Puesta En Pantalla De La Puesta En Escena

Por Roberto Pérez León

Solo está vivo lo que está lleno de contradicciones.

Brecht

¿La pantalla de la televisión como escenario para el teatro? ¿El teatro solo podrá asomase y no entrar a la televisión? ¿Es lo mismo la actuación televisiva que la teatral? ¿Cuáles son las similitudes y las diferencias entre una puesta en escena y una puesta en pantalla? ¿Sería más beneficiado el teatro o la televisión? ¿En realidad existe una gran diferencia entre la televisión y el teatro? ¿Podemos hablar de un suceso terminantemente televisivo y exclusivamente teatral? ¿Cuáles podrían ser los vasos comunicantes entre el teatro y la televisión? ¿El teatro posee menos fluidez que la televisión porque en ella hay menos artificialidad?

En los sesenta la Televisión Cubana, que fue pionera en muchas producciones en nuestro continente, ponía teatro en la pantalla. Si viéramos algunas de aquellas puestas quedaríamos asombrados de la soportada teatralidad de las imágenes en blanco y negro que se concebían en vivo y en directo desde los estudios televisivos; luego llegaron las grabaciones en video que pusieron más calidad, creatividad y asombro.

Primero fueron puestas en pantalla con digamos dos cámaras frente al plató, luego se pasó a tener más cámaras que permitían otros ángulos y el espacio cambió. Pero resultó que cuando empezó a llegar más desarrollo y había más experiencia, posibilidades de dominio tecnológico, no se continuó con la programación y desapareció el teatro en la Televisión Cubana.

Si quiero referirme al teleteatro es porque este verano hemos visto algunas grabaciones de monólogos en pantalla. Como impone el progreso, ya no podemos hablar de teatro en televisión, sino de teleteatro.

El teleteatro no es un sacrilegio porque es más que nada. Aquellos tiempos del “Teatro ICR” son parte de mi memoria teatral que empieza precisamente con la televisión, en mi pueblo prácticamente se veía teatro de Pascuas a San Juan, ¡Vi maravillas en pantalla!

Aún hoy el teleteatro podría ser para muchos la única posibilidad de ver teatro de manera sistemática, sobre todo para ver teatro clásico porque debe preocuparnos la carencia en nuestros escenarios del teatro clásico. Sospecho que hay toda una generación que no conoce Romeo y Julieta, y eso sí que es un sacrilegio.

Entre el teatro y el teleteatro no hay abismos insalvables como manifestaciones de la subjetividad humana; ambos son sucesos artísticos. El teatro es un signo de signos y por ello permite entrecruzamientos de manifestaciones artísticas.

El teatro es definitivamente un hecho performativo por excelencia; cada vez más es un arte en acción por su poder de generar realidad al transformarla. La realidad que se construye en el teatro pese a su transitoriedad incide en las normas y patrones culturales, puede trastornar y transgredir.

El teatro al emanciparse del texto literario logra una definida autoreflexión; el teatro posee autonomía en la ejecución de los sistemas significantes donde se constituye se evidencia, la autonominación del lenguaje escénico, y sus propiedades interdisciplinares, sin que suene esto a oxímoron.

Este mundo de sobradas inmaterialidades tiene en el teatro una materialidad sostenida al mantenerse en su esencialidad una puesta en escena como pedazo de vida en un tiempo y en un espacio compartido entre actores y espectadores.

El uso de audiovisuales en una puesta en escena amplía el campo semántico  y semiológico de la misma como sistema de sistemas significantes; el audiovisual como “maniobra realizativa” proporciona una estética hermenéutica que enriquece al suceso teatral, a la interdisciplinariedad de lo performativo: empalme de acciones en un tiempo y en un espacio conjunto para actores y público.

Por supuesto que la diferencia en forma entre la televisión y el teatro es técnica, exige potencias imaginativas correspondientes a cada lenguaje. No cabe duda que como el cine, la televisión es un medio. La televisión puede convertir cualquier espectáculo artístico en un audiovisual, en un objeto filmado. Ahora bien, lo que se filma ya no será ni un ballet ni un concierto ni una puesta en escena teatral.

