Miriam Learra. Una actriz de buen gusto

Por Valia Valdés

Es increíble cuánto desconocemos de personas que admiramos y de las que sabemos tan poco. Buen motivo para enterarnos de que Miriam Learra Roig, a quien conocemos como actriz, es graduada de actuación y dirección del Centro DAMU en Praga en 1966, fue profesora de la Escuela Nacional de Arte y directora de la Compañía Hubert de Blank por 3 años. Presidió la sección de actores de la UNEAC de 1982 a 1984 y es merecedora de varios premios de actuación tanto en teatro como en televisión.

Miriam ¿Dónde nació?
Soy habanera, nacida en la calle Monserrate, a los 12 años vinimos a vivir para Playa y aquí me he quedado, cerca del mar.
Mis ancestros fueron vascos y catalanes, mis padres cubanos, pero mi madre por casualidad nació en los Estados Unidos. Mi padre era dueño de una óptica y yo me gradué de optometrista, aunque siempre me gustó la actuación. Mi familia no aceptaba mi vocación debido a los prejuicios que existían. Cuando me casé con Octavio Cortázar, siendo él un joven cineasta, le dije que quería hacer teatro y comencé con el director Julio Mata en la sala Las Máscaras junto a Isabel Moreno y otros jóvenes que se iniciaban. Más tarde trabajé con Rubén Vigón en la sala Arlequín. Fue un comienzo favorable. Gracias al ICAIC, Octavio y yo fuimos a Checoslovaquia, Octavio a estudiar cine y yo teatro.

Al regresar a Cuba, usted solicitó formar parte de Teatro Estudio. ¿Cómo era el funcionamiento de esa agrupación?
Era el grupo más admirado y un referente para todo el país, contaba con los más reconocidos directores y actores y un repertorio clásico y contemporáneo de alto nivel. Raquel era su directora general y creo que lo hizo muy atinadamente, imponiendo respeto, fortaleciendo los puntos débiles de cada integrante. Ella trataba de darle a los directores su espacio y cada uno tenía su equipo de actores, aunque yo trabajé con todos. Los directores eran Vicente Revuelta, Héctor Quintero, con el cual actué en varias comedias, Raquel, quien me dirigió en Doña Rosita la soltera, obra por la que recibí mi primer premio de actuación en el Festival de Teatro de la Habana en 1980, Abelardo Estorino y Berta Martínez.

Miriam Learra en uno de sus múltiples personajes.

¿Qué le aportó trabajar con Berta Martínez?
Ella fue mi mayor escuela, la persona que más me enseño de teatro. Era una maestra nata, muy puntillosa como profesora, trabajé mucho con ella, en Bodas de Sangre, Las Leandras y muchas más.

Sé que ella aprovechó sus dotes para el canto…
Sí, yo era bastante afinada y con Marta Valdés, nuestra asesora musical, trabajamos muy estrechamente.

¿Qué recuerdos guarda de Abelardo Estorino?
Estorino era ante todo un autor, tomaba lo que le ofrecían los actores para los montajes y daba mucha libertad. Tuvimos muy buena relación, actué en varias de sus puestas, hice con el Morir del Cuento, actuación por la que recibí el Premio a la mejor actriz en el Festival Internacional de Sitges, en España.

¿Por qué el grupo se divide en Teatro Estudio y Hubert de Blanck?
Esa ruptura no fue algo positivo, allí había muchos talentos. Creo que Raquel quiso proteger a Vicente y los actores tuvimos que escoger en qué grupo nos quedaríamos. Nunca dudé, me quedé en el Hubert de Blanck donde estaba Berta, que para mí era muy importante y también Estorino, pero ninguno de los dos quiso asumir la dirección de la compañía, por lo que lo hizo Ana Viñas primero y después yo. Nunca disfruté tomar decisiones administrativas, siempre preferí actuar.
Yo me había casado nuevamente. A mi esposo lo nombran embajador en Kampuchea y debí viajar con él, por lo que invité a Orieta Medina a dirigir la agrupación. Más tarde regresé a Cuba y me reincorporé al grupo, haciendo lo que más me gustaba, estar en escena.

Usted ha participado en espectáculos importantes de nuestra historia teatral y representado a Cuba en varios países, siempre acompañada por maravillosos compañeros como Adolfo Llauradó y Aramís Delgado. ¿Ha tenido algún tropiezo en su práctica actoral?
Quizás, excepcionalmente, he tenido que trabajar con algún actor ególatra que ha querido suplantar al director para su beneficio personal, pero ha sido un caso raro. Guardo recuerdos maravillosos de Adolfo, Aramís y tantos otros con los que logré un entendimiento escénico muy armonioso.

Miriam Learra y Adolfo Llauradó en escena.

¿Qué método ha utilizado para construir los personajes?
Siempre he partido de tomar toda la información posible sobre el personaje que aparece en el texto, pero no me amarro a hacer las cosas según una planificación preestablecida, me gusta ser espontánea.

En cine usted cuenta en su haber con películas como El Brigadista y en televisión con varias de nuestras mejores producciones dramáticas. ¿Cómo diferencia la actuación en el teatro y ante las cámaras?
Considero que lo que varía es la intensidad de la proyección escénica y vocal. No trabajo para la cámara, soy miope, por lo que me concentro en la situación y en mi tarea escénica.

Desde su rica experiencia y maestría, ¿qué les recomienda a los jóvenes actores?
Leer, nutrirse de todas las artes.

Una voz maravillosa, belleza, gracia y técnica hicieron de Miriam Learra una primera actriz, un nombre ilustre de la actuación en Cuba. Cuando sus compañeros hablan de ella, se refieren a su brillantez actoral, al optimismo, la alegría que siempre la han acompañado.

Yo sumaría el valor de tomar la vida por los cuernos, la inteligencia de sobreponerse a perder 8 embarazos, renunciar sin esperanzas a ser madre y dedicar al escenario todas sus energías.
Que oportunidad privilegiada conocer a una mujer amada, vital a sus 84 años, fanática del ejercicio y de la vida. Una mujer de buen gusto, en todo.

Fotos cortesía de la entrevistada.

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