El peso de una Isla: hacer teatro como acto de fe, espejo identitario

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Por Alexis Peña Hernández

Llevar un espectáculo a la escena, bajo las circunstancias actuales que se viven en Cuba, ya constituye un objetivo cumplido, pero lograr atrapar a un público y que este te acompañe a costa de cualquier sacrificio, eso sí que es llegar a la meta.

El famoso corredor cultural camagüeyano, que da luz a las principales arterias culturales de la provincia, debía encenderse a las ocho de la noche de este viernes 23 de enero. La entrada al Teatro Avellaneda de Camagüey estaba abarrotada de personas, un público que se mantuvo firme hasta que se hizo la luz, alrededor de las diez de la noche. Sin reclamos, sin malas caras, solo rostros desesperados, ansiosos y con la esperanza de ver teatro.

Desde antes de que la acción escénica se articule, El peso de una Isla, coloca al espectador en un territorio emocional reconocible. La ambientación inicial, sostenida por boleros cubanos, no funciona como simple acompañamiento sonoro, sino como un anclaje afectivo, una Cuba íntima y melancólica. En el espacio una escenografía sencilla, tres maletas, un cajón y un barco de papel. Nada está allí por azar.

Estrenada como parte de la programación de la Jornada Villanueva, por estudiantes de la Academia de las Artes Vicentina de la Torre, bajo la dirección del profesor Leonardo Leyva, la obra dialoga abiertamente con el texto La isla en peso» de Virgilio Piñera, no desde la cita literal, sino desde el juego semántico y simbólico. Si Piñera advertía que “a donde quiera que vayas, llevas la isla en peso”, en esta ocasión la premisa se invierte, no se trata de cargar la isla fuera de ella, sino de resistir su peso desde dentro.

La obra traduce al lenguaje escénico la compleja conformación de la identidad nacional. Cuba aparece desde lo bello y lo terrible, desde la poesía y desde el dolor, desde la pertenencia y desde la herida. El espectador es libre de interpretar, pero la puesta insiste en una premisa ética, sostener las raíces, incluso cuando el desapego parece inevitable.

Los siete actores, adolescentes en formación, no representan personajes cerrados, sino aristas del ser cubano. Vestidos de blanco, desde una entrada performática y musical, activan una corporalidad que dialoga con el folclore yoruba, entendido aquí no como cita folclorizante, sino como huella genética, o ADN cultural; y desde la concepción de sus personajes se articulan en defensa de aquello que, quizás su propia voz aún no logra expresar del todo.

El espectáculo alude de manera directa al éxodo y a la pérdida de la herencia cultural provocada por la migración, pero evita el discurso panfletario. Como espectador comprendí que las preguntas que emergen en escena no buscan respuestas complacientes: ¿qué es el paraíso?, ¿qué es la vida?, ¿qué país se busca cuando se emigra?, ¿qué se guarda en la maleta?  Hay, en cambio, un sentimiento de obligación afectiva al despedirse de la isla, una despedida del Edén que duele.

Desde el punto de vista formal, Leyva apuesta por el teatro arena, despojando al actor de todo artificio; no hay coreografías, ni entradas y salidas convencionales. Los intérpretes están rodeados por el público en los cuatro costados, lo que exige una presencia sostenida, un rigor actoral que, sorprendentemente, se alcanza.

Uno de los momentos más elocuentes ocurre hacia el final, cuando los personajes se van y regresan con la bandera cubana dentro de la maleta, mientras una actriz canta en vivo “País”, de Carlos Varela. La imagen es clara, pero no obvia; se puede partir, pero algo siempre vuelve.

El peso de una Isla es un espectáculo hermoso y duro a la vez. Duele porque no esquiva la realidad, pero también evoca a la reconciliación cuando convierte lo terrible en un gesto de resistencia simbólica.

Leonardo Leyva habla por primera vez de Cuba en una obra teatral, y lo hace junto a adolescentes, en un momento histórico donde repensar la identidad no es una opción estética, sino una urgencia ética.

Más que una obra cerrada, estamos ante un proceso creativo que fusiona la pedagogía, la creación y la experiencia personal. Se trata de un teatro que no pretende buscar respuestas inmediatas, sino servir como acompañamiento a las interrogantes. Un teatro que, en medio del cansancio, la precariedad y la incertidumbre, decide existir, y eso, hoy, es un acto profundamente político y poético.

Fotos © María Félix García Posada