Por Roberto Pérez León
Con una libérrima y habanera adaptación de Carlos Repilado subió al escenario de la Sala El Sótano, Shirley Valentine, famosísima pieza del dramaturgo inglés Willy Russell estrenada en 1989 y que en enseguida trascendió el mundo anglosajón, siendo adaptada y versionada desde Europa, Sudamérica hasta Corea y Japón, Australia y Nueva Zelanda, precisamente por la permanencia de sus valores en culturas diferentes.
Yessie Guridi, con toda la potestad que da el talento de una actriz determinante, ha asumido el célebre personaje de Shirley que en la obra original es una ama de casa, esposa y madre que ha caído en una rutina aplastante. Al sentirse ignorada solo encuentra compañía en la pared de su cocina. Y habla con la pared, su única confidente en el cautiverio doméstico. Habla incesantemente sobre sus sueños juveniles, sus frustraciones. Shirley se debate fuertemente con ella misma en el momento crucial en que una amiga la invita a ir a Grecia y es ahí cuando aparece la posibilidad de emprender una aventura de autodescubrimiento y empoderamiento.
No del todo es así nuestra Mi querida Shirley. Josep María Colle, director que ya habíamos aplaudido mucho por su puesta de Smile, ahora con desenfada fineza ha conducido al icónico personaje de Shirley y lo ha puesto a transitar por tres recurridas modalidades escénicas que cuentan con mucho trasiego teórico en el ámbito de la teatrología: el monólogo, el unipersonal y el monodrama.
Yessie Gurdi se pasea, da saltos, brincos, coge impulso y se despeña para agarrar aire y ascender a cielo abierto. Sus recursos dramáticos son impecables. Su trabajo actoral es nutriente del personaje. No cuenta solo con la palabra, además despliega una escalada de acciones físicas en contrapunto que son la esencia de su teatralidad.

Teatralidad que en esta puesta de Josep María Coll tiene muy bien dosificados los códigos y los mecanismos que distinguen un hecho escénico de la cotidianidad. El aquí y el ahora ficticio de toda puesta en escena queda sostenido tácitamente por el pacto escénico entre el público y la actriz que por su potente performatividad transforma la identidad, el espacio y el tiempo generándose distintos niveles de teatralidad.
Yessie Gurdi sabe gestionar su presencia escénica. Puede andar sin tropiezos por las estructuras que intervienen en las categorías de monólogo, unipersonal y monodrama. Ahora bien, sean las sean las estrategias actorales que exigen la diferencia entre ellas está en las distintas formas de concebir la relación del personaje con el público.
Llevada por la precisa dirección escénica de Josep María Coll, Yessie Gurdi calibra la composición escénica con espontanea audacia, con humor suficiente para intervenir en la naturaleza del texto, enunciar verbal y corporalmente el mundo interior de mujer aburrida, andar en el encierro del espacio escénico y a la vez ampliarlo y hacer que nosotros, el público, entremos a ese espacio y hasta a veces nos expulsa de él.

Esta mujer que interpreta a Shirley, de manera deliberada y directa, sin remiendos, lo mismo derriba que levanta la cuarta pared. Crea la energética teatralidad que caracteriza la puesta en escena donde convierte a los espectadores en testigos carnales y además interlocutores.
Al redescubrimiento de la identidad del personaje la actriz lo logra abriendo espacios oportunos al público: confidente invisible, confesor cómplice. La tenaz presencia escénica, las miradas, los silencios compartidos con los espectadores potencian la dramaturgia entre la actriz y nosotros.
En la interpelación que nos hace la actriz está la forma que tiene de hacernos cómplices. Al contar con nosotros, al compartir con nosotros su historia nos hacemos jueces, además de confidentes. Así, energéticamente somos un agente activo que decide la tensión de la puesta por la que vale la pena brindar por Shirley Valentine, tal y como finaliza la función.
Fotos tomadas del perfil de Facebook de Harold Naranjo




