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Todos los derechos para todos

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Convendría ponerles rostros a los que no disfrutan de todos los derechos. Están ahí. Son sus amigos, sus vecinos, sus conocidos. Puede que sea usted mismo. Pueden ser los integrantes de una pareja establecida —hombre y hombre, o mujer y mujer— que forman una familia y quieren formalizar su unión ante la ley. Es solo un ejemplo, quizás el más recurrido, quizás el menos “complicado”. El caso es que todavía no pueden. Y no hay razones científicas o morales para negarles ese derecho.

Convendría no atrincherarse en moralinas, en prejuicios, en caprichos, en “verdades” absolutas. La homosexualidad no es una enfermedad. La homosexualidad no se puede “curar”. La homosexualidad no se “transmite”. Está suficientemente establecido por la ciencia. Por lo tanto, la homosexualidad no se promueve, no se inculca, no se impone.

Habría que promover, eso sí, el respeto a la diferencia. Porque no se trata, en puridad, de una elección. Uno puede elegir, en todo caso, una actitud, una manera de asumir su sexualidad; incluso, una cultura asociada a esa actitud. Como se elige una posición política, un compromiso ciudadano, una profesión… y se espera, con la ética y los actos merecer el respeto de la colectividad.

La homosexualidad no es un peligro. La homosexualidad no es un antivalor. Ser homosexual no te hace mejor o peor persona. Como ser heterosexual tampoco te hace mejor o peor. Los que asocian determinados comportamientos generalmente entendidos como reprochables al hecho de ser homosexual son como los que los asocian al color de la piel, a la nacionalidad, a una característica física…

Y a golpe de “propaganda” nadie se va “a volver” homosexual sin serlo. Siglos de heteronormatividad hegemónica (por no decir represión pura y dura) no han logrado “extinguir” a los homosexuales. ¿De dónde sale el temor de que los homosexuales quieren destruir a la raza humana? Demasiadas teorías de la conspiración con las que se enmascaran dudas y prejuicios. Y hasta odios. La educación es el camino.

La homosexualidad sí es natural. No es una construcción social. Una construcción es la manera en que se asume esa homosexualidad. Y si esa “construcción” no contraviene las normas de convivencia de una sociedad, no hay razón para demonizarla. Mucho menos si se toman en cuenta los aportes concretos de los homosexuales (y no por el mero hecho de ser homosexuales) a esa sociedad.

Hay voluntad política en el país para reconocer los derechos de los homosexuales, que no son en buena medida específicos, pues son los derechos de todos. Mucho se ha hecho, pero se puede hacer más. Se debe hacer más. Con inteligencia, sensibilidad, sentido común y vocación humanista se pueden vencer los obstáculos.

Tomado de Cubasí