Hierro: El Teatro En Su Función Cívica

Por Esther Suárez Durán / Fotos Sonia Almaguer

Nosotros somos el freno del despotismo futuro y el único contrario eficaz y duradero del despotismo presente. Lo que a otros se concede, nosotros somos los que lo conseguimos. Nosotros somos escuela, látigo, realidad, vigía, consuelo. Nosotros unimos lo que otros dividen. Nosotros no morimos. ¡Nosotros somos las reservas de la patria!
Discurso del 10 de octubre de 1888

Es esta apenas la impresión de una vez. Lo primero en Hierro es la vertiginosidad del ritmo interno de la puesta, semeja una escritura nerviosa, febril, en ello colabora la intensidad del piano –especie de cortina auditiva  entre escenas– y los ágiles cambios del espacio, que nos sitúan en lugar y tiempo, realizados por los propios actores con precisión suma, tal cual es el estilo de Argos Teatro para este tipo de mise en scène.

El espectáculo está estructurado en estampas que aluden a diversos sucesos o asuntos en el lapso de 1885 a 1892, pero que se guardan de seguir un orden cronológico para acentuar la participación activa del espectador en la lectura. El encuentro entre José Martí y el hombre enviado a asesinarlo, fabulado para esta ocasión (volveré sobre ello),  funciona como especie de pivote del entramado escénico: su desarrollo se ha fragmentado en el tiempo, haciendo visible uno de tantos préstamos entre las artes performáticas. Este proceder brinda a la estructura una cierta circularidad o, mejor aún, un sentido de espiral, puesto que ante  nuestros ojos todo lo demás progresa encabezado por el curso de la relación entre Martí y Carmen Zayas Bazán, ya su esposa y madre del hijo de ambos, representado aquí en sus dos visitas a los Estados Unidos.

Imaginar, ficcionar lo sucedido en aquella habitación entre ambos hombres es, sin dudas, un hallazgo; un privilegio que queda a las artes. Del encuentro –que transcurrió a solas y sobre el que Martí solicitó a los cercanos el más absoluto silencio–, aunque referido luego por diversas voces, solo se conoce el resultado: la emoción que a la salida de la entrevista  no puede ocultar el que antes vino como mercenario y que se volverá convicción, al punto de conducirlo al campo de batalla en las fuerzas del mambisado y hacerlo merecedor de significativos grados militares.

El acercamiento a su dimensión personal e íntima es inteligente y sensible, incluye las preguntas o los pensamientos que acaso se nos insinúan en el fragor del diario vivir acerca de la calidad de los lazos que se tejieron entre él y parte de sus colaboradores entrañables en la emigración, aquellos que se convirtieron en su otra familia. En ello resulta aquí medular la calidez  y riqueza de matices que caracterizan la interpretación de Rachel Pastor como Carmen Miyares, también la tensión y densidad que alcanza la escena entre esta y su esposo Manuel Mantilla donde José Luis Hidalgo, con breves frases, ha de conjugar sentimientos diversos.

El tema reaparece en las últimas conversaciones con Carmen Zayas, quien, incluso, compara las atenciones de su esposo hacia Carmita, la hija de Los Mantilla, con las que prodiga a Pepito.

La última escena con la esposa juega con la realidad y la oniria. Es este el instante donde se habla de la autorización –una acción, por supuesto, inconsulta– que Carmen le ha solicitado al Cónsul de España en los Estados Unidos –y que este ha concedido de buen grado– para poder regresar a Cuba. Las argumentaciones que esta Carmen ofrece a su marido son  de una solidez absoluta, nos conmueven y nos permiten entrever su tragedia, la paradoja tantas veces presente en ciertas vidas ilustres, la profundidad del drama de esta pareja. El diálogo alcanza gran altura. Esta Carmen define todo, también para nosotros, los de este tiempo, cuando dice “ese país que te has inventado”.

