Tres Mujeres De Teatro Para Querer Siempre

Tres Mujeres De Teatro Para Querer Siempre

Por Frank Padrón

¿Qué tienen en común y qué diferencia a Luz Marina Romaguera (Aire frío, de Virgilio Piñera), Lala Fundora (Contigo pan y cebolla, Héctor Quintero), y Santa Camila de la Habana Vieja (José R. Brene), además de pertenecer a la más esencial tradición de la escena insular en el siglo XX?

Alejandro Palomino y su grupo Vital Teatro tratan de responderlo llevando a escena una obra de la dramaturga e investigadora Esther Suárez Durán: Vuélveme a querer. El título bolerístico es realmente algo más que un guiño. De nuevo volveremos a admirar, aplaudir y solidarizarnos con esas tres grandes mujeres de nuestra escena que se unen mediante el ensayo de unas actrices en torno a otras, esta vez procedentes del teatro ruso, pues la mixtura, el enlace, pasan por otro clásico (Las tres hermanas, Chéjov) que desde una estructura dialógica, fuertemente intertextual, no solo traen a la actualidad los conflictos de aquellos personajes en sus momentos, sino que los enriquece, los universaliza, pues justamente es ese uno de los reclamos de la autora: exigir para nuestras (anti)heroínas un justo sitio que las extrapole del localismo, el exiguo puesto en la escena nacional para ponerlas a competir a un nivel donde están sus congéneres chejovianas, de Shakespeare, Ibsen y compañía.

No siempre, valga anotar, estos difíciles pastiches logran dar en el clavo. Hace aproximadamente un año tuve la oportunidad de ver, en Montevideo, un ejercicio intertextual semejante a propósito con uno de esos referentes: Éramos tres hermanas (Jugando con Chéjov), del célebre dramaturgo y teórico español José Sánchez Sinesterra (¡Ay Carmela!), bajo la dirección del uruguayo Ramiro Perdomo, pero el resultado quedaba un tanto por debajo de sus posibilidades dialógicas justamente dentro de esos límites que pretendía focalizar y a la vez desmontar. Si bien la dinámica escénica, con un set que amén de los puntos clave del relato dramático (casa, estación, etc.) sugerían un escenario propiamente dicho, los diálogos entre actrices/personajes, las reflexiones que suponen un experimento autoficcional, intertextual en su más amplio sentido, no se explotaban ni desarrollaban suficientemente.

Suarez Durán, con la complicidad de Palomino, logra que enlaces, pespuntes y transiciones se logren dentro de un escenario cuyos puntos de desplazamiento e intercambio actoral refuerzan la evocación, la re-significación y el diálogo.

Las actrices Mayelín Barquinero (quizá deba restar un poco de fisicalidad y énfasis a su labor), Alina Molina y Yaisely Hernández vuelven no solo a querer, sino a conminarnos a hacerlo, en las pieles de esas singulares y entrañables damas del teatro y por ello, de nuestras vidas.  Esta, su nueva salida a escena, honra además a los dramaturgos que las “parieron”, para siempre, y esta obra lo confirma.

Foto de portada: Heriberto González Brito, tomada del periódico Trabajadores.

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