Rine Leal: Fidelidad Al Teatro Cubano

Por Roberto Pérez León

…me conformaría con ser presentado -y recordado- como una parte más de nuestro teatro,

al mismo nivel de esperanza y trabajo,

de amor y desengaño que los autores, los intérpretes y los técnicos.

Rine Leal

Celebremos este 15 de julio los 90 años que cumpliría Rine Leal,  celebremos la lucidez en la sustantivación de su pensamiento sobre la estética y la historiografía del teatro cubano.

A finales de los ochenta lo conocí por medio de un amigo común que andaba buscando alguien que se ocupara de una sección de crítica teatral en un programa radial, como Rine no quería hablaron conmigo; ni muerto iba yo hacer lo que correspondía al maestro; y, Rine entre jaranas, me dijo que él no era el Himno Nacional para que yo anduviera con tanta ceremonia, que me dejara de patetismos y que hiciera el programa, él me iba a guiar: jamás lo hizo y anduve al garete, cuando escuchaba el programa me llamaba y me decía que siguiera buscándome líos.

Después en los inicios de los 90 empecé a ser amigo cercano de Rine; fue en Caracas donde estrechamos más nuestra amistad, casi todos los fines de semanas almorzábamos juntos y paseábamos por la Plaza de los Museos.

Sospecho que hubo un momento en que Rine se dio cuenta que iba a morir y más allá de que su salud desmejoró notablemente, decía que muchas cosas le sobraban. Le sobraba mucho, decía, porque había vivido demasiado.

Quiero decir que si Rine hubiera escrito sus memorias de La Habana nocturna de los cincuenta, otro gallo cantaría sobre las rutas de las madrugadas callejeras que dieron lugar a una de las novelas más célebre y más desconocidas de la literatura cubana, me refiero a Tres tristes tigres donde Rine es un fuerte articulador del suceder, tan articulador que uno de los personajes lleva su propio nombre sin ambages.

Yo fui amigo de un Rine apagado, cansado, tímido, un viejito flaco con unos ojazos que atravesaban misterios y embrujaban a más de una de las alumnas del Instituto Superior de Teatro Juana Suja en Venezuela, donde tuve el privilegio de ocupar su cátedra de Historia de la Cultura. Hice todo lo posible por continuar su legado y dar a conocer que allí mismo donde me paraba a dar una clase, las había dado el veedor más grande de las artes escénicas cubanas, un hombre de una cultura soberana, y yo solo intentaba ser leal a su magisterio.

Rine me hablaba con pausa pero sin dejar de manifestar travesura al contarme sobre el teatro que había visto y leído, nos sentábamos en los peldaños de las escaleras de la Plaza de los Museos o andábamos por el parque de Los Caobos y luego nos íbamos a comer arepas “reina pepeada” a Parque Central pero él casi no comía, se llenaba enseguida.

A partir de julio de 1996 sus dolencias arreciaron. Solo un grupo de estudiantes notaba que aquel hombrecito casi enclenque, que había conquistado tantos frentes, se nos estaba muriendo de a poquito.

En Caracas no sabían que Rine Leal era “quien más sabía de teatro en el mundo que era una catedral orgánica de saberes”, así decían sus alumnos.

Rine Leal murió prácticamente en el aeropuerto, regresaba a La Habana donde todos lo esperaban y todos querían salvarlo, pero  no pudo entrar al avión y fue necesario ingresarlo y se nos fue de sopetón.

Rine, gracias por haberme dejado estar tan cerca de ti en momentos en que somos más propicios a las elegías; y, no obstante nunca dejaste de invitarme a entrar al mundo del teatro porque tu entusiasmo en eso sí que nunca decayó.

Generalmente, la gente va al teatro motivada por la publicidad y propaganda de determinadas obras. Existen colectivos que, dentro de la producción de una puesta en escena, tienen muy en cuenta lo referente a la divulgación, y sea buena o mala la obra se repleta la sala.

