Entrevista Al Diseñador Zenén Calero, Premio Rubén Vigón 2018

El Concurso Nacional de Diseño Rubén Vigón, convocado por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, acontece cada dos años y premia lo más destacado en las categorías de teatro de figuras, luces, vestuario y escenografía. Además concede un galardón especial a la obra cuyo diseño presente valores excepcionales en su especialidad o integralidad desde el punto de vista plástico o dramático.

El diseñador escénico matancero Zenén Calero es uno de los artistas del teatro cubano que más veces se ha alzado con este trofeo, desde el nacimiento del concurso en los inicios de los años 90.

En esta ocasión sus máscaras, títeres planos, objetos y muñecos, concebidos para el espectáculo Retrato de un niño llamado Pablo, del Teatro de las Estaciones, fueron merecedores del galardón. A punto de cumplir 40 años de intensa trayectoria profesional en las tablas, La Jiribilla lo entrevista.

¿Qué importancia ocupa el diseño en el teatro de figuras?

Imagina un espectáculo de títeres que no tenga en cuenta el diseño o la concepción plástica de un personaje, sus cabellos, ojos, boca, vestuario, piel, todo. Si algún género debe apoyarse fuertemente en el diseño, es el que yo escogí. En el teatro de figuras se construye un mundo que lo contiene todo: las casas, los árboles, las nubes, los animales. Un universo con una simbología que responde a la puesta en escena concebida por el director, donde el diseñador tiene que ser un apoyo fundamental, esencial diría yo. Los muñecos, además de ser entes en movimiento con sentimientos e historias, constituyen un volumen elaborado con texturas, líneas y colores que hablan y entran por los ojos del espectador hasta llegar a su corazón y su pensamiento.

¿Qué diseñadores de teatro de figuras han influenciado tu trabajo durante estas cuatro décadas?

Cuando comencé a desempeñarme como profesional, poseía un imaginario en los asuntos titiriteros que solo respondía a la televisión. Amigo y sus amiguitos, Caritas, Tía Tata cuenta cuentos…, programas que se hacían con muñecos. De niño nunca fui a un espectáculo de títeres. En 1979, buscando un vínculo con el teatro a través de la zarzuela y las operetas del Teatro Lírico de Matanzas, que eran mi tope, me encontré con el Teatro para Niños y Jóvenes de Matanzas, el grupo que hoy conocemos como Teatro Papalote.

Trabajar allí como diseñador me hizo apoyarme en la experiencia escénica de Eddy Socorro y Sarita Miyares, excelentes creadores, con ninguna formación en Diseño. No reniego de nada de lo que he hecho, pero siento que todo eso mejoró cuando conocí la labor de Jesús Ruíz, Armando Morales y Derubín Jacome, diseñadores con una trayectoria importante. Fue mucho después que llegue a Pepe Camejo, maestro de maestros. Por suerte para mí, René Fernández, que asume el Teatro Papalote nuevamente en 1981, sabía y había practicado el diseño, conocía de técnicas y colores, lo cual me ayudó mucho. Son ellos, junto a la influencia de los artistas que he encontrando en mis viajes por el mundo (Lele Luzzatti, Nicoletta Garioni, Enrique Lanz, Joan Andreu Ballbé, Joan Baixas, Greta Bruggema, entre muchos otros), los que han completado mi idea de lo que debe ser el diseño en el teatro de títeres, una formación que sigue abierta.

La estética de tus diseños, aunque han conseguido un sello personal, es siempre cambiante. ¿A qué se debe esto?

Me preguntaste anteriormente sobre el diseño del teatro de figuras, y no te mencioné a Eduardo Arrocha, María Elena Molinet, Vladimir Cuenca, Otto Chaviano, Salvador Fernández, Manolo Barreiro, Carlos Díaz y el valor inestimable de la obra de Bob Wilson o Franco Zefirelli. Son ellos, que no hacen ni hicieron títeres, al menos no con asiduidad, los que revuelven mi imaginación. Súmale a eso mi gusto por las artes plásticas todas, el dibujo, el grabado, la escultura, incluso la artesanía y las ilustraciones para libros. No me gusta dejar fuera de mi mundo creativo ninguna oportunidad para enriquecer mi obra. Disfruto del Festival de Teatro de la misma manera que disfruto del Festival de Ballet, el Festival de cine, la Bienal de La Habana o la Feria Internacional de Artesanía. A veces me duelen los ojos de tanto mirar, pero no me quejo. Todo lo que he visto y me ha estremecido forma parte de mis diseños. No sé cuántas cosas faltan aún por llegar. Mientras uno vive y respira está aprendiendo. Estar ajeno a lo que te rodea en materia artística es como estar muerto en vida.

¿Es atractivo el panorama actual del diseño cubano de teatro para niños y de títeres?

Me gustaría decir que sí, pero estaría mintiéndome a mí mismo. Esa es una de las cosas que más me preocupa y asusta. Que nadie toque a mi puerta, como yo lo hice con otros diseñadores, entre ellos Néstor González, Diana Fernández y Derubin Jacome. El diseño está viviendo un cambio. Han muerto varios maestros del género y surgen personalidades interesantes a las cuales sigo atentamente. Christian Medina y Mario David Cárdenas, diseñadores titiriteros; Robertico Ramos y Celia Ledón, diseñadores de ese teatro que no incluye figuras. Lamentablemente la lista es pequeña e inconstante.

Creadores que en un momento prometían no han dado el salto necesario hacia ese crecimiento que exige el arte. No hablo de perder el sello, sino de oxigenarlo, buscar dentro de nuestra poética otras voces y otros caminos. He ofrecido talleres y conferencias, pero la cosa no mejora y el asunto comienza a incidir en la aceptación de todos, hasta de los llamados especialistas, aquellos que jerarquizan visualidades y criterios plásticos medianos, de poco vuelo, como si se tratase de algo con valor.

¿Qué piensas del Concurso Nacional de Diseño Rubén Vigón?

Es un concurso que aprecio. Lo vi surgir, quizás sea por eso que en la actualidad le exijo más. El Rubén Vigón, que toma el nombre de uno de nuestros más destacados diseñadores de la época republicana, un artista que formó con su ejemplo y tesón a las siguientes generaciones, se  realizaba alrededor de un coloquio teórico y de varias actividades de superación. Una fiesta del diseño, diría yo.

Hoy ya no es así. Más que nunca necesitamos juntarnos, compartir información, estilos, modos de hacer. Me gustaría que el concurso se vinculara a la cátedra de diseño de la Universidad de Las Artes, que tendiera puentes con el Instituto Superior de Diseño, una institución de la que han egresado muchachos muy prometedores. Nadie puede creerse diseñador porque acceda a internet y copie de aquí o de allá lo que otros pensaron y consiguieron a golpe de entrega. Ser diseñador es  tener sentido de responsabilidad; ser coherente con el concepto de cada pieza, que ha de estar siempre en función de los actores, de la coreografía, las luces y la música. El concurso Rubén Vigón debería retomar el espíritu con que se creó. Sería un homenaje no solo a Vigón, sino a los que llegaron después y ya no están, un incentivo para los que aún permanecemos y un espacio de aprendizaje para los que vendrán.

Tomado de La Jiribilla

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