Los “Solo segundos” de Norge Cedeño

Los “Solo segundos” de Norge Cedeño

Por Roberto Medina / Fotos Buby

El coreógrafo Norge Cedeño, con su título más reciente Solo segundos, como en otras ocasiones, ha buscado el logro de un espectáculo atrayente y provocador, alejado de toda facilidad conceptual a partir de la seriedad y rigor con que aborda la práctica de la danza contemporánea como ejercicio artístico intelectual.

De entrada, la manera de articular el discurso visual en esta pieza establece una clara separación entre el área de luz proyectada, dirigida de manera concentrada hacia los bailarines, vestidos de oscuro, para signar la condición tormentosa que atraviesan sus vidas, mientras resto del escenario permanece en una profunda sombra. Los cuatro músicos permanecen invisibles bajo esa área de sombra, a lo más se trasluce su presencia por un muy atenuado reflejo de luz sobre alguna pequeña superficie de los instrumentos, no sobre ellos porque se encuentran simbólicamente en lo profundo del pensamiento, interviniendo diegéticamente solo con su música.

La luz se encarga de crear atmósferas, unida al humo, las sombras y la densa oscuridad en derredor. La proyección de las sombras y las luces sobre los protagonistas al moverse en los bordes del haz de luz hace recordar la expresión lumínica de los cuadros tenebristas pintados por el italiano Caravaggio sin que por eso haya sido motivo de su atención creativa.

La música, al ser interpretada por el piano adquiere una vibrante sonoridad, acorde al dramatismo escenificado. Los movimientos corporales se potencian siguiendo la música. El acople entre la ejecución y el baile es muy ajustada en el ritmo. Uno podría preguntarse si la música tocada en vivo conduce a los bailarines o el efecto es el contrario, el ser la música la arrastrada por las ejecuciones de la pareja.

En un pasaje, la música se hace desconsoladora cuando el amor ha dado muestra de resquebrajarse, de perder la osadía anterior en la entrega apasionada que les brindó tantas satisfacciones anteriores. En otro momento, la música se hace estallante de acuerdo a la situación dramática que acompaña o es un lamento musical al tornarse dolorosa.

El relato se despliega como una evocación de recuerdos intensos de una relación de pareja.  Por unos instantes bajo una música de corte romántico los bailarines-amantes muestran una suavidad de movimientos. Si ella separa algo su cuerpo de él, este le demanda el acercamiento, en un juego de deslizamientos resbaladizos de los cuerpos, refugiados en la plenitud de un sentimiento de felicidad.

Las imágenes recuperadas por el recuerdo regresan a su mente, acompañadas de la emoción tenida en sus encuentros apasionados, fuera de signos de cansancio, en el disfrute del delicioso contacto piel a piel, en una satisfactoria entrega sin límites hasta el agotamiento físico, sin dejar margen a algo de contención entre ellos, al no cejar el empeño afiebrado del contacto. Pero como si detrás de esa alegría sobreviniesen con el tiempo las sombras de la duda, el protagonista (interpretado por Cedeño) se desboca en su temperamento.

Al hacer presente otro bailarín se introduce el conflicto. No hay un trío amoroso, no es eso. Es más bien un doble del protagonista, la personificación de su alter ego, la proyección de un antagonista imaginario, no exactamente real, sino imaginado por él mismo, sobre el cual vuelca sus celos por arrebatarle la mujer amada.

El protagonista se aparta algo de la luz y de la pareja formada por ella y el sustituto. Los observa bailando estrechamente unidos, reclamándose sus cuerpos mutuamente con gestos de ternura. Mientras, ahora devenido un hombre receloso, ejecuta movimientos en soledad, de espaldas a aquellos dos que permanecen unidos. Se agita colérico, intentando apartar la imagen de los supuestos amantes complacidos. Las ejecuciones danzarias refuerzan el acto de dominio desbordado, al moverse a rastras el protagonista como si fuese un animal acechante que observa a la bailarina con el otro ejecutante. Ejerce un dominio malicioso sobre el cuerpo de aquellos dos a distancia, al hacerlos mover según él les indica visualmente con sus manos en un intento mágico-artístico por controlarlos, por someterlos.

Es rabia dirigida contra sí mismo porque es más bien él mismo viéndose actuar de modo desdoblado en un casi espejo en la imagen-recuerdo que ha quedado atrás, de cuando todo era apasionada complacencia mutua en la pareja.

Los dos bailarines se enfrentan como animales en celo por la misma hembra, por ver quién se queda con ella porque no ha sabido dar a la relación una afirmación sostenida y se le escapa esa oportunidad. ¿Con quién lucha el protagonista, con un contrincante amoroso o consigo mismo proyectado como un alter ego? Los dos replican sus movimientos, identificándose ambos personajes. Es casi el mismo ser. Puede significar que el protagonista pelea celoso contra sí mismo al hacerlo contra su alter ego. Descarga en la imagen su propio fracaso. Ella sufre el desafío, y cae al piso como si hubiese sido herida a consecuencia de esa colisión.

Los dos bailarines están casi por apoderarse de ella. Es un combate entre los dos y ella es el trofeo a conquistar. No importa tanto si ella se afecta emocionalmente. Pero, ¿qué interesa el cuerpo, si no va acompañada del alma y del sentimiento complacido de ella? La situación se hace insalvable.  La ruptura se anuncia.

Los tres bailarines en verdad permanecen existiendo en soledad en medio de la noche, en la oscuridad envolvente desde donde se evocan los recuerdos, como un modelo imaginado-recreado para interactuar con él, objeto de descarga de la ira y recriminaciones. El protagonista se muestra solitario, perdido. Con sus manos hacia adelante pretenderá asir finalmente de manera infructuosa esa imagen ya solo existente en el recuerdo. La quiebra definitiva de lo ya imposible de recuperar sume en la congoja y el dolor intenso al protagonista, interpretado en un pathos contenido porque se mantiene interno. Es no querer confesar realmente su culpabilidad por lo ocurrido.

Las palabras en el programa, tomadas del conocido escritor y director de cine chileno radicado en Europa, Alejandro Jodorowsky, dejan ver cómo el arte mediante las imágenes puede hacer de lo pasado un presente e ir hacia atrás para intentar desentrañar las causas de los conflictos vividos, resumidos temporalmente. Este es el caso del método artístico adoptado por Norge Cedeño para la creación de su coreografía más reciente. Jodorowsky fundamenta su metodología en la premisa de origen sicoanalista de que el inconsciente reconstruye los hechos –convertidos en actos simbólicos– como si fuesen hechos reales, de manera que podría modificar el comportamiento del inconsciente y contribuir a la superación de traumas psicológicos.

Cedeño por su parte se encarga de hacer permanecer la angustia. Lo vivido no puede ser modificado. El peso de las consecuencias seguirá gravitando durante un tiempo, largo incluso, volviendo a pensarse, lacerando angustiosamente. El arte sirve para exponer y razonar pero no cambia el pasado. Esa puede ser la máxima que subyace en lo profundo de Solo segundos, se llena de una mordacidad porque es algo convulso que vuelve al pensamiento, modifica el comportamiento del cuerpo y no desaparece fácilmente.

 

 

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