Por Amanda Vázquez Campos
Wolves at Dawn (Lobos al amanecer), la más reciente coreografía de Julio César Iglesias Ungo para Danza Contemporánea de Cuba, se erige como un viaje ambicioso y sensorial que indaga en los ciclos fundacionales de lo humano. Inspirada en la imagen ritual de una manada velando a su compañero hasta el alba, la pieza se constituye precisamente como ese velatorio: una ceremonia lúcida y en ocasiones desgarrada sobre la naturaleza humana, observada desde la distancia de un creador o de un dios experimentador.
Este trabajo es fruto de una colaboración multidisciplinar: Yoerlis Brunet aparece como asistente de coreografía; Bernaldo Castellanos Tamayo es el responsable del paisaje sonoro; el diseño de luces corre a cargo de Julio César Iglesias y Fernando Alonso; el vestuario proviene de ArtEZ Dance Bachelor y del propio Iglesias. En escena, los intérpretes son Adalies Duvergel, Amanda Alonso, Darel Morúa Delgado, Sixela López, Yusdrian Vega, Alex Poey, Daviel Boloy, Mario Arguelles, Erney Gonzalez, Helen Lozano, Jessie Piñón, Kevin Méndez, Yonder Dinza y Sheisa Dueñas.
La obra sobresale por su estética minimalista, de gran profundidad simbólica. El diseño de luces oscila entre lo cálido y lo frío, entre contraluces dramáticos, tonos rojizos y terrosos, subrayando los contrastes conceptuales: lo divino y lo humano, lo ritual y lo caótico.

Este juego dialoga con un vestuario que, por sí mismo, narra una transición: los bailarines aparecen inicialmente en mallas color carne que casi los funden con el espacio, mientras tres figuras vestidas de negro ejecutan una danza en primer plano. Posteriormente, el grupo se reviste con monos de laboratorio, completando así la metáfora visual del ser humano como sujeto de experimentación.
A este entorno contribuye de manera esencial el paisaje sonoro de Bernaldo Castellanos Tamayo, que trasciende su función de acompañamiento para convertirse en un personaje más dentro del experimento ontológico. Su banda sonora actúa como un campo de fuerza auditivo que moldea la percepción del tiempo.
El sonido evoluciona con una progresión orgánica y calculada, que no es meramente climática, sino narrativa: refleja la corrupción de la inocencia primigenia, la intrusión del ruido tecnológico y la saturación informativa del mundo contemporáneo. No se limita a marcar ritmos, construye el espacio donde habita la acción, ya sea la vastedad del origen cósmico, la claustrofobia del laboratorio o el yermo postapocalíptico, avanzando hacia texturas más complejas y disonantes extraídas del caos social actual.

La escenografía objetual es otro de sus aciertos. En un momento clave, el escenario se puebla de elementos cotidianos y simbólicos: un caballito de juguete, un tronco, una taza de baño sobre ruedas, un trampolín…
Los bailarines los desplazan al proscenio mientras recitan efemérides de la ciencia, la historia y la religión, acumulando los artefactos de la civilización como restos de un naufragio.
En el cierre, Adán y Eva, ahora niños, juegan con esos mismos objetos, mientras tras ellos los demás intérpretes yacen como cadáveres semi-enterrados, en una imagen apocalíptica que remata la circularidad de la obra: el fin como regreso al origen, la inocencia frente a la ruina.
La narrativa, intencionadamente no lineal, se estructura como un experimento en tiempo real: comienza con la génesis de la materia y avanza por hitos simbólicos (la primera célula, Adán y Eva, la sociedad contemporánea) para cerrar cíclicamente.
Esta estructura fragmentaria, que entrelaza religión, ciencia e historia, es un acierto conceptual que, sin embargo, presenta algunos desafíos dramáticos. En ciertos momentos, especialmente durante el monólogo divino, la disociación entre discurso verbal y movimiento físico genera una ruptura en la fluidez, haciendo que la pieza se sostenga más en la potencia de sus imágenes que en su hilo narrativo.
Es aquí donde la elección de Iglesias por priorizar “la persona detrás del bailarín” se revela fundamental. Los intérpretes no son simples ejecutantes de técnica, sino cuerpos cargados de intención. Su energía física y emocional es el motor que sostiene la intensidad de la obra.

Si bien en ciertos pasajes se percibe un exceso de virtuosismo (un recurso quizás innecesario para una pieza que busca la verdad humana por encima del espectáculo), en general los movimientos son limpios y orgánicos. Los momentos animalísticos, los comportamientos sociales distorsionados y las pinceladas de ironía crean una teatralidad poderosa que remite a la expulsión del paraíso y a la inherente contradicción humana.
Wolves at Dawn no ofrece respuestas, sino preguntas. La obra funciona como el ritual que describe: aunque no siempre se descifren todas sus “palabras” coreográficas, se siente la intención colectiva, una fe compartida en el acto de contar.
La de Julio César es una obra valiente, a veces desigual en su integración de texto y movimiento, pero siempre fascinante en su voluntad de experimentación. Como el lobo que vigila a su compañero al amanecer, la pieza nos acompaña en una reflexión incómoda y necesaria: la de observar nuestro propio ciclo, nuestra propia manada, con una mirada a la vez crítica y compasiva. Un ritual contemporáneo que, sin duda, deja al espectador pensando en su propia historia.
Fotos © Argel





