Las “brujerías” fabulosas de Rafael Álvarez

Por Frank Padrón

Siguen llegando visitantes ilustres de la escena internacional para bien de la nuestra, y un reciente huésped fue el español Rafael Álvarez, quien en dos funciones repletó de un  público entusiasta la sala Hubert de Blanck, con su unipersonal Dos tablas y una pasión.

Veterano de larga data en las tablas de su país, se ha especializado sobre todo en el barroco español con algunas de sus esenciales figuras, de lo cual da fe la obra que nos regalara: mediante fragmentos de poemas, o estos recitados de principio a fin, el actor conocido como “El Brujo” realmente embruja con una puesta que mezcla a los textos, comentarios paródicos que trascienden los Siglos de Oro (XVI y XVII) para llegar a nuestros días, y como todo humorista que se respete, lanzar atrevidos guiños a la compleja realidad española de ahora mismo.

El título del espectáculo es casi literal; apenas se auxilia su director e intérprete de la ejecución en vivo, por parte del músico invitado y autor de la banda sonora (Javier Alejano) de un oportuno violín que cierra situaciones, subraya determinada escena o funge como cortina y conclusión escénicas; también incorpora imágenes de cuadros representativos del período histórico-artístico sobre los cuales discursa con un verbo afilado y certero, mientras se mueve con agilidad por un espacio que apenas dispone de imprescindibles elementos para calzar la re-presentación, tan ágil como enjundiosa, armada  de una dramaturgia rigurosa y coherente.

Ha dicho el histrión que la vida y la muerte, esos dos grandes temas barrocos, son los que alimentan la obra, y es muy cierto: Lope de Vega, Cervantes, Quevedo , inmensas plumas de los siglos de Oro en España, dan basamento a su decir, pero trascienden el estilo y época para incorporar otras no menos gigantescas y célebres: Shakespeare, los místicos (San Juan, Teresa de Jesús, Fray Luis de León, San Francisco…) y todo quien calce el mensaje de la fugacidad existencial que obliga a disfrutar cada minuto, filosofía que no solo dio vida a la época sino que presidió el pensamiento desde  mucho antes, y después, y fuera de España. Con esos escritores establece un rico y gracioso diálogo que sostiene también con el entusiasta auditorio, al menos en la experiencia habanera, aunque si hemos de creer a las recepciones mediáticas, es algo que ocurre en cada plaza visitada.

Álvarez es dueño de un instrumento eufónico-gestual poderoso que pone en función del texto y el rejuego escénico, pero a veces resulta un tanto enfático, lo cual enturbia un tanto la representación; cierta modulación en momentos en que la propia letra es suficientemente expresiva o energética desterraría ese aire un tanto hiperbólico, lo cual  enriquecería mucho más un espectáculo que sin dudas nos permite abandonar el teatro con una sensación grata de plenitud estética.

Gracias entonces a Rafael Álvarez, “El Brujo”, por esas “brujerías” maravillosas con las que engalanó durante un par de noches la temporada teatral habanera.

Foto Archivo Cubaescena

 

 

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