Un Gran Disparo Alumbra Nuestro Tiempo

La discusión propuesta por El gran disparo del arte se enlaza con absoluta pertinencia a este tiempo bajo la crisis mundial provocada por el nuevo coronavirus. Aunque polemiza, en primera instancia, sobre la institución Arte, logra trasladar al auditorio las interrogantes que se esconden tras dichas porfías.

La discusión propuesta por El gran disparo del arte se enlaza con absoluta pertinencia a este tiempo bajo la crisis mundial provocada por el nuevo coronavirus. Aunque polemiza, en primera instancia, sobre la institución Arte, logra trasladar al auditorio las interrogantes que se esconden tras dichas porfías.

Por Omar Valiño

Entre los espectáculos que se me quedaron en el tintero de esta columna y cuyo comentario no pude sincronizar aquí con su temporada, estuvo El gran disparo del arte, dramaturgia y dirección de Agnieska Hernández.

Con una obra como narradora primero y como autora teatral después, asentada en numerosas publicaciones (Documental de amenazas, de Alarcos, fue Premio Nacional de la Crítica Literaria), y puestas en escena, entre ellas su comentada Harry Potter: se acabó la magia, en las manos de Carlos Díaz y El Público, que vio la luz en la revista Tablas y ahora como libro en Ediciones Loynaz, de Pinar del Río, su tierra natal.

En los últimos tres años, Agnieska ha volcado su dramaturgia a la escena bajo su propia dirección. Personal Training y Jack The Ripper: no me abraces con tu puño levantado son estaciones de ese camino. Pero con El gran disparo del arte supera ese «entrenamiento» que tanto gusta de evocar desde sus propios títulos o complementos de ellos. No por casualidad rubrica como La Franja Teatral, del Centro de Teatro de La Habana, este montaje apoyado por Fábrica de Arte Cubano que lo premió antes como texto y ahora lo ha colgado en YouTube.

La discusión propuesta por El gran disparo del arte se enlaza con absoluta pertinencia a este tiempo bajo la crisis mundial provocada por el nuevo coronavirus. Aunque polemiza, en primera instancia, sobre la institución Arte, logra trasladar al auditorio las interrogantes que se esconden tras dichas porfías.

A la sombra de una estrategia documental, que le es tan cara, Agnieska coloca bajo el microscopio la célebre foto de Kevin Carter (Premio Pulitzer 1994) que capta el instante donde un buitre, a pocos metros de su objetivo, espera la muerte de un niño famélico y exhausto, o niña, en el Sudán hambriento de principios de los 90.

¿Debió el fotógrafo renunciar al clic, por salvar a la criatura? El peso de la polémica fue tan grande que el joven Carter se suicidó poco tiempo después.

Vista así en seco, parece fácil responder de esa forma automática que tenemos para todo, pero ahí entra la valía del espectáculo al contar y observar la «ficción» atravesándola con diferentes puntos de vista: referencias a la historia del arte, análisis de los gestos actuales del discurrir artístico, mucha documentación, vínculos de esas exigencias del mercado con respecto a Cuba (el joven escritor, alter ego de la propia autora, sueña volcar una Habana potente mientras el productor foráneo exige una estereotípica), entre otros vectores.

Y, por supuesto, la materialidad conseguida en la imagen escénica enriquecida con la impronta de lo performativo, el brío del ejercicio físico, las boleadoras, el agua, las proyecciones audiovisuales, las palabras disparadas por el micrófono mediante un discurso «reguetoneado», el canto, y la muy agradecible fortaleza y vivacidad del equipo actoral conformado por  Amalia Gaute, Amelia Fernández, Edgar Valle, César Domínguez y Pedro Rojas, quien firma la concepción musical que los propios actores ejecutan en vivo.

El gran disparo del arte nos muestra con agudeza y compromiso que el verdadero, y mucho más perenne, delito del hambre, de la pobreza, la miseria y la hambruna, no corresponden a Kevin Carter, que solo pudo ser el culpable de un instante y prefirió denunciarlas en su inolvidable imagen. La verídica desgracia es la Europa que subdesarrolló a África, para decirlo con un clásico. Fue el capitalismo, ese sistema que nunca tiene la culpa de nada, el que provocó las realidades de la foto y luego logra no hacer sentir a nadie criminal. Como con las exageradas cifras de muertos por la covid-19 hoy mismo.

Foto de portada / Tomada del perfil en facebook de Agnieska H Ernández Díaz

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