Por Roberto Pérez León
Cuando de la crítica se trate es preciso acudir a la sustancial relación que Martí establece esta y el criterio. La idea que sobre el criterio tenía nuestro Apóstol es una de las más poderosas y recurrentes en su pensamiento.
En mis ejercicios de crítica de las artes escénicas entre todas las fuentes a las que he recurrido para definir la crítica no he encontrado otra definición más certera y profunda como la que da Martí.
La coherencia argumentativa que emana de la reflexión martiana: «la crítica es el ejercicio del criterio«, nos permite hacer una distinción entre el ejercicio del criterio como expresión subjetiva y el criterio fundamentado como resultante del conocimiento.
Para Martí el criterio era un acto de conocimiento no una opinión, tampoco era la expresión del gusto personal. El criterio se fundamenta no a partir de la información.
El criterio se asienta en el conocimiento como saber estructurado y contextualizado, el que está sustentado no por la subjetividad sino por el razonamiento que puede ser refutado y que además debe estar inmerso en la correspondiente densidad histórica. Ahí sus bases epistemológicas.
No es del vacío donde el criterio se forma sino en una comunidad interpretativa. Es la intersubjetividad y no en la dicotomía objetivo/subjetivo (Bordieu, Adorno) donde el criterio se forja.
El criterio se fragua en el conocimiento profundo de la realidad que se juzga. No es el criterio algo que baja por inspiración: El criterio nace luego de la asimilación del conocimiento del fenómeno observado para lograr coherencia argumentativa que junto a la honestidad intelectual permiten que crítica no se degrade a impresión subjetiva.
No puede el criterio juzgar lo que no conoce. Se trata de un proceso que va de la información al conocimiento. La información es el dato, la anécdota, el qué. En cambio, el conocimiento es el dato en contexto, en un sistema de relaciones significantes de una puesta en escena (las luces, las actuaciones, las enunciaciones verbales y corporales, etc.). Desde aquí emerge el juicio sobre una obra luego de haber penetrado su lógica interna y su exterioridad.
La crítica sobre una puesta en escena no es un reflejo de la obra, sino un conocimiento que parte del conocimiento primero que es precisamente la práctica de la puesta en escena misma.
Criterio sin conocimiento es un ejercicio vacuo al no estar sustentado en el estudio riguroso del lenguaje escénico. Y es que el crítico no es un juez que sentencia. El crítico es un testigo cualificado que a través de un razonamiento fundado hace presente el efímero acontecimiento escénico para que se conozca, se discuta y perdure.
«La crítica es el ejercicio del criterio» es una frase que como convicción Martí desarrolló en varios momentos de su obra donde siempre destaca que el criterio no es una mera opinión personal o un capricho subjetivo.
Donde creo haber encontrado la definición más completa al respecto es en el texto conocido como «Echegaray» también se le cita como «Apuntes para el discurso sobre Echegaray» (OC. Tomo 15), se trata de un borrador conservado de forma fragmentaria del célebre discurso que pronunció el 21 de junio de 1879 en el Liceo Artístico y Literario de Guanabacoa.
Pero unos años antes Martí ya había esbozado la idea en un artículo titulado Crítico novel, publicado el 29 de junio de 1875 en la Revista Universal de México. Esta es probablemente la fuente de la versión más lapidaria y citada de la frase: «La crítica es el ejercicio del criterio: destruye los ídolos falsos, pero conserva en todo su fulgor a los dioses verdaderos«.
La fuerza de esta idea en el pensamiento martiano es reiterada a lo largo de su vida, a menudo en un tono más personal. Por ejemplo, en un artículo de 1887, confesaría:
«Para mí la crítica no ha sido nunca más que el mero ejercicio del criterio«.
En Nuestra América, tenemos un pleno desarrollo del criterio como facultad que se constituye a partir del conocimiento profundo de lo que se juzga. La americanidad martiana está dada en la atenta observación y asimilación creadora del ecosistema americano y su «sobrenaturaleza» fecundante como totalidad y forma alcanzada, como posibilidad, como ensoñación, como fiebre porvenirista, como Lezama prefería hablar de lo cubano y por extensión de lo americano.
El juicio como develamiento debe germinar e irrumpir desde la lógica interna de lo observado.
En el caso de la crítica en artes escénicas tenemos la especificidad de la no permanencia del objeto observado pues este resulta efímero y performativo, tratándose entonces de un acontecimiento. Esto conlleva al riesgoso proceso de transformar una experiencia inevitablemente subjetiva a un razonamiento objetivo en su método.
Sin embargo, el juicio luego de ser riguroso en su fundamentación, debe ser accesible al espectador no especializado una vez que sea fiel a la experiencia sensible del crítico. Y para alcanzar estos propósitos el fundamento epistemológico no precisa ser cientificista: objetividad, verificabilidad.
El magister dixit no deja de ser una forma de imposición autoritaria. El propio Martí advirtió que la formación del criterio es independiente y no está sometida a una autoridad por el mero hecho simplemente de serlo.
Foto: detalle de la escultura dedica a Hierro, obra de Carlos Celdrán. Foto archivo Cubaescena