El teatro por su estructura y recursos no puede ser un medio. Una obra de teatro se puede convertir en una película pero una película nunca será una puesta en escena.

El teleteatro, al precisar de una producción específica, puede influir en el resto de la programación porque no se trata de teatro filmado, es decir poner una cámara frente al escenario y grabar bajo el régimen establecido de luces y escenografía. Y ya. Nada de eso. Un teleteatro no es una puesta en escena, se trata de una puesta en pantalla de un texto dramático.

El director del audiovisual tiene que convertirse en un intrépido dramaturgo: compartir y entremezclar las técnicas entre escritura dramática y escritura audiovisual en cuanto el uso del espacio, la recepción por parte del espectador, la estructura de los personajes; son evidentes las convergencias y los mestizajes entre ambas expresiones. Recordemos a Nietsche cuando dijo que “si el trabajo del poeta es el de ver una multitud de seres alados que vuelan a su alrededor, el trabajo del dramaturgo es además el de convertirse en ellos”.

Entre el teleteatro y el escenario hay una intercodicidad imparable: sincretismo, intertextualidad, metaficción, palimpsestos. El discurso en una puesta en pantalla y una puesta en escena disfruta de la bajtiniana heteroglosia a través de la correspondiente coexistencia conflictiva de los discursos.

Al ver el teatro con nuestros ojos y ver la televisión a través del lente de la cámara podemos decir que existen dramaturgias diferentes. Una cosa será la escritura escénica y otra la escritura audiovisual. La composición del plano, la imagen en movimiento requieren de una pulida dramaturgia.

Cuando nos sentamos a ver televisión nuestro ángulo de visión es muy restringido porque está supeditado al de la cámara; luego, la edición puede concebir espacios discontinuos e ilógicos, lo que no sucede en el teatro donde nosotros decidimos para dónde mirar ya que la distancia y la dirección del suceso siempre será la misma desde nuestra butaca.

La espacialidad tiene organizaciones distintas en televisión y en teatro; la concepción espacial en una y en el otro es contrastante; en la televisión sucede la distribución en un espacio plano, como en la pintura; en el teatro el espacio es tridimensional.

La enunciación en el teleteatro está sustentada por las posibilidades técnicas; el punto de vista de la cámara, de acuerdo al movimiento y los posibles emplazamientos determina la imagen que cuenta con sonido; estos materiales hacen posible, en sus variaciones, los componentes de  la puesta en forma de un objeto audiovisual.

La composición entre los diferentes sistemas significantes de la puesta en escena suceden en el espacio teatral; en el teleteatro la cámara, el encuadre y el montaje son los que construyen el espacio fílmico que tiene una sintaxis que difiere de la teatral; siendo así, el tiempo y el espacio tienen cualidades expresivas disímiles de acuerdo a las lógicas discursivas de cada manifestación.

Generalmente el teatro emplea un uso lógico y continuo del espacio mientras en el teleteatro podrá existir, mediante el montaje, una concepción discontinua e ilógica del espacio.

Podría pensarse que la irreductibilidad expresiva del discurso audiovisual a partir de imágenes en movimiento haría que el teleteatro tuviera una preponderancia semiológica. Pero no es así. La iconicidad, por ejemplo, es una propiedad también del teatro, es algo válido como dimensión ideológica y cultural. Lo connotativo es inmanente tanto a la puesta en pantalla como la puesta en escena.

Entre le teleteatro y el teatro hay contradicciones entre los significantes; los trayectos simbólicos e icónico tienen marcos de comunicación propios; el movimiento escénico tiene caracteres diferentes al movimiento ante una cámara que capta una imagen sometida a la edición por lo que la corporalidad y la oralidad, constituyente de la teatralidad, se disuelven y sucede una experiencia espectatorial específica al telereceptor.

