Guiñol de Camagüey: 64 años moviendo los hilos de la memoria
Por Alexis Peña Hernández
A seis décadas de su fundación, el Teatro Guiñol de Camagüey no solo resiste el paso del tiempo, también lo narra, lo encarna y lo discute. Entre bambalinas, madera, telas y voces entrenadas para habitar otros cuerpos, late una historia colectiva sostenida por artistas que han hecho del títere una forma de vida.
Reina Ayala no recuerda el instante exacto en que el guiñol la eligió. Prefiere decir que fue un proceso silencioso, casi orgánico, como esas vocaciones que crecen sin pedir permiso.
Reina Ayala: Su historia en el teatro comenzó a escribirse hace más de cincuenta años.
Su historia en el teatro comenzó a escribirse hace más de cincuenta años, cuando aún era muy joven y desconocía que los títeres exigen una entrega física y emocional absoluta. Se inició en el Conjunto Dramático de Camagüey, donde permaneció hasta la disolución de la agrupación. Más tarde continuó en Teatral Teatro junto a Onel Ramírez, abriendo paso, poco a poco, a una trayectoria construida a base de sacrificio, disciplina y, sobre todo, amor por el oficio.
“Para mí estar como actriz en el escenario es un acto único que disfruto como si fuera la primera vez. Me gusta sentir que esa es mi única presentación, y por eso vivo el teatro con la misma pasión que aquella jovencita que fui cuando comencé”.
Llegar al Guiñol no solo significó descubrir otra faceta del teatro, sino aprender nuevas maneras de ejercerlo. Desde entonces, su carrera ha sido una suma de saberes aprendidos y transmitidos en la práctica cotidiana, en la observación paciente y en el intercambio entre generaciones.
“Este es un oficio que no se aprende solo con libros. Aquí uno se forma mirando, equivocándose, repitiendo, hasta que el muñeco deja de ser objeto y empieza a respirar contigo”.
A lo largo de los años ha visto transformaciones en el país, las políticas culturales, los públicos y las condiciones materiales; sin embargo, insiste en que el teatro sigue siendo un espacio de resistencia espiritual.
“El guiñol tiene algo profundamente humano, y es que habla desde la metáfora, desde la ternura, incluso cuando denuncia”.
Mauricio Álvarez es el responsable de los hermosos diseños del Guiñol de Camagüey. También asume la actuación en el grupo.
Por su parte, Mauricio Álvarez nunca imaginó que terminaría sosteniendo un títere entre las manos. Su formación inicial estaba vinculada al diseño de modas, pero su llegada al guiñol —dice— fue una coincidencia que terminó convirtiéndose en destino.
Con el tiempo descubrió que el trabajo titiritero exige una disciplina donde convergen precisión técnica, sensibilidad dramática y conciencia corporal.
“El títere te obliga a ser humilde, porque el protagonista no eres tú. Tu voz, tu gesto y tu energía están al servicio de otra existencia”.
Para él, uno de los mayores desafíos ha sido desmontar la idea de que el guiñol es un teatro menor o exclusivamente infantil.
“Es un lenguaje complejo, profundamente simbólico, capaz de abordar cualquier conflicto humano y, además, pienso que es una prueba rigurosa, pues considero que el público más exigente y agradecido es el infantil, por eso me apasiona tanto trabajar para ellos”.
Jany López, en cambio, llegó movida por la curiosidad. Lo que comenzó como una experiencia circunstancial terminó convirtiéndose en un compromiso de vida.
Jany López, la actuación terminó convirtiéndose en un compromiso de vida.
Su relato está atravesado por la idea de pertenencia. Habla del grupo como una familia, pero también como una escuela permanente donde cada montaje implica volver a empezar.
“Aquí uno nunca termina de aprender, cada personaje te obliga a reinventarte”.
Desde su perspectiva, el teatro de títeres posee una fuerza singular que logra establecer un vínculo directo con la sensibilidad del espectador, sin importar la edad.
“Cuando el público cree en el muñeco, ocurre la magia, esa magia es lo que nos mantiene aquí”.
Un arte que resiste entre carencias
La historia del guiñol en Camagüey también es una historia de tensiones. A sus 64 años, la agrupación enfrenta desafíos estructurales que no solo limitan su funcionamiento cotidiano, sino que comprometen el desarrollo futuro del género.
Jesús Vidal Rueda, director del grupo, habla sin eufemismos. Las principales dificultades —señala— están relacionadas con la precariedad de los recursos materiales y el progresivo deterioro de infraestructuras esenciales para la producción escénica.
“Trabajamos con limitaciones reales. Los materiales para construir títeres son escasos, el equipamiento técnico envejece y muchas veces debemos resolver con nuestra propia creatividad”.
Estas carencias no constituyen un fenómeno aislado. Forman parte de una problemática más amplia que atraviesa al teatro guiñol en el país marcado por la insuficiente prioridad que recibe dentro de las políticas culturales y la persistencia de una mirada reduccionista que lo asocia casi exclusivamente al público infantil.
Esa percepción ha tenido consecuencias concretas. Limita su visibilidad en circuitos artísticos y en ocasiones condiciona la valoración crítica del género, a pesar de su complejidad estética y su potencial expresivo.
“El guiñol es un lenguaje teatral con una tradición enorme —subraya Rueda—, pero necesita políticas culturales más claras, inversión y reconocimiento. Sin eso, su desarrollo se vuelve extremadamente difícil”.
En ese contexto, la supervivencia del grupo descansa, en gran medida, en la voluntad y el compromiso de sus artistas y de las instituciones que lo apoyan, como el Consejo Provincial de las Artes Escénicas de Camagüey. Aun así, la agrupación se sostiene por el trabajo cotidiano desde la inventiva y la resistencia.
“Seguimos trabajando porque creemos en el valor artístico y social de lo que hacemos. El guiñol no es un lujo, es una necesidad cultural. Mientras haya un niño que se alimente de sueños, risas e imaginación, vamos a seguir defendiendo este teatro”.
El desafío de formar nuevos titiriteros
Más allá de las limitaciones materiales, emerge una preocupación compartida, la fragilidad del relevo generacional.
Pedro Valdivia lo resume con claridad. Para él, el principal problema radica en la ausencia de espacios sistemáticos de formación especializada.
“Hoy no existe una enseñanza estructurada del teatro guiñol. Los jóvenes llegan sin preparación y deben aprender sobre la marcha”.
La transmisión empírica, que durante décadas garantizó la continuidad del oficio, resulta hoy insuficiente ante la creciente complejidad técnica y conceptual del género.
Valdivia advierte que el guiñol exige conocimientos específicos en dramaturgia, manipulación, diseño, actuación y teoría teatral.
“Este no es un arte improvisado. Requiere estudio, rigor y una pedagogía propia. Si no se crean programas formativos, el riesgo es que se pierda un saber acumulado durante generaciones”.
En la actualidad, muchos jóvenes desconocen las posibilidades expresivas del guiñol o lo perciben como un campo limitado dentro de las artes escénicas.
El desafío, entonces, no es solo formar titiriteros, sino legitimar el género como un lenguaje contemporáneo capaz de dialogar con las nuevas estéticas y con las inquietudes del presente.
Por eso, a sus más de seis décadas de fundado, el Guiñol de Camagüey, también constituye una unidad pedagógica para las nuevas generaciones, mientras tanto, sigue moviendo hilos invisibles, los de la memoria, la vocación y la resistencia cultural. Su futuro dependerá, como reconocen sus propios artistas, de la capacidad colectiva para sostener un arte que, aunque pequeño en escala, continúa siendo inmenso en significado.