Otros tantos temas que se tratan mantienen hoy su vigencia: la estampa de Febrero de 1892, a propósito de la acusación del Brigadier Enrique Collazo, es una defensa del diálogo verdadero: “Aprender a escuchar”, enfatiza Martí. Más adelante, en su pequeño despacho del cuarto piso de Front Street 120, en Manhattan, un lugar bien conocido por los hispanoamericanos de Nueva York,  mientras recibe con todo esmero –como se cuenta que era habitual en él– a un patriota recién llegado de Tampa y le muestra desde allí la ciudad de New York y pondera como una verdadera maravilla al joven puente de Brooklyn, vuelve a tratarse el asunto de los militares contra los civiles y Martí alerta contra el caudillismo y la intolerancia, la estrechez de miras; es preciso ser cívico, plural y digno, y para terminar, sentencia: “Política virtuosa, la única útil y durable”.

José Luis Hidalgo tiene a su cargo dos personajes: Manuel Mantilla y el Patriota que viene desde Tampa, ambos son desarrollados con esa eficiencia que le caracteriza. Waldo Franco repite aquí en el papel de galeno, pero salva la dificultad y crea un nuevo personaje que, además, armoniza con el entorno de esta nueva puesta. El joven Abel López hace Manuelito, que se presenta en la obra en dos etapas de su vida, lo defiende bien en cada una de ellas. Maridelmis Marín asume el reto de presentarnos a Carmen Zayas Bazán, una mujer a la cual la historiografía ortodoxa ha tratado poco y, salvo excepciones, este tratamiento ha carecido de profundidad. Por otra parte, no está la Zayas Bazán cerca de las cuerdas más frecuentes en la carrera de la actriz. Pienso que aún Maridelmis no ha culminado su proceso con esta Carmen; no obstante, ya su trabajo es meritorio y es una fortuna, para ambas y también para nosotros, que sus caminos se hayan cruzado.

Sobre cualquier caracterización de José Martí resultará siempre muy difícil hablar. Es cierto, cada uno de nosotros tiene su versión personal. Pienso que Carlos Celdrán y Caleb Casas han trabajado con suma sabiduría en la construcción de esta visión que tiene la virtud de rehuir cualquier estereotipo, atiende una variedad de matices, transpira sinceridad y calidez, a la par que mantiene algo que es medular, su misterio.

Falta añadir la cercanía de la magna elaboración del personaje de Revuelta (Misterios y pequeñas piezas) y esa personal manera de decir de la cual Caleb Casas no siempre logra desprenderse al trabajar sus personajes.

Al Aurelio-Valentín que me tocó en suerte en la función que vi (Víctor Garcés, según el programa de mano) le faltan matices, pero he de decir que las escenas iniciales de esa función –entre las que aparecen la primera con Carmen Zayas y el comienzo del encuentro entre el asesino y el héroe– aparecían precipitadas, absolutamente tensas, posiblemente en la exigencia del director de marcar desde el inicio un ritmo trepidante. Creo en la validez de fragmentar el referido encuentro, ya lo he dicho, pero no me abandonó esa tarde la sensación de que algo aún no estaba logrado al respecto. La impresión es que  las escenas de la entrevista pierden fuerza y que el actor tiene a mano muy escasos tonos, para traducir de alguna forma el efecto que causó en mí.

Hierro no detenta solamente el valor de presentarnos al cubano ilustre –que de sutil y amorosa manera es presencia entrañable en cada una de nuestras familias– en visiones inéditas sobre la escena, aquellas propias de la vida íntima donde nos es dado apreciar mejor al semejante; también nos muestra el envés de la hoja de la gran batalla, puesto que es la emigración cubana su gran telón de fondo: los compatriotas en medio de los cuales se coció la empresa bélica, quienes la auxiliaron y la respaldaron hasta donde alcanzó el humano aliento y que tan importante papel jugaron en la noción, en el principio civilista de la gesta.

Agradezco a Carlos Celdrán la idea y la obra. Agradezco, una vez más, a Argos Teatro; en esta ocasión, por manifestar de manera tan vívida esa esencial función cívica del Teatro.

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