La sensorialidad del teatro está solo en la puesta en escena. Pero no se desnaturaliza el teatro cuando se convierte en teleteatro solo si se concibe como teatro filmado que además queda bien lejos del cine.

La teatralidad no le corresponde al teleteatro sino que es preciso pensar el teatro para televisarlo prescindiendo del escenario. La teatralidad adquiere dimensiones distintas en la pantalla; evidentemente la pantalla desde la perspectiva semiológica tiene sintáctica, pragmática y semántica propias en tanto el eje conformador está en la edición donde realmente se produce la transposición del texto dramático.

Veamos la teatralidad como presencia humana donde se cohesionan expresión corporal y subjetividad: lo biocultural y lo bioestético desde la mediación escénica donde se alcanza la corpoescenidad: centro cohesivo en el funcionamiento de los sistemas significantes de una puesta en escena como productora de sentido sociocultural.

La televisación del teatro sería la utilización de los lenguajes audiovisuales con sus estrategias creativas que no tienen que tener la fuerza o la intensidad semántica y semiológica del teatro como ceremonia viva, pero que sí pueden aportar estéticas abiertas que podrían ser de interés para el teatro a través de la fragmentación, la escritura dramática desde la edición, la hipertextiualidad, el protagonismo del actor desde una fisicalidad particular inmersa en nuevas tecnologías de composición de la puesta en pantalla que sugerirían elementos para una puesta en escena.

Convertir en materia escénica un texto no es lo mismo que convertirlo en imágenes audiovisuales pues los códigos narrativos no tienen mucho en común; no es lo mismo un texto teatral que un guión para una filmación donde el recurso de la metaforizaicón tiene posibilidades muy contrastantes.

El teleteatro puede incidir como factor productivo en la constitución del teatro de hoy  y en la propia concepción de la imagen televisiva en general; no hay que olvidar que el teatro fue uno de los primeros móviles de la televisión en sus inicios y además motivó la serialidad de las telenovelas.

Más que paralizar al teatro, el teleteatro por su enorme potencial tecnológico puede movilizar creativamente las puestas en escena.

En el teleteatro lo más significativo será la edición luego de la larga y compleja cadena de la organización de lo visual y lo sonoro; en el teatro el centro de gravitación estará en la actuación.

Ahora bien, el convivio que genera el teatro es único en el ámbito de las artes. La forma y los contenidos del teatro han variado pero esencialmente la forma de recepcionarlo ha sido la misma desde sus orígenes: asistimos por voluntad propia a compartir con desconocidos lo que sucede en un espacio que se decide sea escenario de un acontecimiento irrepetible y fugaz.

La televisión no congrega como lo hace el teatro. La televisión la vemos cuando queremos, no precisa de la ceremonia propia del hecho teatral. La televisión nunca ha podido ser un rito pese a que hubo un tiempo en que la familia se reunía para verla.

Aunque sean miles, millones los que vean un mismo programa, eso no convierte a la televisión en un “acontecimiento convivial”.

La singularidad del teatro está en que es convite, una reunión a la que se asiste en un espacio y en un tiempo específico. El teatro crea al Público. La televisión crea televidentes. Sin embargo la pragmática de la comunicación del medio televisivo es eficaz para crear los públicos de teatro. La incorporación al escenario de rostros de la pantalla es una forma muy efectiva para acercar al teatro a nuevos espectadores, dado el régimen de visibilidad que gozan.

La estética de una emisión televisiva y la creación teatral son permeables pero a la vez colisionan como lenguajes en tanto la producción y recepción requieren de acciones y pasiones hipostasiadas en narrativas de vibraciones de frecuencia alterna.

Serán más complejas, dinámicas y conflictivas, las relaciones en la medida que se desarrolle la tecnología que podrá expandir las perspectivas ideológicas, tanto de la puesta en pantalla como de la puesta en escena como realidades estéticas concéntricas.

En portada: El actor Osvaldo Doimeadiós en Santa Cecilia, dirección Carlos Díaz. Foto tomada de Internet.

 

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