Gran Caribe: el cuerpo como territorio de celebración

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La propuesta encuentra en su apertura una de sus primeras claves expresivas. El sonido del mar antecede a la voz de Nicolás Guillén, que declama su poema “Por el mar de las Antillas”

Por Alexis Peña Hernández

El Caribe no es únicamente una referencia geográfica, es también una construcción cultural donde confluyen memorias, ritmos, gestualidades y formas de expresión que encuentran en el cuerpo uno de sus principales vehículos de representación. Desde esa perspectiva se articula El Gran Caribe, espectáculo de la Compañía Folklórica Kokoyé, inspirado en las Fiestas del Caribe y concebido como homenaje al texto El Gran Zoo, del poeta Nicolás Guillén, en el contexto de las celebraciones por el aniversario 38 de la agrupación y como reconocimiento a su fundador, Juan Bautista Castillo Mustelier.

La propuesta encuentra en su apertura una de sus primeras claves expresivas. El sonido del mar antecede a la voz de Nicolás Guillén, que declama su poema “Por el mar de las Antillas”. La evocación sonora establece de inmediato una conexión con el universo caribeño y funciona como antesala de un opening que, apenas transcurrido el primer minuto, coloca sobre la escena el virtuosismo y la fortaleza interpretativa de la compañía.

La presencia de Guillén adquiere así una dimensión que supera la referencia literaria. Su voz introduce una geografía sensible, un imaginario que los bailarines comienzan a traducir mediante el movimiento, la musicalidad y la fuerza de sus interpretaciones. No podría ser de otra manera cuando se convoca la obra de nuestro Poeta Nacional, cuya palabra mantiene una estrecha relación con la identidad cultural cubana y, particularmente, con Camagüey, territorio que lo vio nacer.

Uno de los elementos que distingue la concepción escénica de Gran Caribe es la manera en que establece su relación con el espectador. La representación no queda circunscrita a los límites físicos del escenario, por el contrario, la interacción constante, las entradas y salidas de los bailarines por la platea, las invitaciones a acompañar determinados pasajes musicales y la respuesta del público configuran una dinámica que incide directamente en el desarrollo de la puesta. El espectador deja de ocupar una posición exclusivamente contemplativa para incorporarse, desde diferentes niveles de participación, al acontecimiento escénico.

Esta comunicación encuentra un respaldo fundamental en la energía interpretativa del elenco. Hay una particular intensidad en la manera en que los bailarines asumen los ritmos y resuelven las exigencias del movimiento, una cualidad que remite a esa fuerza expresiva tan característica de la tradición danzaria de la Tierra Caliente (Santiago de Cuba). Sin embargo, el interés de la propuesta no radica solamente en la reproducción de los códigos del folclor; las composiciones coreográficas incorporan recursos y técnicas de la danza que amplían las posibilidades del vocabulario corporal y permiten reconocer una búsqueda estética más allá de la ejecución tradicional.

En ese sentido, la puesta evidencia una voluntad de articular los referentes folclóricos con otros procedimientos del lenguaje danzario. La técnica no aparece desligada de la identidad cultural que sostiene el espectáculo, sino que funciona como recurso para enriquecer su expresión. Es precisamente en esa relación donde puede apreciarse parte de la concepción artística que defiende Kokoyé, una interpretación del folclor que encuentra en el movimiento escénico nuevas posibilidades de comunicación.

La dimensión festiva de Gran Caribe también se construye desde el tratamiento de las relaciones entre los intérpretes. Particular interés despierta el intercambio entre hombres y mujeres, articulado mediante una suerte de competencia pícara en la que ambos grupos ponen a prueba sus habilidades rítmicas y expresivas. La Columbia, tradicionalmente asociada al virtuosismo masculino y al despliegue de pasos de desafío, adquiere aquí otra dimensión. La mujer no permanece como acompañante del juego coreográfico, sino que interviene desde una posición protagónica, responde al reto y demuestra su dominio del ritmo.

Se establece así un contrapunteo escénico donde la destreza, la musicalidad y la personalidad interpretativa encuentran un espacio de confrontación y complicidad. Un juego que, por su dinamismo, consigue despertar la complicidad y la ovación de los espectadores.

Por otra parte, el diseño escenográfico, con la presencia de banderas que remiten a la diversidad de territorios caribeños, contribuye a establecer el marco simbólico de la representación. No obstante, es en la corporeidad de los bailarines donde esa identidad adquiere mayor consistencia. El calor, el sabor y la alegría que propone el espectáculo no dependen exclusivamente de los elementos visuales, sino de la capacidad del elenco para traducirlos en movimiento, gestualidad y presencia escénica.

Mención particular merece el acercamiento a los más pequeños. En esos momentos, la interacción abandona el carácter de recurso para animar la representación y, adquiere una dimensión de intercambio que modifica la relación habitual entre intérprete y espectador. La danza se convierte en una experiencia participativa, capaz de despertar curiosidad y establecer un contacto directo con quienes comienzan a descubrir sus códigos.

La diversidad de ritmos, situaciones y recursos expresivos que confluyen en Gran Caribe configura una sucesión de momentos coreográficos con identidad propia. En ese recorrido, algunos cuadros parecen encontrar mayor autonomía dentro del conjunto, lo que permite apreciar sus particularidades, aunque deja entrever otras posibilidades para profundizar en los nexos dramatúrgicos que articulan la propuesta.

Se trata de un desafío habitual en espectáculos de esta naturaleza, donde la variedad de expresiones y la riqueza de los referentes culturales exigen encontrar un equilibrio entre la singularidad de cada composición y la continuidad del discurso escénico. No obstante, esta característica no compromete la relación que Kokoyé consigue establecer con los espectadores, cuya complicidad se mantiene a lo largo de la representación y constituye uno de los elementos que mejor sostienen la vitalidad de la puesta.

Con Gran Caribe, Kokoyé celebra su trayectoria desde un espectáculo que reconoce en la tradición folclórica un territorio de permanentes posibilidades expresivas.

A 38 años de su fundación, la compañía vuelve sobre las expresiones que alimentan su identidad artística y las coloca en diálogo con el presente de la escena. En esa operación reside uno de los sentidos de la propuesta: comprender el folclor no como una manifestación inmóvil, fijada en la repetición de sus formas, sino como un lenguaje vivo que se transforma, se comparte y encuentra en cada cuerpo una nueva posibilidad de expresión.

Porque el Caribe también se construye desde sus cuerpos, sus sonidos y sus memorias y, en Gran Caribe, Kokoyé encuentra en la danza una manera de convocarlos, hacerlos dialogar y convertirlos en una celebración que, más allá del escenario, busca permanecer en la memoria de quienes la comparten.

Fotos © Leannys Cedeño Blanco