Félix Varela y Morales: “no hay patria sin virtud”

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Por Esther Suárez Durán

El 25 de febrero de 1853 falleció en San Agustín de La Florida, en los Estados Unidos, el sabio cubano Félix Varela, reconocido por sus compatriotas como el Padre Varela por su ejercicio ejemplar en los valores del sacerdocio.

Tuvo lugar el infausto hecho apenas unos días tras el nacimiento en La Habana de José Martí y Pérez, el 28 de enero del mismo año. Así, mientras se apagaba una vida ilustre y utilísima para Cuba comenzaba a brillar otra semejante, acaso en una sucesión portentosa.

Dedico estas páginas en una publicación escénica a un cubano universal que valoró altamente las artes, entre ellas el teatro, para el cual escribió algunas obras, y ejecutó con brillantez el violín pero que no tuvo otra relación directa conocida con la escena artística de su época. Sin embargo, lo hago porque los aportes de don Félix Varela y Morales a la cultura de su pueblo, a la formación de su pensamiento son tan medulares que iluminan y definen todas las prácticas sociales, sobre todo aquellas para las cuales el ejercicio de reflexión y crítica resulta consustancial.

Nació en 1788, el 20 de noviembre en una casona de la hoy muy conocida Calle (del) Obispo, en la cuadra que demarcan las entrecalles Villegas y Aguacate, en La Habana Vieja, de padre español y militar y madre oriunda de Santiago (de Cuba). La muerte prematura de la madre dejó al niño, de apenas tres años, a cargo de las tías maternas y, sobre todo, del abuelo por parte de padre, ambos militares al servicio de la Corona.

El abuelo viajó con el niño por obligaciones de trabajo a San Agustín de La Florida, que entonces era aún posesión española. Allí aprendió Félix las primeras letras y se aficionó al violín. Adolescente ya espigado regresó a La Habana para comenzar sus estudios medios. El abuelo le reservaba una carrera militar para seguir la tradición paterna y el joven Félix se decidió, sin reservas, por la vida religiosa. Ingresó al Seminario de San Carlos para hacerse sacerdote.

A la par que estudiaba en el Seminario de San Carlos y San Ambrosio de La Habana inició los estudios en la Universidad de La Habana donde adquirió conocimientos de química y matemática, entre otras materias. Fue ordenado sacerdote en la Catedral de La Habana y un año después ya era titular de las cátedras de Filosofía, Física y Ética en el propio Seminario. Sin pausa, montó en el lugar el primer laboratorio de Física y Química de la isla.

Mostraba un pensamiento pedagógico original y le concedía primordial importancia a la metódica empleada para el aprendizaje. Entendió que en el método de conocimiento radica la clave de un pensamiento vivo, creador. Fue contra toda la enseñanza memorística y se empeñó en crear formas nuevas, inusitadas para conseguir que sus estudiantes razonaran, usaran el pensamiento abstracto y lógico y pudiesen formular así sus personales conclusiones.

Esto le atrajo una enorme fama y ascendencia sobre los grupos de estudiantes de la época, pues aquel maestro enseñaba a reflexionar y a someter a la prueba de la experimentación y la práctica todo conocimiento posible. Levantó un bastión pedagógico contra la retórica memorística y descubrió para los jóvenes el placer del real conocimiento.

Entre sus discípulos descuellan nombres ilustres y decisivos para la cultura y la nación cubanas tales como José de la Luz y Caballero, Domingo del Monte, José Antonio Saco, entre otras figuras.

En enero de 1821 extendió su quehacer pedagógico a otras zonas del saber y la práctica social y fundó la Cátedra de Derecho Constitucional. Vale destacar que fue esta la cátedra pionera en toda la América Latina. Consciente de su papel y alcance, Varela la calificó como “la cátedra de la libertad y de los derechos humanos… la fuente de las virtudes cívicas…” y es ya anécdota común como, una vez el aula repleta, los jóvenes que se iban sumando se amontonaban en puertas y ventanas para escuchar al maestro. El diálogo docente, a menudo agudo y vibrante, trascendía las paredes y tomaba los pasillos. Las clases de Constitución, como se le llamaban, eran todo un suceso público. Varela hablaba de legalidad, de ejercicio de las leyes, de derechos, en la principal colonia de la Metrópoli ante una muchachada que ya exhibía una sensibilidad distinta.

Como su pensamiento era ecuménico fundó, a la par, la Sociedad Filarmónica de La Habana mientras escribía obras teatrales y textos de filosofía y cívica. Varela, al igual que en su momento lo hará Martí, tenía un concepto integral del individuo y de la vida, que procedía de su propia praxis.

Por su significativa actividad política resultó electo diputado por la isla ante las Cortes Españolas. Salió hacia España. Contaba treinta y cuatro años.  Viviría treinta más fuera de su patria sin poder regresar a ella.

En España desarrolló una intensa labor como parlamentario, unió a los representantes de Puerto Rico y Filipinas, como provincias españolas de ultramar al igual que Cuba, para hacer más potentes las demandas ante la Corona. Preparó con esmero un nuevo proyecto para un gobierno autónomo en las provincias de ultramar.  Estaba convencido de la inviabilidad del ejercicio de la justicia y el orden legítimos en la distancia.

Finalmente fue condenado a la pena de muerte por votar, junto a otros diputados, contra el rey Fernando VII tras la invasión del duque de Angulema. Logró escapar a los Estados Unidos. Sus vivencias en la Metrópoli y su labor como parlamentario definen su convicción de que la única solución será la independencia de Cuba. A nadie importan los destinos de las llamadas provincias de ultramar. Los de su tierra son de otra estirpe, de otra clase; son isleños, son criollos, son cubanos.

En Estados Unidos organizó un movimiento por la independencia de Cuba. Fundó en la ciudad de Filadelfia El Habanero, en 1824, nuestro primer periódico independentista.

Su vida en el exilio prosiguió con similar intensidad. Evangelizó, fundó escuelas, enseñó, levantó templos e iglesias, dio su concurso a las causas justas y nobles. Durante sus últimos años lo aquejaron la pobreza y la enfermedad. Terminó su vida en tierra ajena.

Finalmente, sus restos hallaron descanso en la patria. En el lugar más adecuado: el Aula Magna de nuestra querida Universidad de La Habana.

En 1981, el gobierno de la República de Cuba instituyó la Orden Félix Varela. Es esta la distinción más alta que se otorga como reconocimiento a los aportes extraordinarios realizados a favor de los valores de la cultura nacional y universal.

Así ha quedado el sabio, el padre, el patriota Félix Varela y Morales íntimamente vinculado a la savia nutricia y definidora de su pueblo: su cultura. Falta ahora incorporarlo a nuestra vida cotidiana, al ejercicio común de nuestros deberes y derechos ciudadanos, a nuestra ética diaria de respeto y empatía con el prójimo, de defensa de lo bueno, útil y justo. Al ejercicio y desarrollo de un teatro cívico y responsable que responda a los más altos intereses de la ciudadanía y colabore en imaginar y edificar el país que merecemos.

Imagen de portada © Revista Bohemia