Por Alexis Peña Hernández
Aquella mañana Pedro Valdivia fue el último de mis entrevistados. Yo no llevé ningún cuestionario preparado, soy de los periodistas que disfruta del proceso y dejo que se desenvuelva la profesión. Entonces lo miré, sentado en un banquito, observando a los demás, sin decir nada, como quien sabe y se lo guarda todo.
Cuando llegó su turno, se puso de pie y caminó hacia mí con ese andar picaresco y bohemio. Ante mí, una evidencia de la elegancia y la cortesía que abundaba mucho en la sociedad cubana de otros tiempos. Como buen caballero extendió su mano y se presentó con total formalidad, rompiendo el silencio que hubo hasta ese instante.
Por momentos, Pedro Valdivia sonríe antes de responder. No como un gesto de timidez, sino como acto de complicidad. Detrás de esa voz ronca, curtida por décadas de escenario, polvo de telón y madrugadas de ensayo, se esconde un niño que nunca abandonó el asombro, entonces habla del teatro como quien recuerda el anhelo más preciado de la infancia.

“Mis inicios en el teatro vienen justo de la niñez. Mi primera experiencia fue en un grupo que había en Camagüey hace muchos años, se llamaba Como lo soñó Martí. El director era Luciano Castillo, y el primer espectáculo que vi fue una versión de Peter Pan y Wendy. Aquello me fascinó tanto que dije esto es lo que quiero hacer”.
Realmente yo había intuido que esta historia iba a ser, al igual que otras, una lucha constante, o un drama de esos que se sostienen a base de sangre, sudor y lágrimas. Para mi sorpresa, no paré de reír en toda la conversación. Pedro es de esas personas que, en medio del caos, buscaba la oportunidad, aunque fuera efímera, de mostrar el talento que guardaba como tesoro más valioso. Sin embargo, la vida, como el mismo dice, no fue lineal, el giro inesperado lo tomó casi por azar.
“En la secundaria me presenté dos veces a la convocatoria de la Escuela Nacional de Artes (ENA), pero no se dio. Luego participé en el movimiento de artistas aficionados hasta que, por problemas personales tuve que abandonar Camagüey.
“Por allá por los 80, un amigo me lleva a la escuela de arte y hago las pruebas, las aprobé, y ahí sí que empezaba mi trabajo. Fue una experiencia muy linda porque nunca me imaginé cómo era esa educación, y entendí que los maestros no te brindan el talento, sino que educan y te enseñan herramientas para hacerlos”.
Pedro se formó como actor en medio de una constelación irrepetible, en la década de los ochenta, y justo por eso, se dotó de una humildad que trasciende la meritocracia inherente en otras generaciones de artistas, quizás, a su juicio, de carácter más contemporáneo.
“Tuve la posibilidad de coincidir con una de las etapas más brillantes del teatro cubano. Exponentes como Roberto Blanco, Berta Martínez, Vicente Revuelta, que fue mi profesor, Víctor Varela, María Herrera Espinosa, entre otros. Cuba, con prudencia, estaba en un momento muy interesante del desarrollo teatral”.
Aunque estudió Dirección Escénica, su pulsión siempre se centró en el trabajo de creación colectiva, la investigación, y las miradas antropológicas. Cuenta que le resultaba extasiante investigar un problema, crear una obra y llevarla a la calle. Precisamente de esa forma nació uno de sus proyectos personales.
“Antes de estudiar teatro fui repartidor de pan, luego pasé un curso y me hice tornero de metal. Comencé a trabajar en la industria metalúrgica. Recuerdo que un día hubo un tremendo accidente de trabajo, ahí nació la obra Accidente, mi primera creación con trabajadores reales de la empresa, y con la cual me gradué”.
El tiempo le permitió, poco a poco, tejer su propia trayectoria artística. Ya instalado en Camagüey fue fundador del grupo Teatro del Espacio Interior, una etapa de teatro experimental marcada por la escasez de bibliografías y la incursión en técnicas ligadas a la danza y el descubrimiento corporal. Sin embargo, cuando creía que el teatro quedaría en el olvido, Pedro descubre, por pura casualidad otra faceta de él, que ni el mismo imaginaba.
“Yo había decidido no hacer más teatro. Un buen día me llaman y me proponen trabajar en el Guiñol. Había muerto Mario Guerrero y había quedado inconclusa la obra ¿Por qué le crecen las orejas al conejo? Ese fue mi comienzo aquí.
“Confieso que, con toda la experiencia que tenía, el trabajo con títeres ha sido lo más difícil. La manipulación exige un rigor y una disciplina incalculables, además, el niño es el público más exigente, no perdona. Si no le gusta, le dice al padre ‘vámonos’. Sin embargo, a estas alturas de la vida, siento que mi mayor inspiración es ver la sonrisa que provocamos en ellos, esto sin dudas, es un alivio en medio del caos”.
Mi diálogo con Pedro Valdivia se hizo extenso, pasé horas riendo con cada una de sus anécdotas. Creo que me puedo considerar un periodista afortunado, ahora conservo en mi celular las carcajadas más pícaras del Guiñol de Camagüey, pero lo más bonito fue regresar junto con él, a momentos históricos que a veces quedan a la sombra, porque el teatro, como los títeres, se sostiene con hilos invisibles, tensados por la fe, la terquedad y la imaginación.
Fotos cortesía del entrevistado






