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La difícil libertad de la elección

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Por Esther Suárez Durán

David Desola Mediavilla (Barcelona 1971), escritor, dramaturgo y guionista de cine y televisión. Nominado para el Premio Goya en la categoría de Mejor Guion Original, Premio Ariel por la Academia Mexicana al mejor guion adaptado, entre sus películas se cuentan Almacenados (2015), El practicante (2020) y, la más famosa y controvertida de todas, El hoyo (en coautoría con Pedro Rivero,2019), dirigida por Galder Gaztelu-Urrutia, que llegó a ser la producción de habla no inglesa más vista en la plataforma Netflix.

Con tales antecedentes Desola se presenta en tercera temporada sobre los escenarios cubanos con una de sus obras teatrales, un texto que, finalmente, el autor decidió titular No se puede elegir ser un héroe, y lo recibimos gracias a las gestiones realizadas por el actor y director Alfredo Reyes, director general de Teatro Espacio, quien se ha encargado también de la puesta en escena incluyendo diseño de luces, escenografía y banda sonora.

Le acompañaron Saday Rodríguez en el diseño y realización de vestuario y Susel Benavides y Lázaro Hernández en la asistencia de dirección, mientras los cinco personajes que participan de la trama son interpretados por Raysman Leyet (Ramón), Tania Rojas (Cristina), Orlando Hernández (Ernesto), Elizabeth Nande (Luz) y la joven Anelore Barros (Mirtha).

Lo más interesante de la historia que tiene lugar esta vez sobre las tablas del Café Brecht no es el tema de la heroicidad, de la calidad precisa de lo heroico sino el examen de las conductas humanas, el movimiento de los intereses y las relaciones entre las personas, en este caso al interior de una familia de cuatro hermanos a los que se suma —para la ocasión–una nueva hija del padre ya fallecido cuando años antes de la tragedia fundó otro hogar.

El hecho que los reúne y que moviliza la partitura de sentimientos y comportamientos que discurre ante nosotros es la oferta financiera que les ha hecho la multinacional Coca Cola a cambio de la autorización para emplear en sus voraces campañas publicitarias las imágenes que recogen el salvamento de una menor, logrado por el padre de estos hijos, a cambio de su propia vida, al lanzarse al mar desde un acantilado cercano.

Durante noventa minutos Ramón, Cristina, Luz, Ernesto y Mirtha revelan parte de sus identidades, las características de sus relaciones con el padre ausente y los vínculos que han tenido y tienen entre sí. Y, lo de mayor interés y resonancia, nos muestran en vivo y directo el modo en que sus intereses guían sus decisiones de ahora mismo acerca de aceptar o no la oferta financiera, lo cual se consigue a partir de un eficaz juego urdido por el dramaturgo donde alguno de los hermanos, usando como comodín a otro, ha pensado poder ocultar sus verdaderas intenciones y, por tanto, su real identidad moral.

Es este para mí el mejor segmento de la pieza, el que la emparenta con las preocupaciones éticas frecuentes en el resto de la producción ficcional de su autor.

Resulta una obra coral, con igual reparto de carga para los cinco personajes que la desarrollan y sus actores y actrices. Raysman Leyet, Tania Rojas, Orlando Hernández, Elizabeth Nande y Anelore Barros desempeñan sus faenas con éxito y con sentido de colectivo.

Cada función es única y por lo tanto uno solo puede opinar acerca de aquella que le tocó en suerte presenciar.

A diferencia del cine, el teatro cuenta con esa maravilla de ser arte que se realiza en vivo y donde, por tanto, los intérpretes pueden respirar el mismo aire que sus espectadores; quiere esto decir que es un encuentro que se ajusta en cada representación a las condiciones de cada sala y, sobre todo, a las características de los públicos. Tal vez por eso poco importa si tenemos un teatro repleto de almas o si, por el contrario, esa noche han venido a compartir el rato una decena de compatriotas. Seguramente, por esa circunstancia visceral de este arte pudo Grotowski concebir un Teatro Laboratorio de las 13 filas buscando un trascender más allá, mientras otros colegas antes o después han definido una exigua cantidad de espectadores para que el intercambio con la escena alcance los objetivos específicos que ellos se han propuesto.

Digo todo esto para, con total humildad, explicar a los colegas de Teatro Espacio que me hubiera gustado que la función que compartí o pretendí compartir nos hubiera tomado más en cuenta. Éramos unos cuantos, nos hallábamos en un espacio reducido —de breve altura incluso– y la obra con la que ustedes (y nosotros) nos estábamos teniendo que ver, tras una extensa exposición, nos da una tremenda vuelta de tuerca. Ese giro de tuerca tiene que ver con algo tan sensible como una votación para decidir algo. Tal vez valdría la pena aminorar ahí la velocidad de la marcha porque, de repente, todo ha cambiado. Las máscaras caen y necesitamos hacer un reajuste de perspectiva para valorar ahora, nuevamente, a cada quien y comprender la nueva situación.

Han seleccionado una obra valiosa que cuenta con el equipo técnico artístico adecuado, con el equipo creador que responde a sus exigencias. Es lo que se dice “una obra de actores”, una propuesta que se sostiene básicamente sobre la labor actoral, la cual ha de ser pulcra y minuciosa. En tal sentido, aún la pueden disfrutar más. Queda territorio humano por explorar.

En cuanto al resto de los componentes que arman el espectáculo… Conozco la escasez de recursos que nos afecta al punto de convertir cada empresa que intentamos en una heroicidad, pero la imaginación es algo inagotable y la puesta en escena, si responde a determinado estilo, tiene la posibilidad de animar el concurso de todos nuestros sentidos. Estos hermanos se hallan en la casa de la infancia y la adolescencia de la mayoría de ellos.  Es un sitio cercano al mar. El mar. Sus sonidos, la brisa o el viento. Sus olores. La inmensidad y la libertad. Y la necesidad siempre presente en nuestras vidas de tomar alguna decisión.