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¡TACTO TEATRISTAS!

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Comentario sobre la puesta en escena de El maestro y la ninfa, por Teatro del silencio

Por Víctor Banazco / Foto Buby

En el año 2016 Teatro del silencio cumplía su décimo aniversario. Por tal motivo, el equipo técnico y actoral de esta compañía, bajo la dirección artística de Rubén Sicilia, se presentó con la puesta en escena de El maestro y la ninfa, texto del propio director. Dos años más tarde, se repone en el capitalino Complejo Cultural Raquel Revuelta esta pieza, que constituyó su séptimo estreno en el escenario de las tablas cubanas.

La acogida de los espectadores ante la reposición de esta entrega ha sido favorable para la compañía, que antes se había presentado con piezas como Juicio y condena pública de Charlotte Corday, La pasión de Juana de Arco, El cerco, entre otras. Sin embargo, enfrentarse a un programa de mano con errores ortográficos decepciona desde la entrada a la sala; condiciona incluso el lente de quien pretendía solo ser un espectador más, y no ese que escribe acerca de la representación.

Dos personajes en escena: un maestro espiritual y una singular joven que accede hasta lo más recóndito de una montaña, en busca de algo –material o espiritual- que la pieza no logra responder en el más estricto sentido. Inmersos en un ambiente de colosales y blancas telas se mueven ambos personajes. El uso de lo monocromático, que se evidencia tanto en la escenografía como el vestuario, constituye una alegoría a la pureza de este ambiente bucólico por excelencia en el cual transcurre la vida del gurú.

El juego de luces y sombras crea un ambiente onírico, que va in crescendo durante la representación. La ausencia casi total de escenografía contrasta con la filosofía de vida que profesa el Maestro, en la cual enfatiza la sostenibilidad imprecisa de las ambiciones y la ausencia e intrascendencia de estas en su devenir. Por su parte, el uso de la mímica y la pantomima es inapropiado: los intérpretes se presentan inexpertos ante la ejecución de determinados movimientos que deben ejecutar para lograr su propósito en las tablas.

Los conflictos abordados en El maestro y la ninfa resultan las más de las veces atemporales; pueden ser trasladados hasta el aquí y ahora más inmediatos. Las disyuntivas que se presentan entre lo huraño y lo moderno, lo espiritual y lo material, constituyen fuertes asideros a los cuales se aferran ambos intérpretes indistintamente en la presentación de sus concepciones. Para él, la montaña es símbolo de lo inconmensurable, espacio idílico donde perpetúa sus preocupaciones filosóficas. Sin embargo, ella ostenta otros sueños e ilusiones, consecuentes con la vida que anhela, en un espacio menos bucólico.

El centro de nuestro trabajo es la investigación artística, el hallazgo de nuevas formas y contenidos. Ese es nuestro arte. La búsqueda de un estado poético ancestral muy ligado a la espiritualidad, a la vida interior, para transmitir en imágenes un teatro que trasciende el realismo y evidenciar el compromiso con la vida que nos rodea.[1]

La banda sonora, que incluye diversos temas de música oriental, le concede a la pieza una parquedad y ambiente de relajación, que contrasta armónicamente con el uso de sonidos de tormenta, truenos y otros fenómenos naturales. Sin embargo, las actuaciones de Mirtha Lilia Pedro y Miguel Fonseca no resultan convincentes y orgánicas; del mismo modo que sus movimientos en escena se presentan algo caricaturescos. Falta a estas actores la entrega, concentración y entendimiento para interpretar estos sugestivos y anómalos personajes, a los cuales sondea un hálito de extrañeza y absurdo.

La ninfa llega al hábitat de este gurú huyendo del casamiento con el hijo de un hacendado rico, según refiere la joven en uno de sus parlamentos. Pero… ¿sería posible encontrar un ʽhacendadoʼ en este medio donde se desenvuelven ambos personajes? El lector/espectador asiste en este preciso instante a una anomalía textual: el vocablo ʽhacendadoʼ debía ser sustituido por otro más afín al contexto, teniendo en cuenta las particularidades del sitio donde se desarrolla la acción de la obra.[2]

Las preocupaciones en torno a la vida y la felicidad le conceden a la pieza un valor universal, que trasciende las fronteras de enunciación del texto, así como el ambiente que se recrea en la puesta en escena. La presencia de Dios y las creencias que ha suscitado en hombres de diversas latitudes y períodos históricos aducen a la intemporalidad del texto de Sicilia. Así lo enuncia el Maestro en el parlamento que cierra la puesta en escena: “Los secretos de Dios son insondables”.

Empero, es preciso tomar en consideración la importancia del texto escrito y lo que este sugiere en cuanto a conflictos y temáticas desplegadas; así como el uso de elementos como música, vestuario, escenografía… para no caer en el vacío de la insensatez y la incoherencia entre texto escrito y puesta en escena, lo cual demerita los valores estéticos y funcionales del teatro contemporáneo. Mis parabienes a Rubén Sicilia y todo su equipo de realización, por sus aciertos en la escena teatral cubana, mas… ¡tacto teatristas!

[1] Palabras de Rubén Sicilia en «Entre lo humano y lo universal» de Lourdes M. Benítez, publicado en Juventud Rebelde, el 26 de abril de 2016.

[2] Muy a pesar de la trascendencia de los conflictos de la pieza en el aquí y ahora, la puesta en escena, a través del vestuario, la música y la escenografía, refleja un contexto y cultura diametralmente opuestos al nuestro.