Milián ya desanda su año 80, los cumplirá en marzo de 2026. Por eso, burlón, notifica sobre su tumba abierta en dicho camposanto escénico
Por Omar Valiño
A finales de 2024, el Pequeño Teatro de La Habana cumplió 35 años, un buen pretexto para volver a su fundador y guía. Pero entonces José Milián comenzó a anunciar un próximo estreno como autor y director, Sueño que soy isla. Decidí, pues, esperar esa ocasión perfecta para abordar presente e historia.
Ahora, al concluir su temporada de tres meses, prueba del incansable espíritu de uno de nuestros héroes del trabajo cotidiano en el teatro, pude acudir al Café Brecht, el búnker permanente del creador de Vade retro, adonde llega a pie para ensayos y funciones, sorteando males de salud, apagones y los mil tropiezos de la existencia actual.
Ese «empeño», y cito su término en el texto, es el motor dramático de la obra y su sencillo pero gran sentido. Imponerse sobre la angustia y la dificultad de vivir, luchar con humor para que la risa alumbre el disfrute de la vida: una útil invitación para estos días de Cuba y del mundo. El espectáculo lo proclama, además, desde el cementerio vivo de nuestras grandes figuras del teatro popular: Arquímedes Pous, Alicia Rico, Enrique Arredondo… con explícito homenaje a la tradición y a Carlos Pous; y a la memoria de Zenia Marabal y Zoa Fernández, quienes tanto trabajaron con Milián.
La presencia del género vernáculo, atizado por las corrientes de la neovanguardia de los 60, se anuda siempre en el firmante de La toma de La Habana por los ingleses. Sus protagonistas esperan como en el Godot que Milián hizo tan suyo. Hay cabaré de tintes brechtianos, absurdo y cáustica crueldad. Humo para «enrarecer» la escena diseñada por el propio puestista, atravesado por las luces de Marvin Yaquis. La banda sonora, del director y Fernando Yip, ecléctica y activa, hace parte del tejido dramático.
Todo redondea su teatro musical para el cual tienen dotes, y guía, las actrices. Lissete Soria, quien firma las coreografías, como Yayi, más Ihara Torres como Yuyi, cantan y bailan, son limpias en sus movimientos así como en su dicción y afinación. Consiguen el tono cotidiano para luego romperlo con efectividad. A ellas se suman los roles de Carlos Ramón Morales en Alonso, «el Quijote» , y Jorge Temprano, Sancho.
Sueño que soy isla ofrece un espacio que, en la discusión, es diálogo, fatuo si se le mira equivocadamente, pero con indiscutible peso porque nace de la alquimia diaria. Personajes tocados por todo y por la estrella del lenguaje popular. Ellas quieren llegar a Songo La Maya, como podría ser cualquier otro lugar, mientras sueñan con la felicidad y el amor. Como telón de fondo, el Quijote clama por la justicia.
Milián ya desanda su año 80, los cumplirá en marzo de 2026. Por eso, burlón, notifica sobre su tumba abierta en dicho camposanto escénico. Hace himno el «Adiós felicidad» de Ela O’Farrill, que interpreto como el dolor ontológico de abandonar el horizonte más firme: la vida. Sin embargo, como puede apreciarse, eterno «perro huevero», José Milián no se despide.
Foto de portada: Fernando Yip