Pero la gente casi nunca va al teatro invitada por el criterio de un especialista, digamos un crítico, un investigador que haya recomendado la obra. Todo lo contrario sucede en el cine que la gente asiste con información calificada sobre la película que va a ver; con el cine hemos tenido más suerte en cuanto a la formación y educación de públicos, evento donde ha sido clave la participación de la televisión con sus muchos programas alrededor del séptimo arte.

Nuestros medios masivos, sean especializados o no, habituales, no especializados, las vías digamos caseras de información, pocas veces nos dan el camino para llegar a alguna puesta en escena.

Sin embargo, el crítico, el investigador, el analista en artes escénicas si lográramos popularizarlo, cotidianizarlo podría ser de mucha efectividad para el control y desarrollo de estas artes y en particular el teatro, porque digamos que el ballet clásico tiene una esmerada atención entre nosotros.

Tuvimos en Rine al crítico que desde la investigación y el análisis tuvo la capacidad de llegar a la gente, su opinión tan autorizada hubo un momento que fue muy habitual y consuetudinaria en los medios.

Si juntáramos todo lo que escribió, desde la perspectiva no solo critica sino como investigador, tendremos en esa obra una de las más sagaces visiones del teatro cubano.

La clarividencia de Rine Leal nos ayudó a entender que en el teatro también había otra orilla a tener muy en cuenta porque, como orilla al fin y al cabo, permitía que el cauce tuviera rumbos.

En 1992 La Gaceta de Cuba publica “Asumir la totalidad del teatro cubano”:

[…] ha llegado la hora de conocer, estudiar y valorizar esta dramaturgia y sobre todo incluirla en el teatro que se hace en la Isla, pues se trata de una creación netamente cubana que no carece de valores. Ni la tontería politiquera que afirma que la cultura cubana (y por ende el teatro) está en el exilio, ni el chovinismo patriotero que transforma a un creador que abandona definitivamente el país en un mediocre o lo deposita en esa “zona de silencio” que aún rodea buena parte de nuestros estudios.

Y sucedió que en 1995, en New York, la editorial Ollantay Press  publica Teatro: 5 autores cubanos. En el prólogo, que lleva el hermoso título de “Ausencia no quiere decir olvido”, Rine nos empuja, nos suscita a pensar, a reactivar la reflexión sobre las polaridades en nuestro teatro desde categorías de significados que han sido obsesivos en nosotros; Rine anota con concisión medular las categorías vertebrales en lo relacionante que es la dramaturgia nuestra como entidad que interpreta y reconoce, prefigura, riza el turbión de lo cubano:

[…] a través de estas constantes —insularidad, resistencia, identidad, choteo, otredad, parodia, familia amenazada, realidad y apariencia— surge una dramaturgia común que se unifica y define en términos de conciencia histórica y diversidad expresiva, como un rostro múltiple que se contempla en su espejo […]. Es una dramaturgia vital, que entronca ambas orillas y que aspira a su unicidad orgánica. Lo que importa en definitiva es asumir ese “otro” teatro y juzgarlo en función de su calidad estética más allá de coyunturas temporales que vencerán a la ausencia y el olvido.

Siempre revisito dos de los libros de Rine: La selva oscura (1975 y 1982) y En primera persona (1967). Con haber escrito nada más que La selva oscura hubiera sido suficiente para saber que ese  hombre había asumido la totalidad del teatro cubano, en primera persona, como nadie lo ha hecho hasta ahora.

La dramaturgia cubana, la teatrología, los estudios sobre la teatralidad, cuentan y disfrutan la vertebral acuciosidad intelectual de Rine Leal, porque la gente de teatro ha sabido seguir su ruta. En 1990, el Instituto Superior de Arte, le otorga el título de Doctor Honoris Causa, en 2004, la casa editora Tablas-Alarcos crea el Premio de Teatrología Rine Leal para el ensayo y la investigación teatral.

 

 

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