consciente de ello– preguntándonos muchas cosas gracias al teatro. Para eso sirve también, para estrujarnos un poco el alma, aunque suene cursi la frase.

La isla de Virgilio Piñera, que la llevó sobre su espalda, que se supo isla enraizada; la exposición en Nueva York El Che vive; la bebida energizante con su rostro, ese que ha liderado luchas, sueños y utopías, por solo 5.25 euros, en un establecimiento alemán, son excusas, artísticamente logradas, para reflejarnos el país y el mundo en que vivimos.

No tengo saldo –es difícil olvidar la fuerza de varios de los textos que la integran, esa red de pulóveres con corazones, rotos, muchos partidos, que conforman parte de la escenografía– insiste en la soledad, que parece, como hemos visto, preocuparle mucho a Freddys Núñez Estenoz. Incluso uno de los personajes manifiesta estar tan solo como una palma real plantada en la sabana; la soledad a punto de pedir un SMS salvador de la isla.

Todos esperamos ese SMS salvador. No importa el silencio después de contar hasta 10. Tampoco a nosotros, como a ti Freddys Núñez Estenoz, nos gusta el teatro bonito. Si no este otro, el visceral. No tengo saldo y Teatro del viento nos lo reafirman una vez más.

¿Has visto caer las hojas en otoño?

Otoño pasa frente a nosotros como si estuviéramos viendo una película. Una muy bien lograda película. Es tanto el grado de perfección meticulosa, quisquillosa –Freddys parece un director obsesivo con cada detalle, con cada elemento de toda la puesta en escena– que Otoño termina abriéndonos muchas otras posibilidades cognoscitivas. Decir que nos ata –faltos de teatro de este tipo en nuestras salas– por una hora y 20 minutos a las sillas del escenario (estamos sobre él, es teatro de arena como las demás puestas) es reducir su acción solo al tiempo de representación. Otoño se nos queda martillando en la cabeza por lo lírica, por lo terriblemente absurda, triste, delirante, sola –vuelve la soledad–, llena de casualidades salvadoras, esperanzadoras, que suele ser la vida.

“Una estación, un puente. Es otoño en Otta Kring, un barrio de Viena, la capital de Austria, y las hojas de los arboles comienzan a caer sobre el pavimento. Sentado en un banco, fuera de la estación del metro, hay un hombre que observa atentamente y dibuja los rostros de aquellos que aún no han notado su presencia. Unos fuman en silencio, otros hablan en idiomas incomprensibles, otros caminan de prisa hacia lugares desconocidos. El hombre del banco, desde la distancia, les inventa pensamientos, palabras, destinos”, leemos en el programa de mano de esta obra que se presentó recientemente en el Festival Internacional de Teatro de La Habana. Pero Otoño es más: es un cruce de vidas y posibilidades –uno de tantos– que puede ocurrir en un banco de una estación del metro, mientras esperamos el viaje o no esperamos nada.

Otoño es un homenaje consiente a la ópera –los actores incluso llegan a interpretar fragmentos de conocidas arias operísticas–, al mundo de ensoñación y posibilidades del arte. Todos son personajes solos, con una existencia monótona, trivial, que por una vuelta del destino acaban torciendo para bien sus vidas, incluso siendo mejores personas, luego de “encontrarse” en el banco de una estación del metro vienés. Viene a ser un anciano –la locura como cuerdo ente de lo posible, de la posibilidad de soñar– quien los guía por estos caminos: un emigrante húngaro, que mientras rebusca en la basura para sobrevivir, sueña con ser cantante de ópera y cada noche en la temporada de otoño, escucha por una de las puertas laterales de la Ópera Estatal de Viena, la Wiener Staatsoper, la música que dentro interpretan los cantantes que él tanto anhela. Además, encontramos una pareja de jóvenes que se conocen allí y comienzan una hilarante relación sentimental, llena de fuerzas mutuas, tiranteces, regodeos, juventud… Y por otro lado, una inestable diva que interpretará (aunque nunca llega a hacerlo) el papel de Violetta Valery en La Traviata, la famosa ópera de Giuseppe Verdi y Franceso Maria Piave, y su ayudante, una joven que ha venido de las afueras solo para ello, estar junto a la diva. Historias que se cruzan, se conectan, ramificándose, y que terminan haciéndonos creer que –como en un cuento de hadas– la felicidad es posible, aunque no por ello la vida está exenta de dolor, de turbación, de la temida soledad.

Teatro del viento y sus actores –me permito citarlos según el programa: Marian Royan, Yaisa Hevia, Vladimir del Risco, José Fornet, Josvani González, Nora Rodríguez, Lhara Cruz, Lia Guerrero y Sissi Delgado–, dirigidos por Freddys Núñez Estenoz, nos han dado una lección de buen teatro. De las posibilidades del buen hacer sobre la escena: texto, actuación, escenografía, vestuario, luces… No conozco el otoño “real”, apenas su falsa imitación tropical da para escribir la palabra otoño. Aquí –lo sabemos desde hace mucho– vivimos en un eterno verano. Menos ese otoño que pronostica el invierno y deja caer parsimoniosamente sus hojas. Pero Otoño, de Teatro del viento, nos trae una brisa, un sonido de hojas crujientes y doradas, a la puerta de la magnífica Ópera de Viena.

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