Por Roberto Pérez León
Mi encuentro con la obra de Belkis Ayón sucedió hace años, muy lejos de La Habana, una tarde muy fría. Por suerte ya había leído Contra la interpretación, el ensayo de Susan Sontag que tiene como centro el concepto de “erótica del arte”.
Por Lezama tenía el convencimiento de que definir era cenizar, proferir un conjuro negativo. Pero yo no quería definir la obra de Belkis Ayón. Los develamientos que esa obra me produjo no eran para descifrarlos, mucho menos para encontrarles significado.
La presencia, la inmediatez, el enfrentamiento sensorial y corpóreo a las colografías de la Ayón demandaban una resonante erótica: el pensar se anuló. Las obras aquellas tenían cualidades fenoménicas, significaban solo desde la experiencia sensorial y perceptiva que me generaron más allá de la representación figurativa o cualquier narrativa o simbolismo. Las obras me afectaron solo con su presencia. Y se produjo el asombro sensorial.
Rosario Cárdenas ha puesto atención y sensibilidad en sus “visitaciones a Belkis Ayón”. Siempre vuelvo es una experiencia sensorial. No es una sucesión a través del ejercicio hermenéutico que puede ser la danza. Precisamente por esto la puesta en escena me ha resultado, casi en su totalidad, un diálogo hermosísimo entre dos mujeres que nos dejan con sus obras huellas sensoriales estéticamente supremas por estremecimiento y sabiduría sensorial.

En Siempre vuelvo. Visitaciones a Belkis Ayón, Rosario Cárdenas tiene como arrimo estético y formal las colografías de artista visual cubana. Organiza coreográficamente el secuencial de acciones y pasiones de esas obras que paralizan por el silencio visual que evocan. No son “escenas”. Generan una radiación dramatúrgica de la mirada. Entramos en ellas conducidos por instantes de hondos silencios. Silencios intervenidos por súbitas tensiones en un ritual de figuraciones hieráticas.
El imaginario de Belkis Ayón tiene residencia en las desmesuras de lo telúrico. Ella sustanció su obra con confluencias y aislamientos sumidos en un caudal de imploraciones: símbolos, ritos, gestos, rendida oscuridad, torreones de espigas ceremoniales donde encuentra la Cárdenas el motor coreográfico para hacer que los cuerpos encarnen las insignias de la Ayón transformando la bidimensionalidad gráfica en movimiento tridimensional.
Ciertamente el entrecruzamiento estético entre la obra plástica y la danza es corporalizable. La danza puede convertir las rigidez gráfica en dinámicas físicas donde la dirección del movimiento, la textura, las pausas conformen el lenguaje visual-ritual de Belkis Ayón.
Las colografías de Ayón además de pródigos objetos visuales pueden resultar en guiones de movimientos, en partituras para el cuerpo. Partituras de acciones que articulen danza y plástica para que suceda una transducción estética.
Transducción como práctica para reimaginar y reinterpretar. Generar cambios significativos de ideas y formas. Crear nuevos significados al relacionar las narrativas de las artes plásticas y de danza contemporánea. Tránsito semiótico hacedor de significados inéditos.
Siempre vuelvo… es el resultado del desplazamiento de códigos: la pintura se hace movimiento, instalación coreográfica. La plástica de Belkis Ayón se ha transducido en corporalidad, espacialidad escénica, en cualidad de movimiento.

En la puesta en escena de Rosario no se anula la plástica ni se reverencia la danza. Se reconfiguran. No hay dominio de códigos, la coreografía los potencia de manera conjunta y disfrutamos los correlatos corporales de los elementos plásticos y viceversa.
La “coreografía-visitación” se hace proceso operativo de transducción imagen-movimiento. Identificamos en ella elementos formales de las imágenes plásticas de la Ayón dimensionados en parámetros coreográficos como la duración, la dirección, la formación de grupos, desplazamientos, motricidades, posicionamiento de cuerpos, intensidades, gestos que desvanecen continuidades y se interrumpen en movimientos contenidos, evasión de miradas al espectador.
Tiene Siempre vuelvo… momentos de esplendores cuando los cuerpos danzantes son transfigurados en imágenes. Cuerpos hechos símbolos con texturas y atmósferas, revelados, ocultos. Los cuerpos de Belkis Ayón que desdibuja y fusiona para transgredir, quebrantar límites. Y a esta espesura moviente de lo coreográfico contribuye el heteróclito diseño de vestuario de Cris-cris.
Más de una decena de bailarines demostraron cualidades físicas intrínsecas que hace de sus presencias escénicas eventos significantes donde el movimiento es sustantivo, sustancia en sí mismo y a la vez acción, con valor propio. El movimiento como verbo, nada de adverbio que adorna desde fuera. Así, alcanzan la inquietud y el asombro que nos provocan las colografías de Belkis.
La “erótica de la danza” desarrollada por Rosario Cárdenas en Siempre vuelvo creo que exige de los bailarines no narrar, no pensar sobre el movimiento. Sentir con el movimiento antes de interpretar. Como espectador me fue relevante la materialidad y facticidad de los cuerpos. La contingencia a la que la propia coreografía los somete es fecundante estéticamente.

La arquitectura coreográfica de Siempre vuelvo está armada de composiciones espaciales, desplazamientos laterales, organizaciones geométricas, frontalidades que traducen aspectos admirables de la obra de Belkis. Podemos concebir esa arquitectura como un tableaux vivants de figuras que nos miran y se miran sin que importemos los espectadores.
El material coreográfico tiene capas que no son estratos sino invenciones que se auxilian de elementos visuales y de una contundente dimensión sonora. La música concebida por DJ Iván Ljardi (en vivo) propició a la partitura coreográfica carnalidad, cualidad de movimiento, flujo de fuerzas, energías espaciales, volúmenes, ritmos.
Puede haber escenas en que la transducción simbólica vacíe, en distantes cargas semánticas, lo ritual y ceremonial. Pero Siempre vuelvo es una obra que en su marco de narrativas heterotópicas el lenguaje híbrido contribuye a una experiencia multisensorial que admite el riesgo de la descontextualización y de apropiaciones desde la transtextualidad.

La obra al no desarrollar una narrativa lineal puede despistarnos. Mas recordemos que tiene como referente las colografías que constituyen historias fragmentadas, episodios que cuentan secretos, textos con un códice recóndito o escondido misteriosamente.
Siempre vuelvo… huye del literalismo. No ilustra. Evoca. No hay exotismos ni saturaciones visuales. El efecto del diseño de luces de Yaimé Rodríguez alcanza la integración, los contrapuntos y ordenamientos para enlaces y pausas que en la puesta en escena tiene momentos de fértil composición y transposición estética al punto de sentir una suerte de inmersión a la que contribuyen las imágenes audiovisuales de Juan Caunedo sin excesos ni alardes tecnológicos incorporativos.
Siempre vuelvo…, en su dimensión formal y estética, articula una performance que opera desde la dimensión de lo sensible y experiencial de un modo que provoca pulsión, vulnerabilidad, encuentro, catarsis, extrañamiento. Sugerente erótica ¿verdad?
Fotos Argel © González





