Danza Teatro Retazos, Lorca Y Sus Muchas Lunas

Por José Omar Arteaga Echevarría / Fotos Buby Bode

Hoy arrastran tus ondas turbias de pensamiento la ceniza sonora y el dolor del antaño. Los ecos de los gritos que por siempre se fueron.

Federico García Lorca (“Elegía del silencio”)

Vuelve Lorca, es visitado una vez más y pareciera que tiene infinitas maneras de reaparecer. En esta ocasión llega a través de la poética de Isabel Bustos, entrega que se materializó sobre la escena del Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso a cargo de Danza Teatro Retazos, compañía que dirige la maestra desde hace 33 años.

Las lunas de Lorca tuvo su estreno en 1998. Esta es una de las obras cimeras en el quehacer de la prolífica coreógrafa chilena- ecuatoriana. Su apuesta por esta creación está inspirada en las piezas teatrales Bodas de sangre (1933), Yerma (1934) y La casa de Bernarda Alba (1936), trilogía que consolida ese palpable universo lorquiano donde se conjugan el amor, el deseo, la represión y la muerte. También se apoya en el Romancero gitano (1928), donde se aprecia el romance en sus formas lírico, dramático y novelesco, siendo este una mixtura de lo culto y lo popular, también en el resto de la obra poética del autor español.

La luna vino a la fragua

con su polisón de nardos.

El niño la mira, mira.

El niño la está mirando.[1]

Uno de los símbolos más frecuentes en Lorca es la luna, su equivalente más usual es la muerte, aunque puede simbolizar erotismo, esterilidad o belleza. Por estos códigos transita la propuesta de la Bustos que se inscribe en lo postulados de la danza teatro. Sus bailarines encarnan los personajes, mujeres y hombres que parecieran llevar el albur del pesimismo. Fragmentos, historias que comienzan in media res y se tejen mediante el gesto como principal conector.

Esta reposición contó con la participación del destacado compositor y guitarrista Josué Tarraconte, quien intervino en la escena como gitano salido del verso ecléctico del escritor español, siendo este un valioso agrego a la pieza. El resto de la banda sonora estuvo integrada por cantos andaluces, catalanes y toques flamencos, así como sonidos onomatopéyicos (campanadas, el viento, el agua) y otros que ayudaron considerablemente al sentido dramático y a las intenciones de la coreografía.

El diseño de luces, a cargo del sueco Stefan Bolliger, fue concebido para esta obra de tal manera que enfatizara cada uno de los personajes y creara ambientes específicos, aspecto que se logró en buena medida, aunque faltó luz en el escenario. Se debió tener en cuenta la amplitud de la sala y la distancia del público, pues la oscuridad del aforo, el vestuario y la escenografía totalmente negros, sumándole la escasa iluminación, hicieron imperceptible algunos momentos importantes de la pieza.

El trabajo coreográfico estuvo marcado por esos símbolos lorquianos de los cuales la creadora se apropió para construir su obra. La gestualidad evoca el espíritu rebelde del gitano, la tensión de la mujer oprimida que es obligada a bordar, la pugna entre hombres que termina en muerte, el ademán eminentemente español, casi cliché, de la significación del toro, el palmeo, el uso de abanicos, esta vez trastocados en su sentido original, dándole ese toque sobrio y melancólico que se hace habitual en la estética de la compañía. Isabel demuestra una vez más su inventiva al revitalizar esta obra que no envejece, se mantiene atractiva, llena de vericuetos y guiños coreográficos, indicando una significativa intertextualidad en la partitura danzaria.

La atmósfera teatral se mantiene durante toda la puesta, este es uno de sus valores principales, los bailarines-actores trazan en sus movimientos la angustia, el dolor y la tensión. Destacable esta actuación del elenco predominantemente joven, en contraste con figuras más experimentadas de la compañía, sobre todo la fuerza de los roles femeninos, defendidos dignamente, constituyendo el hilo conductor de la acción dramática. La penumbra aporta ese dramatismo, recrea el universo onírico.

Lorca, tamizado por la estética de la danza teatro es siempre una manera de reencontrar pasiones, obsesiones y tragedias presentes en la obra de quien fuera el poeta más importante, me atrevo a decir, de la generación del 27, así como el más influyente en las letras hispanas del pasado siglo.  Es un verdadero tributo a la literatura esta pieza danzaria, pues desvela personajes lorquianos con ese halo teatral que caracteriza el quehacer de Isabel Bustos. Próximamente se cumplen 122 años del natalicio del poeta de Granada, ese escritor universal que dejó una amplia estela de prosa y poesía que ha sido resignificada desde muchas aristas, en este caso, desde el gestus danzario.

[1] Fragmento de “Romance de la luna”, luna. Romancero gitano. Federico García Lorca

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