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Un Yepeto Enredado En El Hubert De Blanck

Yepeto es un ring de palabras sazonadas con la Literatura sin afectaciones ni jactancias sino como únicas armas ante la irrebatible presencia de la plena mocedad ante la crisis de la madurez plena que recurre a la inteligencia contra la belleza.
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Por Roberto Pérez León

Pinocho, el emblemático muñeco cobra vida mientras el carpintero Yepeto lo talla, y empieza a andar y a hacer más agradable la vida del viejo Yepeto que no tiene hijos. Pinocho existe por una escondida pasión, por un encantamiento. Pinocho es una construcción esmerada de Yepeto.

Pinocho es una invención literaria decimonónica del italiano Carlo Collodi. Apareció publicado en forma de capítulos de entrega periódica en el Giornali per i bambini, entre julio de 1881 y enero de 1883, es decir, en un período para bambinis aparece por primera vez el libro que todos hemos leído y aunque no son muy del todo infantiles las aventuras de la marioneta se considera un cuento para niños desde entonces.

En 1987 Roberto Cossa, dramaturgo argentino de obligada referencia cuando de teatro se hable en Latinoamérica, escribió Yepeto, obra estrenada ese mismo año en Buenos Aires  y desde entonces ha sido montada en diferentes lugares.

No es una obra para niños, en ella se alude al hacedor de Pinocho metafóricamente y tenemos un personaje que construye, mediante sus habilidades, en este caso intelectuales, una situación pasional contrapuntística.

Yepeto trata de la relación entre  un viejo profesor de Literatura de quien nunca conocemos su nombre y Antonio, un joven que hace deportes y para nada le interesa el arte, los dos están enamorados de Cecilia, novia de Antonio y alumna del Profesor cincuentón. En la obra Cecilia no es concebida como personaje por Cossa, solo se cita incesantemente como referencia que moviliza el encadenamiento de los sucesos.

Faustino Pérez hace el Profesor y en la puesta que vi Leonardo Ruiz es el joven Antonio, este personaje tiene doble elenco con Jansel Lestegías. Creo que es oportuno una vez más exigir que en los montajes donde haya doble elenco, al momento de empezar la función, de la misma forma que se pide que apaguen los celulares, debe decirse el elenco que trabaja, porque la verdad uno no tiene que reconocer y conocer el nombre de los actores y las actrices.

Cada encuentro entre el Profesor y Antonio sucede para hablar de Cecilia, ambos están enamorados de la chica. Desde el inicio sospechamos todo lo que podría pasar en la obra; dos hombres cronológica e intelectualmente muy distantes quieren a la misma mujer. ¿Cómo se va a atar o desatar el nudo dramático planteado?

Entre inseguridades, temores, citas literarias de mucho ingenio se va tramando la relación viejo/joven por momentos simpática y que avanza dramatúrgicamente de manera dinámica no solo por la calidad del texto lingüístico sino también por la moderación de los dos actores que asumen los personajes.

En cuanto al texto lingüístico y su inmanencia teatral hay que decir que Yepeto es contemporáneo de textos de autores tales como Carlos Gorostiza, Osvaldo Dragún, Griselda Gambaro íconos de la dramaturgia continental. Toda esta camada de escritores son dadores de textos paradigmáticos de la dramaturgia en nuestro idioma.

Es de destacar el trabajo que el colectivo teatral Hubert de Blanck al estrenar entre nosotros Yepeto, montaje que pone al alcance de los jóvenes dramaturgos una muestra de cómo escribir teatro sin muchos aspavientos conceptuales, solo con cultura, buen gusto y certeza en la composición donde las palabras ejercen seducción. No se tome esto como un desdeño hacia el teatro posdramático, pero tenemos que tener siempre sobre el tapete que este teatro no ha desplazado totalmente al teatro de texto.

Cossa es un defensor de la palabra en el teatro, «que desde los tiempos de los griegos se viene diciendo que está en crisis», y cree que en los últimos años se ha producido en ocasiones una excesiva utilización de la tecnología en la escena como forma de innovar. «Honestamente, creo que es una fórmula que se está agotando; al fin y al cabo, las vanguardias llega un momento en que quedan superadas y tienen que renovarse”, argumenta.

Yepeto es un teatro logocéntrico con logrados afanes de poetización. Un texto que se encamina con un ritmo sin contención por lo que requiere de un trabajo actoral prudente con combinaciones interpretativas sostenibles.

Si bien por momentos Faustino Pérez en su enunciación es insistentemente frontal y parece apelar de manera innecesaria al público lo que resulta retórico, es de destacar su dicción y su espacio gestual por la significación y dirección semántica.

La contienda sobre todo verbal entre el veterano actor y el novel Leonardo Ruiz se desarrolla sin estropeo entre los dos actores.  Actoralmente hay sintonía: ingenuidad, humor, ironía, desolación, fortaleza, desamparo. El enfrentamiento físico e intelectual se logra pese a las no sobresalientes superficies y equidistancias desde el punto de la representación.

Digamos que las “locaciones” en el montaje son la casa el profesor, una plaza y un bar. Pero se pretende amplificar el espacio escénico con videos. No es posible, con los recursos de la puesta lograr, a través de proyecciones que no son más que una innecesaria superposición de información escénica, lo que en tecnología digital se llama “realidad aumentada”. Por cierto, Cecilia en este montaje aparece en algunos de esos videos que considero sobran.

Hay un momento en la puesta en escena que resulta efectivo dramatúrgicamente cuando sucede el enfrentamiento de la circunstancia física de los personajes. El joven se desnuda ante el profesor para demostrar su poderío a través del cuerpo que le gusta a la chica que ambos desean. La fiereza de la realidad corporal del chico es clave en el sentido de la representación, como procedimiento dramático estable la relación de fuerzas entre los dos personajes y el despliegue con filoso deleite de las armas de cada cual.

Ante la contundencia del cuerpo joven el viejo apela a malabarismos para defenderse: “A mi edad”, dice con aguda complacencia intelectual, “Thomas Mann escribió La Montaña mágica, Goya pintó Los fusilamientos del 3 de Mayo, Tchaikovsky compuso la Sinfonía Patética y Juan Sebastián Bach tuvo dos hijos.””

Como todo acontecimiento estético no hay un único significado en esta obra. Realidad y poesía, triángulo amoroso; conflicto generacional; juventud y madurez; creación artística y relaciones humanas; el mundo de la mujer y el idilio; cotidianidad y trascendencia; humor y reflexión. Cada cual con los tarecos de sus vidas: artimañas intelectuales contra recelos de un joven enamorado, y en el medio una hermosa chica que se torna espejo entre los dos.

Yepeto es un ring de palabras sazonadas con la Literatura sin afectaciones ni jactancias sino como únicas armas ante la irrebatible presencia de la plena mocedad ante la crisis de la madurez plena que recurre a la inteligencia contra la belleza.

Una de los aciertos de la realización del colectivo teatral Hubert de Blanck está en que no hay melodramatismos ni empelo de recursos sentimentales, edulcorados o fatalistas. Se ha respetado un texto lingüístico brillante, totalizador que va de la soledad a la angustia y de ahí a la rebeldía y la inseguridad porque ya sabemos que el amor es casi siempre más disfrutable en la imaginación que en la realidad.

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