La Corporal Comunión Universal

La Corporal Comunión Universal

Brigada médica cubana en Italia

Por Vladimir Peraza Daumont

Vladimir Ilich Lenin (Rusia, 22 de abril de 1870 – 21 de enero de 1924) afirmó que la verdad es objetiva[1], es decir, la verdad no depende de los criterios de un individuo o de un colectivo, ni de la coincidencia, o no, de estos. Por ejemplo, cuando la epidemia de la covid-19 comenzó en Italia, muchos dijeron que todo se debió a los malos hábitos italianos de no respetar las reglas[2]. Las redes sociales en la Unión Europa (UE) se llenaron de mensajes de ese tipo. Bruselas minimizó el problema y, hoy, el coronavirus está generalizado en toda la UE.

Lenin afirmaba, también, que la verdad es absoluta y a la vez, relativa. Es absoluta porque se valoriza en la práctica, y es relativa porque se va arribando a ella poco a poco, a través de segmentos, aproximaciones cada vez más profundas según sea el conocimiento. Hoy las opiniones varían, ya la solidaridad paneuropea es un eufemismo, sobre todo porque la situación en España, Alemania y Francia se deterioró muy rápido. Entonces, la solidaridad ha llegado a Italia, en las manos de especialistas de China, Rusia y de Cuba. Los médicos cubanos están prestando su ayuda solidaria a un país del primer mundo devastado por la pandemia. La práctica valida, absolutamente, el profesionalismo de nuestros vilipendiados médicos, a pesar de toda la campaña mediática en su contra.

Monumento Memorial Lenin en la Colina Lenin. Municipio Regla. La Habana.

A estas alturas, nombrar al ruso Vladimir Ilich Lenin puede ser casi un sacrilegio, sobre todo cuando podría mencionar a los alemanes Nietzsche o al cínico Sloterdijk; o al líquido Bauman, polaco, además. Pero es que soy fan al marxismo.

Casi siempre encuentro en la filosofía las respuestas a los problemas que más me preocupan. Recuerdo cuanto me sorprendió el modo en que Herbert George Welles derrota a sus marcianos en La Guerra de los Mundos. Unas simples bacterias pudieron más que las sofisticadas armas humanas. Ahora, estamos invadidos por un virus real que tiene capacidad para diezmar la población de la Tierra. La parábola bíblica que situaba el conocimiento como generador posible del mal, se desvanece ante la realidad. Hoy, es la ciencia quien puede salvarnos. No hay serpientes, no hay manzanas, no hay rubor en los rostros de Adán y Eva. Es como si la naturaleza se vengara de tanto ultraje. Generaciones tras generaciones de humanos, explotándola, sometiéndola y ahora ella nos obliga a quedarnos en la casa.

Solo unos días y ya volvieron los peces a los canales de Venecia, los pavos reales muestran sus plumas por calles de California y hasta jabalíes se pasean en Madrid.

Este ser humano prepotente es sometido por un virus y pagamos justos por pecadores. Pero la ciencia nos salvará. Y el arte la acompañará en este anhelo. Porque sin el arte el ser humano sería una máquina. No hay límites para el conocimiento, por eso no es fatua la esperanza. Pero la capacidad de generar arte es justo lo que nos convirtió en la especie que somos. Gracias al arte sobrevivimos todas las glaciaciones y todas las pandemias. Es el arte el que nos libra de la soberbia.

Nuestra soberbia como especie ha llegado a un punto en que ya la verdad no es verdad. Es posverdad. Quiere decir que «las aseveraciones dejan de basarse en hechos objetivos, para apelar a las emociones, creencias o deseos del público»[3]. Hay dos hechos que avalan el concepto. Uno es la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos. El otro es toda la campaña que propició el Brexit en el Reino Unido. Sin embargo, su origen se remonta al año 1992, cuando el dramaturgo serbio-estadounidense Steve Tesich, lo utiliza por primera vez en un artículo publicado en la revista The Nation: “Lamento que nosotros, como pueblo libre, hayamos decidido libremente vivir en un mundo en donde reina la posverdad”.[4]

Alfredo Serrano Mancilla va más lejos, interpreta el texto Science for the Post-normal Age, de Silvio Funtowicz y Jerome Ravetz, publicado en la revista Futures, como el comienzo de una época de incertidumbre y de imprecisiones, que obligaría a trabajar con el enfoque de la ciencia posnormal[5]. A una era posterior a la pandemia de la covid-19, es decir, a un tiempo posterior al “normal” que vivíamos, entonces le corresponde una ciencia posnormal. Si no es un silogismo es bastante parecido, o, mejor dicho, un pos-silogismo. Ya todo puede ser pos.

