Por Frank Padrón
La pareja de Adversarios, pieza del mexicano Antonio Toledo que ahora pone la compañía Nave Oficio de Isla en la sala Abdala, transita constantemente entre el escenario y la vida real en una movida lúdica que sólo reafirma los vasos comunicantes entre teatro y esa realidad que lo nutre.
La pericia del dramaturgo permite que esos nexos sean apenas perceptibles, se (con)fundan y mixturen en la sala donde dos actores (en la puesta, fuera de ella) ensayan un texto de uno de ellos en torno a una pareja, a una ruptura, a una posible continuidad que puede no ser debido al peso de las culpas, los reproches, los resentimientos y un amor que, aunque amaga por permanecer, también puede arruinarse por todo lo que lo amenaza y carcome.

El texto, entonces, es rico en sugerencias, en implicaciones y motivaciones sub y paratextuales que no solo mantienen un rico intercambio histriónico sino escénico, como quiera que el espacio ˗una casa que es posible, futuro escenario y a la vez marco de pasiones y pulsiones que trascienden la ficción y emergen de la vida real-, se torna cuasi personaje al revertirse de una semantización que llena de los más diversos significados el combate verbal y sentimental de los actantes.
Tal interacción y dualidad de significados ha sido muy bien entendida por Pepe García en tanto responsable de la puesta, que logra aprovechar las dimensiones escénicas para orquestar movimientos que dinamizan las acciones y acentúan las tensiones dramáticas de la escritura, apoyado en un diseño sonoro y lumínico (Yanko Marrero) y un concepto de vestuario (Masiel Teresa Borges), los cuales potencian la atmósfera de confrontación, ambigüedad y a la vez juego que propone el relato.

La escenografía (Malberti/Díaz/Borges) consigue que el apartamento refleje elementos importantes de la acción: libros que participan por varias razones en la diégesis, maletas que insinúan partidas y rupturas potenciales, muebles cuya apariencia de estabilidad e inmutabilidad pueden tornarse lo contrario.
Dentro de tal entramado, las actuaciones llevan buena parte del peso dramático y conceptual de la obra como quiera que deben proyectar esa dualidad que la letra presenta de principio a fin entre el » ludus» teatral y las contradicciones y conflictos existenciales que la pareja confronta, entre los desafíos ideoestéticos y ontológicos, eróticos, personales que ambos personajes deben resolver tanto en el plano fictivo como «real».
Es un complejo intercambio de sentimientos y sensaciones que, afortunadamente, tanto Andrea Doimeadiós como Ernesto Pazos, han aprehendido y proyectado con abundancia de recursos y precisión en la frecuencia de transiciones y emociones que sus intercambiables roles demandan.
Adversarios, entonces, nos llega como una pieza de cámara que se eleva a la categoría de sólida propuesta teatral, de esas cuyos reflexiones e interrogantes se lleva consigo el espectador tras los aplausos que arrancan los minutos finales.





