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Aquelarre comenzó con humor negro

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Por Frank Padrón

La vida es vieja, una pieza de Miguel Moreno Rodríguez (La Llave, del recordado programa Deja que yo te cuente, Cubavisión) descorrió las cortinas del Aquelarre, el siempre esperado encuentro del humorismo en la isla.

Ya estrenado en otros escenarios hace unos meses, la puesta dirigida por Osvaldo Doimeadiós alzó la parada de lo que se desea para esta nueva «quema de brujas»: no meros scketchs o sucesión de gags más o menos hilvanados, sino verdaderas obras teatrales que impliquen la complejidad y elaboración escénicas que también el humor demanda.

Doimeadiós, además de comediante, experimentado actor y director incluso de piezas dramáticas, ha logrado erigir, sobre el Ingenioso texto de Moreno, una puesta que puede hombrearse con cualquiera de la más pura raigambre teatral.

Si el humor en general es algo muy serio, como se ha dicho empleando sus propias armas -en este caso la paradoja- el apedillado como «negro» lo es mucho más: jugar con algo incluso sagrado y respetado como la muerte es titánica labor que no todos logran con éxito, sin desbordar los límites tan delgados entre la gravedad del contenido y la irreverencia y comicidad del tono.

El escritor lo consigue en términos generales desde su perspectiva sanamente lúdica, la sutileza en el empleo del doble sentido, la crítica velada o abierta a aspectos de la realidad y una amplia paleta de recursos que confieren a lo fúnebre esa connotación natural y hasta risueña que presupone la modalidad genérica.

En tres cuadros, los dos primeros remedan las «moralidades» griegas despegando el tropo conocido como prosopopeya o personificación: algunos de los pecados capitales o ciertos «parientes» (Hipocresía, Intriga, Belleza) asisten al velorio de Mentira. Aquí los contrastes lexicales y polisémicos devienen momentos de jugosa hilaridad y complicidad por parte del público.

En el siguiente, son dos de las virtudes teologales (Fe y Esperanza) quienes dialogan por teléfono y aluden frecuentemente a la tercera (Caridad) en intercambio de roles y nuevos rejuegos semánticos también notablemente desarrollados a nivel de escritura.

El tercer y último cuadro (varias ancianas conversando en un asilo) cambia un tanto el lenguaje tornándose más popular y hasta un poco obsceno, en el mejor sentido (pues las llamadas «malas palabras» o términos procaces están debidamente justificados).

De modo que no es por ello que desciende un tanto el nivel humorístico y literario y sí debido a ciertas reiteraciones o violencias dramatúrgicas que devienen menor cohesión y desigualdad en el ritmo interior de la escritura.

Claro que a nivel de puesta, tanto este segmento como los anteriores denotan rigor y cuidado, mediante soluciones escénicas acertadas, notable uso del espacio y economía de recursos (la presencia de actantes que representan avatares y figuraciones de la muerte, a la vez desdoblados en otros personajes que reciben incluso al público desde el lobby del teatro, es uno de los más logrados), a lo cual se suma un expresivo diseño de luces.

Más que la muerte, La vida es vieja tal anuncia desde su título, enfatiza en la ancianidad femenina, con todo lo que acarrea de vulnerabilidad, incomprensión, fragilidad y en ocasiones hasta desamparo, ante lo cual exige consideración y respeto.

Para ello se ha valido de un competente elenco de jóvenes y mayores quienes asumen diversos personajes con versatilidad y convicción.

A los propios realizadores (La Llave y Doime) se unen Rebeca Rodríguez, Yamira Díaz, Iván Balmaseda, María Karla Fornaris, Andrea Doimeadiós, Geyla Neira, Jorge Ferias, Enmanuel Castillo, Stefany Rodríguez Hernández, Eme Fonseka y Mateo Menéndez Llopiz.

Vida vieja pero siempre renovada, muerte disfrazada de vida hallamos en este encomiable inicio de Aquelarre que ojalá mantenga mediante el buen humor (negro, blanco o multicolor) tales índices de imaginación y creatividad.

Foto de portada: tomada de la página oficial en Facebook de Nave Oficio de Isla. Comunidad Creativa