«Es la ciencia quien nos salvará». Foto: tomada de Internet.

Marilyn Garbey en su excelente artículo El convivio en tiempos de pandemia[6], cita al alemán Markus Gabriel[7]. Este joven filósofo, tiene apenas cuarenta años, es el representante más popular del nuevo realismo alemán. No podemos decir que sea uno de los epígonos de la posverdad, por cuanto él incluye a la posmodernidad y sus derivaciones, dentro del constructivismo filosófico y hasta cierto punto tiene razón.  Lo que ocurre es que, desde posiciones hiperrealistas, sus criterios también pueden considerarse como construcciones metafísicas que “justifican” las fake news que la posverdad genera:

“(…) Cuando pase la pandemia viral necesitaremos una pandemia metafísica, una unión de todos los pueblos bajo el techo común del cielo del que nunca podremos evadirnos (…).” [8]

Desde posiciones distintas muchos filósofos han pretendido describir la realidad del día a día y todos sus males. En otro momento nos dice que el problema es el capitalismo. Es obvio. Pero ¿Qué es una “pandemia metafísica”?  La frase “Una unión de todos los pueblos bajo el techo común del cielo”, me suena parecida a otra[9], mucho más realista y objetiva, con la que Marx culmina el Manifiesto comunista. No se trata de hilvanar frases bonitas o emotivas, se trata de cuestionar sí, pero con el objetivo de encontrar las respuestas, no de construir nuevas posverdades. Se trata de ser coherentes en pensamiento y acción.

En el extremo opuesto están los gurús que ofrecen las soluciones mágicas para resolver todos los problemas de la sociedad. Casualmente, son ellos los que tienen todas las soluciones. Y es que el mundo se nos presenta hoy con una materialidad real, pero, sobre todo, virtual. Esa realidad intangible, reducible a ceros y unos, es el lugar donde la posverdad florece. El estado siempre está equivocado, atrasado. Los dirigentes solo esperan orientaciones de arriba, no saben nada. Son ingenieros, médicos y epidemiólogos, por gusto. Los gurús están convencidos de que, por ejemplo, si el estado no decreta la cuarentena, está mal. Pero si la decreta, también está mal. Y cuando lo hace y está bien, es porque ellos, el pueblo, en las redes sociales lo exigió.

Es la ciencia quien nos salvará, son los médicos los que curarán los enfermos, son los cuadros de dirección los que tienen el conocimiento para afrontar los problemas de su esfera de acción. Yo tengo que confiar en ellos porque les exijo que confíen en mí. En esa confianza cimiento mi aplauso. La democracia no es tener un púlpito desde donde decir todo lo que se me ocurra. Un mundo en el que importa lo que aparentas saber, por encima de lo que realmente conoces, es un mundo vacío, sin sentido. Ahí tendría que darle la razón al joven filósofo alemán. Pero como soy marxista, parto de que el ejercicio de la democracia entraña una enorme responsabilidad. Nuestra voz como ciudadanos del infinitamente cognoscible mundo, tiene que estar respaldada por la verdad que avala el conocimiento.

Escribo este trabajo en la víspera de los ciento cincuenta años del natalicio de Lenin. No pensaba en ese acontecimiento cuando comencé. Pensaba en las reflexiones y comentarios que otros teóricos escribieron sobre la danza en tiempos de pandemia. Desconocía los derroteros que pudiera tomar el trabajo. Pero tenía predeterminado citar a dos colegas. Y es que ellos, entre otros, nos muestran una verdad absoluta refrendada en la práctica artística con muy poco margen a la subjetividad. Uno es Pedro Ángel, porque en su abarcadora crónica nos dice:

“(…) El maestro Alfredo O’Farril, ese gran bailarín y folclorista, ha expuesto temas de profundidad filosófica y humanista en torno a nuestra cultura. Miguel Cabrera, historiador del Ballet, desde su bucólico refugio en Punta Brava, ha estado cronicando su vida y trayéndola a estos momentos. Los jóvenes pensadores cubanos Lázaro Benítez y Kaisa García han hecho clara su presencia en las redes sociales; el primero al reactivar el sitio Giros en la danza cubana. Ambos han convocado al análisis y debate de temas esenciales de la danza desde el propio Giros… o en otras aristas de las redes…” [10]

Otro, el amigo mexicano Javier Contreras Villaseñor, porque en un bello trabajo que dedica “A las y los médicos internacionalistas cubanos”, nos convoca a danzar, “(…) y si ahora es tiempo de responsable reclusión, y quizá de momentánea inmovilidad, que tras la piel y los párpados se sigan moviendo los deseos, las apuestas, las rabias, los mejores delirios, las buenas e irrenunciables causas, que nos siga habitando la bailadora esperanza”[11].

Simplemente otras dimensiones. Coreografía Lourdes Cajigal. Foto: Guibert Rosales.

Es imposible que el mundo sea igual después de la covid-19. Pero habrá un después, porque siempre hay un renacimiento. Y siempre es la ciencia la que posibilita el salto. Y es un salto cultural. Seremos mejores porque nuestros odios quedaron muy débiles ante la lucha y el empuje del amor.

Peno por la danza, tengo que admitirlo. La danza se genera con los cuerpos en comunión. La danza es emanación de las energías de los diversos seres humanos que eclosionan en un salón. Es los sudores, los olores, los dolores. Y eso no puede haberlo en reclusión. Pero la posdanza que sobreviene al mundo poscovid-19, será mejor. Y lo será porque cuando el 29 de abril estemos celebrando desde nuestras casas, el Día Internacional de la Danza, sin quererlo, brotará un gesto, y uniremos ese movimiento brotado en soledad, al de todos los bailarines que, en todos los rincones de la Tierra, se han estado preparando para cuando llegue el día hermoso de la comunión corporal universal.

[1] La cita no es exacta. No obstante, sus juicios acerca de la verdad, desde un punto de vista filosófico marxista, los podemos encontrar en su texto de 1909, Materialismo y empiriocriticismo. Algunos han visto en esta obra un ataque a Aleksandr Bogdánov, al que cataloga como idealista. Esto es cierto, pero más allá de eso, aquí Lenin ubica al marxismo fuera de las corrientes neopositivistas surgidas a partir de la llamada “Crisis de la física”. Fundamenta, materialistamente, la cognoscibilidad posible del mundo, por lo que es un texto indispensable en la epistemología, la gnoseología y la teoría del conocimiento en general.

[2] Ver: https://actualidad.rt.com/actualidad/347612-italia-ve-obligada-buscar-ayuda-rusia-china-cuba-ue-dejar-solo

[3] William Daros. Universidad Adventista del Plata. ¿POSVERDAD? Emoción, verdad y filosofía.   https://www.academia.edu/37641104/Posverdad_Emocion_verdad_y_filosofia

[4] Tesich reflexionaba en ese texto sobre el escándalo Watergate y la guerra del Golfo Pérsico. https://www.thenation.com/article/post-truth-and-its-consequences-what-a-25-year-old-essay-tells-us-about-the-current-moment

[5] Ver: https://actualidad.rt.com/opinion/alfredo-serrano-mancilla/349726-era-imprecision-incertidumbre-coronavirus

[6] http://cubaescena.cult.cu/convivio-tiempos-pandemia

[7] Puede consultarse: Markus Gabriel. Sentido y existencia. Una ontología realista. Herder Editorial. Barcelona. 2017.

[8] Markus Gabriel. El orden mundial previo al virus era letal. El País. 25 de marzo de 2020. https://elpais.com/cultura/2020/03/21/babelia/1584809233_534841.html

[9] Proletarios de todos los países, uníos.

[10] Pedro Ángel. Danza en días de pandemia. Revista La Jiribilla. No. 869. http://www.lajiribilla.cu/noticias/danza-en-dias-de-pandemia

[11] Javier Contreras Villaseñor. Danzar en tiempos de pandemia y esperanza. Revista La Jiribilla. No. 869. http://www.lajiribilla.cu/articulo/danzar-en-tiempos-de-pandemia-y-esperanza

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