Por Roberto Pérez León
A finales de los 90 el término posdramático, acuñado por Lehmann, tomaba posición entre muchos creadores escénicos que encontraron en él un saco conceptual para justificar y teorizar las tendencias existentes que defendían la ruptura de lo dramático tradicional. (Hans-Thies Lehmann Postdramatisches Theater, publicada en 1999 en Alemania. La traducción al español, Teatro posdramático, apareció en 2013).
Dejemos claro que Lehmann no inventó las prácticas posdramáticas, solo acuñó el término que como herramienta teórica permitía adentrarse en las nuevas formas escénicas que desde los finales de los 60 asomaban, consolidadas en los 80 y 90 cuando el drama tradicional entra en crisis (texto literario, trama, personajes psicológicos, representación mimética).
En los 2000 yo me zambullía en el mundo de la semiología. Pero Ramiro Guerra, que compartía parte de mis aventuras teóricas, desde lejos me inoculó el bichito de lo posdramático en la danza. Nuestras discusiones eran por correo electrónico –qué horror no haber preservados los correos, desoyendo a mi amigo Angel Tovar que siempre me decía que guardara toda aquella “correspondencia-conversación ramiresca”. Recuerdo que en una ocasión las broncas “intelectualoides”, como el maestro las calificaba, me pasó un correo fulminante y lapidario: “no comas más de la que pica el pollo que Martha (siempre se refería a la Graham solo con el nombre) es el fantasma que está en el origen del posdrama”. Fue un round fuerte y al final quedé totalmente noqueado.
Sí, querido Ramiro, Martha Graham es el símbolo del que la danza contemporánea se emancipa.
Y ahora caben las preguntas, a un siglo de las fundaciones de Martha Graham: ¿Son los principios grahamianos sustratos en la era posdramática de la danza? ¿Perdura la técnica Graham por sus aportes formales o estructurales?
En los sustratos de la danza contemporánea late la técnica Graham por sus proporciones epistemológicas, y no precisamente por sus aspectos formales o estructurales.
El aporte epistemológico parte precisamente al conformar un sistema de movimiento basado en la expresión de conflictos emocionales y psíquicos a través de un vocabulario corporal orgánico y dramático. La episteme como marco de conocimiento y visión del mundo donde el cuerpo es visto instrumento de verdad emocional y arquetípica, con enfoque expresivo-psicológico de espesa manifestación dramática.
Negar a Martha Graham es un desvarío. Rebelarse contra ella ha sido una suerte de oficio posdramático que en sus esencias renuncia a los elementos centrales del drama, negando de manera directa el universo grahamiano.
No es errático reconocer que en lo “posdramático contemporáneo” la dramaturgia grahamiana, lineal y arquetípica, está epistémicamente en su médula (utilizo el término salvando la redundancia, solo es para distinguir las prácticas actuales de los orígenes históricos del fenómeno en los años 70-90).
La práctica posdramática deconstruye, pone en crisis, se rebela ante la episteme grahamiana trascendiéndola. La linealidad narrativa, la psicología como motor, la verdad interior, la representación de arquetipos universales son rechazados. Aparece la fragmentación, la multiplicidad, la polisemia, la simultaneidad fundamentos que definen epistemológicamente al posdrama como negación de la dramaturgia de la Graham.
Ahora bien, para que sea efectivamente creadora esa negación precisa de una introversión en la poiesis grahamiana, sus proporciones, sus hallazgos que pueden convertirse en procedimientos.
Ciertamente la técnica Graham es un estilo. La concepción dramatúrgica del movimiento implica esa técnica configurada no solo sobre el cuerpo, también para la expresión y sin duda la narrativa.
Sobre el cuerpo desde lo corporal no como espectáculo. Cada caída, cada contracción o espiral no son ornamentos del movimiento. Son expresiones dramáticas y psíquicas, manifestaciones físicas de un conflicto interno. La danza se asume la danza desde una perspectiva subjetiva.
No se cuenta una historia en el sentido narrativo tradicional. Se encarna. Tenemos en Pina Bausch el paradigma de la externalización de impulsos internos, de lo relacional, lo social donde radica una verdad colectiva activada por emociones individuales transfiguradas en gestos cotidianos (caminar, mirar, lavarse las manos, esperar, etc.).
La danza posdramática contemporánea se despoja del contar: Supera lo individual, lo interior para asumir lo relacional, lo social. No es suficiente encarnar una emoción hay que activarla para que tenga significación en lo cotidiano colectivo.
La técnica Graham desplaza la linealidad argumental hacia digamos “la verdad emocional y psíquica del cuerpo”. La historia se hace manifiesta en dinámicas externas, distorsiones, gestos arquetípicos. Es en el cuerpo del intérprete donde radica la historia. Lo que importa del mito de Medea no es contarlo sino convertirlo en herramienta para explorar estados humanos universales: el odio, el deseo, la culpa, la rabia.
La técnica no es para exhibir virtuosismo sino para problematizar y patentizar la condición y el drama humano, visibilizarlo a partir de la calidad y claridad de la forma. Esto es clave para valorar el por qué y para qué se mueve el bailarín. La calidad de movimiento no está en el simple espectáculo. La técnica como medio y no como fin define esa calidad.
La técnica Graham no es un catálogo de pasos. Al encarnar la reflexión y la emoción se generan, a través de la danza, significados que parten del cuerpo. El movimiento como acto cargado de sentido en sí mismo y no como desplazamiento en el espacio. El movimiento como lenguaje, expresión, como agente que interviene en el mundo comunicando, expresando y construyendo realidad. Desde esta perspectiva la coreografía constituye una construcción de sentidos.
La técnica Graham tiene su centro en trabajar la conciencia y anclarla en el cuerpo físico para alcanzar un movimiento con fuerza teatral que tenga su génisis en el centro físico y emocional. Este principio podemos verlo asimilado y dialogante en la danza contemporánea.
La danza como paisaje interior del ser humano es la divisa que revolucionó el núcleo filosófico de la danza moderna a partir del credo grahamiano: el movimiento efectivo aparece cuando el bailarín puede hacer visible el movimiento interior que le produce la conmoción de un conflicto, de una emoción.
“El cuerpo nunca miente”. Aunque no es una frase que podamos encontrar literalmente en el legado teórico de Graham es considerada el principio rector de toda su obra. El bailarín hace tangible una emoción al encarnarla a través del movimiento que nace de adentro y que a la vez es riguroso como la resultante de una técnica para expresarlo.
Siendo así, la técnica de Graham es un cimiento y como tal supervive en los avatares de lo contemporáneo. Pero ¿podrá existir una técnica Graham digital? ¿Cómo dialoga la técnica Graham con las tecnologías digitales, el cuerpo mediado y la IA de la danza posdramática?
Foto de portada: Pixabay





