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Agnieska Hernández: osadía, pasión, creatividad y poesía

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Por Norah Hamze Guilart

Pocas veces encontramos creadores donde se aglutinan tantos talentos para ser desbordados en la escena. Pienso en el eco del silencio por el que han transitado años, y llegado el momento, lo van descargando a través del arte como un despojo forzoso. En el arribo de ese instante pesan la formación adquirida, los eventos personales –superados o no- que han marcado su existencia, y la posibilidad de llevarlos a un espacio público y a la vez íntimo como suele ser el recinto teatral en este caso, con la certeza de que funcione, en tanto sitio de acogida anhelado.

Agnieska, desde sus años de estudio en la carrera de Arte Teatral en el ISA se vislumbraba entre los posibles talentos que cursan el perfil relacionado con la teoría teatral y luego se involucran directamente en la práctica escénica, hasta hacer de ella y de la escritura, el ejercicio esencial de sus experiencias profesionales. En aquel tiempo, su personalidad poblada de interrogantes, inquietudes, contradicciones y polémicas resultaba para algunos poco tolerable. Sin embargo, se imponía su inteligencia, espíritu inquieto, abarcador, la mirada intensa y esa fragilidad parapetaba involuntariamente detrás de un tic nervioso, que han ido alimentando el mundo interior convulso en la forja de su carácter y proyección como creadora.

Desde hace varios años, Agnieska con su Franja Teatral ha logrado notable protagonismo en escena. Ha capturado a un público mayoritariamente joven y recibido lauros nacionales y foráneos muy merecidos, porque su teatro vivo, activo, dinámico, profundo y hermosamente narrado es conflictivo, doloroso, descarnado, lacerante, contemporáneo, muy cercano a las inquietudes de los más jóvenes y de tantos seres pensantes que han crecido en un ámbito complejo, contradictorio y tan lleno de contrastes que por momentos resultan irreconciliables.

En su más reciente estreno Ana, la gente está mirando la sangre, ha podido captar las esencias de la obra plástica diversa de la célebre artista de origen cubano Ana Mendieta, criada en New York, cuya conmovedora y sublime creación performática, marcada por el desarraigo de su tierra natal, la sangre como una amenaza permanente y un grito existencial desgarrador, provocan en su visualidad, esa sensación de amenaza de muerte en la que desembocaría su existencia. Con esos mismos códigos nos llega el funeral tan hermoso que dolorosamente propone Agnieska en su relato, donde convoca a mirar con ojos inequívocos y dar sepultara a ese monstruoso enemigo de vidas vulnerables en que se ha convertido la emigración.

Su mirada sobre fenómenos sociales a escala universal atraviesa en una sola pieza conflictos que truncan el saludable desarrollo de la vida humana. Su sensibilidad para captar las fibras más hondas, estimulan la sacudida que mantiene en vilo al espectador durante todo el espectáculo. Sí, porque sus puestas en escena son tan intimistas como espectaculares, donde maneja claves del humor, la sátira y el espectáculo que equilibran la crudeza del relato junto al atractivo visual y sonoro que sostiene la trama. Ella sabe elegir esos momentos en que necesita en primer plano la palabra autoral bien escuchada, expulsada con sólo el énfasis necesario que concede la emoción ante un conflicto social muy agudo. En su poética experimental ha aprehendido una manera personal de conjugar poesía con acción dramática, sin importarle la sobrecargada de licencias poéticas en ocasiones, que el espectador puede comprender o no en su significación total, pero que indiscutiblemente engulle y digiere a gran velocidad como la autora y directora se ha propuesto en su discurso.

Esas claves que identifican su creación, manejadas con un fin específico es muy respetable, más allá de que pudieran existir por momentos otras variables del lenguaje escénico enriquecedoras  del resultado total, en una puesta en escena defendida a capa y espada por un elenco mayoritariamente joven en la vida y en el teatro, cuya entrega apasionada y veraz se corresponde con la de la dramaturga y directora, así como el ímpetu y dinámica de este tiempo, en que la vida parece que se escapa de la posibilidad de atraparla.

En la penetrante introspección conceptual entre arte, vida, emigración, desarraigo, violencia, amores… que rivalizan constantemente en Ana, la gente está mirando la sangre, se nos devela la vida y obra singular de la artista, con la sangre siempre presente, anclada a formas hermosas y deformaciones para desenterrar las huellas de las zonas más controvertidas del ser que se desbordan en un vértigo incontenible. La analogía funciona en esta propuesta teatral, cargada de simbolismo, donde no puede eludirse el estallido, el grito desgarrador, la denuncia abierta, la angustia existencial, la invocación y apego a alegorías nacionales con las que cargan como amuletos quienes se desprenden del terruño, y que acompañan y sostienen a los que quedan anclados en soledad.

Quienes hemos seguido la creación de Agnieska Hernández, sabemos que en su Franja Teatral no caben otros discursos. En este caso, la frustración, añoranza y desamparo espiritual de la migración en todos los momentos históricos, ha sido y es un tema tan sensible que no admite indiferencia. Sin importar las razones, nos sacude y duele en lo más íntimo de la conciencia y el alma. La amarga fracturación en el seno familiar, el desconcierto ante la descapitalización del potencial humano joven, e incluso de diferentes grupos etarios que los han formado con un sentido de patria, de pertenencia a una tierra, se laceran de forma incompatible con la aspiración a una vida donde la precariedad no esté pesando a diario sobre el ciudadano común.

Todo eso está bien claro para los intérpretes. Tal vez a algunos les falte el despliegue total que demanda el ejercicio y lo suplen con otras técnicas del lenguaje corporal bien entrenadas, que su directora sabe acomodar en la estructuración del relato; mientras otros, más avezados en el oficio, hacen derroche de sus cualidades histriónicas y competencias profesionales. La historia de Ana Mendieta pudiera ser la de cualquier emigrante, donde se amalgaman la traumática operación Peter Pan tan repudiada, las travesías, naufragios, los trayectos por fronteras; todo un flujo que nos trasciende y globaliza un fenómeno que en la actualidad ha pasado a ser parte de lo cotidiano.

La directora hábilmente se ampara en recursos que favorecen la armonía de la puesta en escena. El protagonismo de la música en vivo con la excelencia de las instrumentistas, toda la sonoridad y las imponentes imágenes de Manhattan, tan aplastantes como hermosas y bien manejadas en concilio con la fábula, además del virtuosismo en el empaque total, hacen de Ana, la gente está mirando la sangre, una propuesta muy agradecida y disfrutable, a pesar de la lacerante narración que la convoca.

No pretendo con este “soliloquio” hacer un desmontaje de la obra de Agnieska desde una postura crítica, eso lo dejaría para otros duchos en el tema. Después de asistir a su estreno, he sentido la urgencia de ponderar su creación, de reflexionar a viva voz de forma personal sobre una dramaturga, poeta y directora escénica a quien debe proporcionarse todas las oportunidades posibles para que siga afinando su ejercicio creador, pues el talento, osadía, creatividad y pasión indiscutibles de Agnieska Hernández con su Franja Teatral, se erige entre lo más trascendente, esperado y aplaudido de la dirección teatral cubana del momento.

Fotos cortesía de La Franja Teatral