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Hacer memoria

Hace 30 años, en medio de una condición crítica, se produjo en Cuba un teatro de excepción. Varios espectáculos de aquel 1993, a la postre ganadores del Premio Villanueva de la Uneac, ejemplifican la diversidad de poéticas y búsquedas en una tensa relación con el espacio social.
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Por Omar Valiño

Ya me referí, en una entrega anterior, a las tres décadas de Manteca, del binomio Alberto Pedro-Miriam Lezcano. Pero también las cumple el montaje de Medida por medida, de Vicente Revuelta, gracias a su otra vuelta shakespeariana después de La duodécima noche, en los años 80. El espectáculo terminaba cayendo la tarde, a la luz de muchas antorchas que podían contrarrestar el eventual apagón que inundaba el patio de la Casona de Línea, justo en el lugar donde luego se levantaría la sala Llauradó. El maestro ponía en juego, literalmente, un diálogo intergeneracional de recio calibre y gran sentido de la justicia, como algún tiempo antes había postulado Eugenio Hernández Espinosa a través de El león y la joya, de Wole Soyinka.

Otra mirada a la familia llegó con La paloma negra, de Rafael González-Carlos Pérez Peña, desde Teatro Escambray, que este 6 de noviembre arriba a su aniversario 55. La pieza centra su interés en el proceso de formación de una generación: la más joven que habitaba entonces la Isla. En consecuencia, allí están reflejadas las angustias, las pérdidas y los desencuentros de muchos jóvenes que tropezaron con los dogmas, con las arbitrariedades y los errores, con las rupturas familiares y las intolerancias sociales, con la simulación y las miserias humanas. La paloma negra, antes que una «denuncia», es la búsqueda en el espectador de un ejercicio crítico frente a su realidad: el conflicto no era operante ya entre los «rezagos del pasado» y el presente, sino entre las distintas contradicciones, percepciones y perspectivas del ser humano ante su propia actualidad. Otra notificación de un cambio dentro del canon del teatro, las artes y la cultura cubanas.

Y no es hasta la puesta en escena de La niñita querida que Virgilio irrumpe con todo su espíritu en la escena cubana. Carlos Díaz, en pleno proceso de formación de Teatro El Público, firmaba una puesta al día total de sus obsesiones por el libre ejercicio de la sexualidad, el derecho a la diferencia y el individuo frente a cualquier poder. Por ello mismo sometía a un cubanísimo choteo la importación de la solemnidad soviética. El espectáculo, gracias a una esencial cubanía, mediante la sensualidad, el espíritu lúdicro, la parodia y una visualidad desbordante, actualizaba un difícil Virgilio que acudía, cual vuelta de tuerca, al conflicto familiar como paradigma para observar la sociedad.

Cada puesta en escena, como síntesis del laboreo integrador del teatro, aportaba un ángulo del conjunto. A la altura del primer trienio de los años 90, teniendo como resumen ese 1993, el conjunto de estos excepcionales montajes comentaba el alma de la nación desde las refracciones de sus imágenes. Vale la pena hacer memoria.

 

Fuente: Periódico Granma digital