EDUARDO RIVERO, EN EL RECUERDO Y EN LA MEMORIA

Por Mercedes Borges Bartutis

Eduardo Rivero murió hace exactamente hoy cinco años. Quiso el azar concurrente que este primer día de noviembre yo esté en Las Tunas, la misma ciudad en que conocí personalmente a ese fabuloso coerógrafo cubano hace muchísimos años. Estábamos hospedados en el Club Familiar, en una de aquellas temporadas de A Tiempo con la Danza, que organizaba el Cosnejo Provincial de las Artes Escénicas de aquí. Teníamos mucho tiempo por las noches para conversar sobre temas diversos. Lo que comenzó como una conversación, terminó siendo una linda amistad que duró mucho tiempo.

Por supuesto que ya conocía su obra. Había visto Okantomí y Súlkary montones de veces, en los documentales que dejó para la historia Melchor Casals, y ambos títulos eran como una bofetada en pleno rostro.

Hablar de Eduardo Rivero es un privilegio que siempre disfruto. Después que nos conocimos, nos encontramos muchas veces, sobre todo durante sus visitas a La Habana, y siempre terminábamos hablando de Súlkary, obra grande que sobrevivió a su creador y nos va a sobrevivir a todos nosotros, porque es la imagen perfecta que sintetiza lo mejor del movimiento que aportó Cuba a la danza internacional. Como decía el viejo maestro Orlando Suárez Tajonera, Súlkary es de esas obras de arte que hay que mirar más con los ojos espirituales que con los ojos físicos.

Honrar la memoria de este hombre de danza, recordar su hermosa imagen en el Oggún de la Suite Yoruba de Ramiro Guerra, es lo menos que podemos hacer los cubanos que amamos la danza; cuidar su legado, preservar su obra como él lo hacía, manteniéndose firme a su idea personal del movimiento, es una obligación permanente y un compromiso hermoso que podemos hacer con todo el gusto del mundo.

 

 

 

 

 

 

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